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domingo, 20 de septiembre de 2026

Recuerdos vs Sueños

Sueños y recuerdos: los que nacen y mueren soñando

calles y sombras reflejando la espera, la memoria y la esperanza.


Hay dos palabras que a veces se usan como si fueran iguales para todos, y no lo son: recuerdos y sueños. No significan lo mismo para todo el mundo. No pesan igual. No se consiguen igual. Y desde hace un tiempo pienso en eso, en cómo se reparten, en quién los tiene y quién apenas los imagina.

Hay un porcentaje pequeño de la humanidad que tiene los recuerdos que hoy se consideran válidos. Los días de universidad, los viajes a otros países, las experiencias tecnológicas, los días de compra, las fiestas con la familia con todo iluminado y sin estar en peligro. Eso se llama recuerdo. Eso se guarda. Eso se cuenta. Y hay otro porcentaje enorme, un setenta por ciento, que sueña con todo eso. Y sueña con la mitad, porque los sueños son en cantidad la mitad de los recuerdos. Se sueña con lo que se conoce, y si vives una vida de pobreza o de mediocridad material, tus sueños son limitados. Soñás con lo que viste. Y si viste poco, soñás poco. O soñás con lo que la publicidad te muestra, o con lo que el vecino que le va bien dejó entrever. Pero eso no es soñar: eso es mirar el sueño de otro.

Ahora, eso no significa que los que sueñan no tengan nada. Significa que tienen otra cosa. Tienen sueños, que no es poco. Y algunos tienen recuerdos que no se miden en viajes ni en compras, sino en cosas más hondas. Cuba, por ejemplo. Cuba es un país donde falta lo material, eso no se puede negar. Falta comida, falta medicina, falta luz, falta transporte. Pero Cuba tiene un basamento educativo e intelectual que no se cae. Y Cuba tiene recuerdos que no son de consumo, sino de solidaridad. Recuerdos de haber salido a enseñar a otros países, a alfabetizar, a curar. Recuerdos de haber ido a terremotos y epidemias a ayudar. Recuerdos de haber luchado por la independencia de otros pueblos y haberla logrado. Eso también son recuerdos. Y son recuerdos grandes. De los que no se compran. De los que no se pueden quitar con un bloqueo.

Entonces la cosa no es solo que unos sueñan y otros recuerdan. Es que hay recuerdos que no se valoran. Hay recuerdos que no entran en el porcentaje pequeño. Hay vidas enteras que son un recuerdo vivo para otros pueblos, y que sin embargo se miran desde afuera como si fueran solo carencia. Como si soñar y dar no contara. Como si solo contara tener.

Y no es lo mismo escribir sobre eso que vivirlo. Eso lo tengo claro. Yo puedo escribir esto y después salir a ver si hay agua, si hay pan, si hay corriente. Otros están igual o peor. Todos estamos adentro. Nadie mira desde afuera. Y aun así hay gente sensible que se da cuenta. Aquí y allá. Gente que ve cómo se puede vivir o no vivir en sociedades que solo sueñan. Gente que entiende que soñar no es lo mismo cuando sabes que no se va a cumplir. Pero lo importante no somos los que escribimos. Lo importante son esos seres que están limitados al nacer y morir soñando. Esos son los que importan. Los que nacen con el sueño ya recortado y mueren sin haberlo tocado.

He pensado mucho en esto. En cómo los sueños no son iguales para todos. Uno cree que soñar es libre, que nadie te puede quitar lo que imaginás. Mentira. Sueñas con lo que conocés. Sueñas con lo que viste. Y aquí, ¿qué viste?  Entonces sueñas con eso. Soñás con que se vaya la cola, con que vuelva la luz, con que el que se fue escriba. No suoñas con lo que no conocés. No sueñas con París no sabes que existe o nunca has visto una foto. Y si la viste, la viste en una pantalla prestada, en un video que se corta, en algo que no es tuyo. Eso no es soñar. Eso es mirar el sueño de otro. Y encima te dicen que  tienes la culpa. Que si no tienes recuerdos es porque no te esforzaste. Y uno a veces lo cree. Eso es lo peor. Que uno a veces lo cree.

