Uno de los recuerdos
más antiguos que guardo en mi mente es de unos juguetes que me acompañaron en
los primeros años de mi vida. Realmente por muchos años.
Fueron parte de uno de
los últimos cargamentos que entraron en Cuba después que el gobierno americano
decidiera comenzar su embargo, o bloqueo, como quieran llamarlo. Todavía la economía
cubana no se vinculaba a la economía del campo socialista y navegaba hacia el
desastre.
El último cargamento de cosas para niños fueron juguetes y botitas
blancas.
Yo nací un tiempo
después y cuando tenía unos 3 años pude tener ambos preciadísimos bienes. Un
amigo de mi mamá que trabajaba en una tienda los tenía en el sótano de la
tienda, escondidos, para cuando el amor de su vida (mi mamá) tuviera algún día un
bebé.
Ella recuerda que le
emocionaron tanto las botitas blancas que no pudo evitar quitarme de los pies
mis zapaticos gastados y ponérmelas para ver cómo me quedaban. Y con ese
instinto humano de gustar de las cosas bellas y nuevas no hubo dios que pudiera
quitármelas. Nos demoramos como media hora en salir de la tienda y solo después
de “hacerme comprender” que no podía mencionar a nadie que las botitas eran
nuevas.
Yo estaba rojo de la
emoción, con zapatos nuevos y los 7 enanitos de Blanca Nieves, llenos de color
y alegría que por arte de magia salieron del sótano húmedo de una de las tantas
tiendas vacías de la calle Monte, en la Habana Vieja, el centro de las tiendas
de polacos (judíos) de antes del 1959
Y tenía solo 3 años, y
ciertamente la alegría y las ganas de correr con mis botitas nuevas y jugar con
unos juguetes de verdad me sobrepasaron. Y en cuanto salimos de la tienda le
señalaba a cuanto habanero me pasaba por al lado mis pies y le decía: “mira tengo
zapatos nuevos”
Mi mamá recuerda que
tuvo que cargarme y literalmente salir corriendo ante las miradas y preguntas
de otros tantos padres que pensaban que habían abastecido las tiendas en algún
lugar y las había comprado.
Fueron tiempos
difíciles.
La parte más dura la pasaron las padres tratando de vestirse y
alimentarse a ellos y sus hijos, pero lo que yo recuerdo es que por algunos
años esos enanitos de Blanca Nieves fueron mis únicos juguetes. Y en recompensa
todavía conservo a 5 de ellos. Los otros dos tuvieron destinos muy diferentes.
Uno fue una víctima del amor: lo regalé a una niña muy linda que vivía en
frente de mi casa y que solo un año después, cuando comenzábamos en la escuela,
se mudó y nunca mas la vi.
El otro tiene mucho que
ver con mi origen muy humilde. No entrare’ en detalles, solo que teniendo unos
4-5 años me desperté y cerca de mi camita vi a una rata enorme (realmente
enorme). Al moverme ella se volteó y sus ojos rojos no se me fueron nunca de la
memoria. Junto a mí, en la cama, tenía a mi más preciado tesoro: mis 7 enanos.
Sin dejar de mirarla estiré el brazo, agarré uno de los enanos y se lo lancé a
la rata. Le picó muy cerca y la disuadió de aproximarse, se iba hacia el hueco
de donde había venido cuando de repente se detuvo, regresó y empujando a mi
enano se lo llevó. Lo curioso es que mi mamá estaba en la habitación de al lado
y solo notó algo raro cuando escucho mis sollozos y me encontró sentado al borde
la cama. Había perdido un amigo.
Fueron mis mejores
amigos. Se convirtieron en soldados, en barcos, en proyectiles, en boxeadores,
y lo más importante: mis confidentes de cada noche. Y al igual que a los héroes
de una guerra los conservo como recompensa por haberme dado una niñez.
Ya para entonces
teníamos la libreta de racionamiento que las argucias de la política y la
semántica oficial era llamaba “Libreta de Abastecimiento”. Una para la comida y
otra para la ropa y zapatos. Por algunos años hubo un cupón que nunca pudo ser
tachado o arrancado (se cambiaba de modelo de vez en cuando): el de los juguetes.
Un dia llegó la gran
sorpresa. A partir de ese año (debió ser a principios de los 1970’s) cada julio
todas las tiendas del país se llenaban de juguetes. Por seis días se venderían
esos juguetes y cada niño cubano tendría 3 juguetes. A cada familia con niños
menores de 14 años se le asignaba una tienda, usualmente en el barrio.
¿ Y cómo evitar el caos?