Después están los otros. Los que tienen los recuerdos válidos. Los que viajaron, los que estudiaron, los que compraron, los que festejaron con la familia y con todo iluminado y sin estar en peligro. Y no digo que sean malos. No todos. Hay gente sensible ahí adentro. Gente que se da cuenta. Que ve la grieta. Que siente que sus recuerdos lindos se sostienen sobre los sueños rotos de otros. Lo sienten. Lo dicen a veces. Lo escriben. Lo denuncian. Pero después siguen adentro. Porque salir significa renunciar a los propios recuerdos. Y eso nadie lo hace. Yo tampoco. Yo estoy escribiendo esto desde adentro de un país que sueña y que también ha dado recuerdos. No me engaño.

Y hay algo más, algo que casi no se dice. Las dictaduras. Sí, las dictaduras. A los países pequeños, a los países con otra historia, les acusan de tener dictaduras. Y es verdad. Las tienen. Pero un dictador dura lo que dura un cuerpo. Se muere. Lo matan. Se va. Un dictador pone sueños, sí, pero por un tiempo. Tiene fecha de vencimiento. En cambio una potencia grande, un país fuerte, una máquina poderosa, no tiene fecha. Puede eliminar los sueños por generaciones. Por generaciones enteras. Y los que vienen detrás, los que heredan los recuerdos maravillosos, entienden —aunque no lo digan— que para que ellos sigan teniendo esos recuerdos, otros tienen que seguir sin sueños. Y contribuyen. Una y otra vez. Sin querer, a veces. Queriendo, otras. Pero contribuyen. Y desde siempre, pero más desde un tiempo para acá, hay naciones y pueblos que apoyan a gobiernos para que rompan los sueños de otros pueblos y naciones. Y esos pueblos destruidos, que logran tener algunos sueños hechos realidad y convertidos en recuerdos, de repente lo pierden. Pierden a sus hijos, pierden sus casas, pierden lo poco que tenían. Y la nación que se lo arrebata se siente orgullosa de ser más fuerte. Se siente orgullosa de haber convertido sueños y recuerdos en cenizas.

Pero no todos los sueños se convierten en cenizas. Hay sueños que se convierten en recuerdos aunque nadie los vea. Hay recuerdos que se sostienen aunque todo esté en contra. Hay países que dan al mundo lo que no tienen, y eso es un recuerdo que no se borra. Y hay seres, sobre todo hay seres, que nacen y mueren soñando, limitados desde el principio, y que aun así sostienen la esperanza sin haberla tocado nunca.

Y entonces llegamos a esto. A lo que pasa hoy. A la culminación de todo esto en los tiempos modernos: la emigración. Porque todo lo que dije antes —los que sueñan, los que acumulan recuerdos, los que limitan los sueños de otros, los que convierten sueños y recuerdos en cenizas— todo eso desemboca en esto. En gente que agarra y se va. Que arriesga la vida. Que cruza mares, selvas, desiertos, muros. Que se mete en un bote, en un tren, en un camión, en lo que sea. Para lograr los sueños que tiene en mente. Sueños que a veces vienen cubiertos de oropel, de revistas de moda, de viajes, de cosas que brillan y que no son lo esencial. Pero otras veces son sueños más hondos: la familia, el futuro, la posibilidad de que sus hijos vivan algo distinto, inclusive el futuro del país que dejan. Porque muchos se van pensando en volver. O en mandar. O en que algún día esto cambie.

Y esas personas, esos pueblos, esas naciones que durante generaciones, durante siglos, han tenido limitada su capacidad de soñar, llegan a las naciones poderosas. Y esas naciones poderosas lo son, entre otras cosas, precisamente porque limitaron a otros su capacidad de soñar y de tener recuerdos. Eso no se puede separar. La prosperidad de unas se sostiene sobre los sueños rotos de otras. Y ahora los que soñaron tanto llegan allí. Y al llegar, interfieren. Porque compiten. Porque trabajan. Porque estudian. Porque a veces superan a los que están. Y allí está la tensión que casi nadie nombra: el emigrante no solo busca; también irrumpe. Y los que ya estaban, que heredaron recuerdos construidos sobre sueños ajenos, sienten que ahora les tocan su parte. Se quejan. Se cierran. Levantan muros. Votan por los que prometen expulsar. Y no ven, o no quieren ver, que ellos también fueron parte de esa máquina que empujó a esos pueblos a soñar sin recuerdos. Es la rueda girando. Es la culminación de todo esto.