Se creó un sorteo, una
rifa. Al principio eran por llamadas telefónicas y poco a poco se iban llenando
las listas. Más o menos 200 turnos por día. Pero claro, eso creaba diferencias
entre los que tenían teléfono y los que no, así que un cierto año se determinó
que como todas las familias tenían libreta de racionamiento, y ésta tenía un
número se haría un sorteo secreto y las listas serian publicadas en las
vidrieras de las tiendas dos semanas antes de que comenzaran las ventas.
Se distribuían los
niños en seis días.
En una Cuba atea
todos los niños mirábamos al cielo esperando por el milagro de que nos
tocara el primer día y no el sexto cuando ya los mejores juguetes habían sido
comprados. A cada niño le correspondían 3 juguetes: Un juguete grande (básico),
uno mediano (no básico) y uno pequeño o de poco valor (dirigido).
Comenzaban entonces a
dar frutos las “enseñanzas” de los rusos y del mercado negro que aprovechaban
al máximo. En otras palabras, había padres que vendían el derecho a juguetes de
sus hijos a otros padres que tenían más dinero y le compraban a sus hijos el doble o el triple de la cantidad que
recibían los otros niños.
Yo solo una vez vi algo
asi. En mi cuadra, y fue triste, claro está.
Ahora ya de grande comprendo que gota a gota
mis padres me inculcaron unos principios que me hicieron el ser que soy. Fue
una cuestión de principios no comprar el derecho de otro niño para no dejarlo sin juguetes. Los padres que sí hicieron cosas como esas formaron
a esos hombres y mujeres de hoy en día que están apoderándose del país o
permitiendo que los esfuerzos de tantas generaciones estén en peligro.
Algo que repito una y
otra vez: Los pobres de hoy somos los
hijos de los honestos de ayer.
Hoy las cosas son
diferentes. Hay juguetes en las tiendas, en casi todas, pero ya no hay sorteos.
Hoy en día los padres, como cualquier padre de un país pequeño, pobre y con
problemas políticos como los que tenemos, deben
escoger entre comida, ropa y zapatos o juguetes para sus hijos.
Regresaron los Reyes Magos el 6 de enero. Nuevamente
hay niños con juguetes carísimos y otros con casi nada. Es lo “normal” me
dicen. Así es en todas partes.
Cuando les cuento a mis
alumnos estas historias muchos desearían
que regresaran al menos esos 3 juguetes seguros cada año. Pero eso, como
algunas otras cosas, se perdieron cuando
cayó un muro que dividía a la fría Alemania. Ya saben, el efecto mariposa. Tumbas
un muro y el mundo se tambalea y todo un modo de vida desaparece haciendo que
nuevas cosas sucedan y regresen algunas del pasado.
Hay algo importante que
aún nos queda: compartir lo que tenemos. Ese es por el momento el remedio. La solución
está aún por definir.
Desde que me hice
maestro esa fue una prioridad para mí, los niños y su alma. Pudiera decir que
mi trabajo termina cada día a las 6 pm. Pero no. Hay que ayudar en lo posible. Nunca
se puede ayudar a todos, ojalá, pero hay que hacer lo posible. Recuerdo con satisfacción
el día que logré conseguir 40 osos de peluche, otras veces fueron pelotas de tela,
pelotas de baseball y guantes de
baseball para zurdos (¡todo un milagro!), y en fin, lo que las buenas personas
que vienen a Cuba traen con el corazón en la mano.
Hoy cuando llegan a
Cuba personas con “diamantes en las suelas de los zapatos”, como dice la canción,
quisiera tener la capacidad (llámenla también inteligencia o habilidad) para
llegar a ellos y lograr que ayuden, pero no me es posible.
Pero nada, ¡animo!, los
niños también agradecen sombras chinescas en una pared o en un patio de recreo
lleno de sol. Y me digo:
NO ESTES DESANIMADO, EN EL MUNDO DONDE VIVIMOS QUE HAY
TANTO PARA COMPARTIR Y PARECEMOS TAN PEQUEÑOS, ES MARAVILLOSO QUE DE VEZ EN
CUANDO SURGEN GIGANTES QUE NI TAN SIQUIERA SABEN LA FUERZA QUE TIENEN Y CAMBIAN
LOS ACONTECIMIENTOS CON UN LINDO JUGUETE, O UNOS LAPICES DE COLORES, CONVIRTIENDO
A UN NIÑO TRISTE EN UNO FELIZ, A UN FUTURO SER HUMANO RESENTIDO EN
UN BUEN HOMBRE O MUJER.