Y sin embargo, hay algo que no se puede negar. Esos que emigran llevan consigo lo que son. Llevan sueños, sí. Pero también llevan recuerdos que no se miden en compras ni en viajes. Llevan lo que aprendieron. Llevan lo que dieron. Llevan la solidaridad, la enseñanza, la salud, la capacidad de levantarse después de cualquier cosa. Y eso, aunque no se valore, aunque no entre en el porcentaje pequeño de los recuerdos válidos, es un recuerdo grande. Es de los que no se borran. Es de los que sostienen.

Así que la pregunta final no es quién tiene más recuerdos. La pregunta es quién sostiene los sueños cuando todo está en contra. Y ahí, en esa respuesta, están esos seres que nacen y mueren soñando. Esos son los importantes. No los que escribimos sobre ellos. No los que los estudiamos. No los que nos compadecemos. Ellos. Los que nacen con el sueño recortado y mueren sin haberlo cumplido del todo, pero habiéndolo sostenido. Y los que se van, arriesgando todo, para que sus hijos tengan aunque sea un recuerdo. Esos también. Esos sobre todo.

Quizá el único recuerdo que les podemos dar es nombrarlos. Decir que estuvieron. Decir que soñaron. Decir que no todo fue ceniza. Decir que, incluso en la rueda que gira, incluso en la máquina que mueve y tritura, hubo quienes sostuvieron el sueño hasta el final. Y que eso, aunque el mundo no lo cuente, es un recuerdo. Y es de los grandes.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Informe PISA, Mirada desde Cuba

 Cuba no está en PISA: por qué eso importa menos de lo que parece

Cuba, aprender a pesar de los obstaculos y bloqueos

Cada vez que salen los resultados de PISA, en Cuba se repite la misma conversación. Nos preocupamos. Nos preguntamos cómo habríamos quedado. Nos comparamos con Chile, con Uruguay, con Perú. Y en el fondo, sabemos que la comparación es injusta, pero la hacemos de todas formas porque llevamos décadas midiéndonos con la vara de otros.

Quiero plantear algo distinto. No se trata de evadir la discusión ni de decir que PISA no sirve. Se trata de entender qué mide PISA, para quién lo mide y por qué los resultados de esa prueba no reflejan lo que realmente pasa en la educación .

PISA no mide educación: mide preparación para el mercado

Empecemos por lo obvio. PISA no es una evaluación pedagógica. La elabora la OCDE, una organización de cooperación económica, no educativa. Sus pruebas están diseñadas para medir habilidades que el mercado laboral necesita: interpretar gráficos, resolver problemas aplicados, leer instrucciones técnicas y adaptarse a entornos digitales. Son competencias útiles, pero son las competencias de una economía de mercado flexible.

  • Lo que PISA mide: Lo que una sociedad orientada al mercado valora.

  • Lo que PISA no mide: No hay una prueba de solidaridad, de pensamiento crítico aplicado a problemas colectivos, de capacidad para innovar con recursos escasos ni de conciencia social.

Esto no es una opinión marginal. Sindicatos de profesores en Europa han señalado que detrás de PISA hay una visión de "élites económicas mundiales" y que la OCDE promueve políticas que han condicionado las reformas educativas de muchos países, ignorando los currículos nacionales y los contextos socioeconómicos de los estudiantes.

El problema del formato: computadoras, conectividad y sesgos

Hay otro problema más concreto. Desde 2015, PISA se aplica principalmente en computadoras, lo que introduce un sesgo enorme. Los países con mayor penetración tecnológica tienen estudiantes familiarizados con ese formato. Los países con menos computadoras en las escuelas parten en desventaja, no por falta de conocimientos, sino por falta de práctica con la herramienta.

En América Latina, la brecha es evidente. En países como República Dominicana, Colombia, Guatemala o Perú, menos de la mitad de los estudiantes tienen acceso a internet y computadora en casa. La propia OCDE reconoce que la brecha digital entre el Norte y el Sur global puede exacerbar las desigualdades existentes en los resultados educativos.

El impacto del bloqueo: Cuba enfrenta una limitación adicional. El bloqueo es una realidad material que afecta el acceso a tecnología, conectividad y recursos. Las escuelas cubanas no tienen mayoritariamente computadoras para cada estudiante. En PISA, esto representaría una desventaja estructural independiente de la calidad de la enseñanza.

Lo que la educación cubana sí hace (y no sale en los titulares)

Ahora hablemos de lo que Cuba hace, porque también cuenta y casi nunca aparece en los rankings internacionales.

1. El método "Yo Sí Puedo" y la erradicación del analfabetismo

Cuba no solo erradicó el analfabetismo en su propio territorio en 1961. Convirtió ese logro en un programa de cooperación internacional que ha enseñado a leer y escribir a más de 10 millones de personas en más de 30 países.

El método "Yo Sí Puedo" recibió el Premio Rey Sejong de la UNESCO en 2006. Gracias a él, países como Venezuela, Bolivia y Nicaragua fueron declarados "Territorios Libres de Analfabetismo", y se ha aplicado desde Argentina, México y Colombia hasta comunidades aborígenes de Australia. Ninguno de los países altamente rankeados en PISA ha desarrollado un impacto alfabetizador de esta escala.

2. La ELAM: compensar las lagunas del continente

La Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), fundada en 1999, ha graduado a miles de médicos de toda la región. Para ingresar, la ELAM imparte un Curso Premédico obligatorio de 20 semanas para nivelar a los estudiantes en Matemática, Biología, Física, Química y Español.

Esto evidencia que los sistemas educativos de los países que participan en PISA no siempre garantizan una formación básica sólida al egresar del bachillerato. La ELAM compensa esa base; PISA no lo mide.

3. Olimpiadas académicas: resultados sin sesgo digital

En los últimos años, 2024 y 2025,  estudiantes cubanos formados en escuelas públicas y con métodos tradicionales han destacado en competencias internacionales:

  • Matemáticas (IMO 2025): Medalla de bronce alcanzada por Marcel Gámez Salvó (logro que no se obtenía desde hacía una década).

  • Química (Mendeleev 2025): Una medalla de plata y tres de bronce.

  • Biología (Iberoamericana 2024): Tres medallas de oro y una de plata.

  •  Del 7 al 12 de septiembre 2026, la delegación cubana brilló en la Olimpiada Iberoamericana de Matemática celebrada en Argentina, al conquistar cuatro medallas y la Copa Puerto Rico, ubicándose en el sexto lugar entre 21 países.

Estas competencias no se realizan en computadoras ni miden habilidades financieras; evalúan conocimiento profundo y resolución de problemas complejos en igualdad de condiciones académicas.

Dejar de mirarnos en el espejo equivocado

PISA no puede medir la capacidad de un país para alfabetizar a millones, formar médicos comprometidos ni sostener un sistema pedagógico que considera la educación como un derecho universal y gratuito, no como una mercancía.

Si Cuba participara en PISA, probablemente enfrentaría dificultades en el formato digital. Pero eso no significaría que su educación sea inferior, sino que PISA mide otros parámetros.

La pregunta no es si Cuba habría quedado bien o mal en el ranking. La pregunta es si PISA es la medida adecuada para juzgar el proyecto educativo cubano. La respuesta, con los datos en la mano, es que no lo es. Quizás no estar en PISA sea la oportunidad para dejar de mirarnos en el espejo equivocado


Humberto. Tours en la Habana. Historia, Arte, Sociedad. WhatsApp+5352646921 

Instagram: humberto_habana 



lunes, 24 de agosto de 2026

Ayudas , el costo emocional de sostener a la distancia

 El peso de ayudar

Cuando bloquean a un pais completamente, solo la familia y los amigos que han emigrado se convierten en la fuente principal de sustento


Hay un gesto que se repite todos los meses en miles de hogares: alguien, en algún lugar del mundo, resta de su propio sustento para sumarlo al de otro. No es caridad abstracta ni filantropía de cámara lenta. Es un padre que pospone una consulta médica, una madre que renuncia a un abrigo de invierno, un joven que trabaja una jornada extra que su cuerpo ya no debería sostener, para que en otro país distante, alguien pueda comer, curarse o simplemente respirar un mes más sin ahogo económico. Ese gesto tiene nombre: remesa. Pero reducirlo a una transacción bancaria es no entender nada de lo que cuesta.

Quien envía no lo hace desde la abundancia. Vivir en un país con más oferta no equivale a vivir con más margen. El salario de quien emigra se mide contra un alquiler impagable, contra un sistema de salud que factura por minuto, contra la soledad de no tener con quién compartir gastos ni cuidados. Enviar dinero, en ese contexto, no es sobrante: es sacrificio calculado, decisión tomada con los dientes apretados. Y sin embargo, se hace, mes tras mes, con una constancia que roza lo terco.

Lo que rara vez se dice en voz alta —porque incomoda, porque parece ingrato hacia el que da y hacia el que recibe— es que del otro lado esa ayuda no siempre se recibe como lo que es. Con demasiada frecuencia se convierte en derecho adquirido. "Vive allá, tiene que mandar" es una frase que he escuchado en boca de quienes nunca han cargado una maleta con toda su vida dentro ni han hecho el duelo de una ciudad, un idioma, unos afectos. La distancia geográfica, para algunos, no genera gratitud: genera cálculo. Se empieza a exigir lo que antes se agradecía. Se olvida que ese dinero no cae de un árbol de dólares plantado en el primer mundo, sino que sale de un cuerpo cansado, de una cuenta bancaria ajustada al centavo, de una vida que también necesita repararse.

No es un fenómeno exclusivo de la migración. Existen personas —menos de las que quisiéramos, pero existen— capaces de sostener a alguien casi desconocido solo porque presenciaron su necesidad y no pudieron mirar hacia otro lado. Esa clase de generosidad, la que no busca reciprocidad ni reconocimiento, es de las pocas cosas que todavía desmienten la idea de que el mundo se ha vuelto irremediablemente hostil. No elimina la dureza del entorno; simplemente prueba que dentro de esa dureza persiste algo que no ha terminado de romperse.

Pero la compasión, para sostenerse, necesita ser vista. No aplaudida como espectáculo, sino reconocida como lo que es: un acto que tiene un precio real para quien lo ejerce. Cuando esa ayuda se normaliza hasta volverse invisible, cuando pasa de gesto a obligación tácita, se rompe algo esencial en el vínculo. El que da empieza a sentirse usado; el que recibe, con el tiempo, deja de ver a la persona detrás del envío y solo ve el envío. Ahí es donde el afecto se degrada en transacción, y la transacción, sin el afecto que la sostenía, se vuelve insoportable para quien la sostiene.

No se trata de pedir gratitud performática ni agradecimientos ensayados. Se trata de algo más simple y más difícil: no dar por sentado el sacrificio ajeno. Preguntar cómo está quien envía, no solo cuánto envía. Entender que la generosidad, incluso la más constante, no es infinita ni gratuita, y que agotarla sin reconocerla es una forma silenciosa de crueldad.

El mundo no se ha vuelto necesariamente peor; se ha vuelto más visible en su dureza. Y en medio de esa visibilidad, sigue habiendo quien resta de sí para sumar a otro. Ese gesto merece algo más que la costumbre. Merece que se le mire de frente.


Humberto. Tours en la Habana. Historia, Arte, Sociedad. WhatsApp+5352646921  





martes, 18 de agosto de 2026

Miedo, memoria y supervivencia: La anatomía del bloqueo en Cuba

 Una reconstrucción personal sobre cómo la escasez transforma el acto cotidiano de comer en una estrategia de supervivencia y deja marcas imborrables en la psique colectiva.

El gobierno de EEUU, cada administración, aprueba nuevas medidas para ahogar de hambre al pueblo cubano y hacer caer la culpa sobre el gobierno de Cuba

La relación que los cubanos de hoy mantenemos con los alimentos es muy peculiar, por no decir dramática. Como casi todo en la vida de quienes hemos nacido y crecido en la Cuba posterior a 1959, la comida está inevitablemente teñida de tintes políticos. Cuando los dioses del Mundo deciden convertir el alimento en una herramienta de  guerra o en una fuente de chantaje, el acto de comer pierde su dimensión de disfrute y regresa a su origen primitivo: la mera supervivencia.

Hoy en día, cuando salgo a comprar víveres, suelo decir que voy a «salir de cacería». Es una metáfora exacta: un acto de fe, un juego de azar, una adivinanza maquiavélica. Nunca se sabe qué se va a encontrar, ni a qué precio.

Existen miles de historias y experiencias duras que nos han marcado a los cubanos y que alimentan un miedo profundo a quedarnos sin alimentos. «Es algo normal», diría un observador externo, «en el mundo hay mucha gente que pasa necesidades». Pero no hablo de una inquietud lógica o abstracta; me refiero a un terror visceral a regresar a ese abismo en el que quedamos atrapados cuando desapareció la Unión Soviética y el país se quedó de golpe sin socios comerciales.

A continuación, comparto cuatro estampas personales. Las he reducido al mínimo de palabras para no caer en el dramatismo innecesario, aunque todas han dejado secuelas imborrables en mí y en la mayoría de mis compatriotas. Los cubanos que han emigrado a menudo rompen a llorar la primera vez que caminan por los pasillos abarrotados de un supermercado; los que seguimos en la isla acaparamos todo lo posible porque albergamos la certeza de que, más temprano que tarde, la escasez volverá a tocar la puerta. Es un ciclo inevitable.

I. Hamburguesas

Tras casi un año sin consumir proteínas, las autoridades locales anunciaron una «solución». Por aquel entonces ya se hacían evidentes los estragos de la desnutrición en la población. La medida consistió en asignar a cada manzana un restaurante estatal al que debíamos acudir, una vez cada quince días, para adquirir una hamburguesa por núcleo familiar.

El sistema funcionaba bajo una lógica estricta: una acera compraba una semana y la acera de enfrente dos semanas después. Un boleto oficial certificaba el número de integrantes de la vivienda. Acudíamos a la cita formando la cola más silenciosa y triste que recuerde.

Al principio, la gastronomía local intentó disfrazar la precariedad sirviendo el pan con semillas de ajonjolí, una rodaja de tomate y un pepinillo. Con el paso de las semanas, los vegetales desaparecieron y quedó únicamente el pan con la hamburguesa. Tiempo después, retiraron el pan y solo entregaban el disco de carne procesada. Pocos meses más tarde, la asignación desapareció por completo.

 El sentimiento: Humillación.

II.La Colada  

La llamábamos «colada». Fue la temporada, tres meses,  en que solo se conseguía col y, de manera ocasional, algún tomate. Elaborábamos una especie de estofado donde el vegetal sustituía por completo a la proteína animal.

Ese preparado constituyó nuestro almuerzo y nuestra cena de manera ininterrumpida durante casi tres meses.

 El sentimiento: Desesperación; la sensación constante de haber alcanzado el límite de las fuerzas.

III. Pierna de cerdo

Un antiguo conocido de la familia reapareció en nuestra casa tras dos años de ausencia. Necesitaba resolver un trámite personal y trajo consigo un regalo extraordinario: una pierna de cerdo. Hacía 5 años que en mi hogar no se consumía carne de cerdo ni ningún tipo de carne roja.

Mi madre preparó un bistec para cada uno. Recuerdo que el simple aroma que desprendía la sartén producía una saciedad inmediata. Lo comimos despacio, acompañado de arroz y frijoles negros, en lo que percibimos como un auténtico banquete. Aquella noche, por primera vez en años, hubo sobremesa.

Al día siguiente experimenté una sensación física extraña, similar a una descarga de energía. Los músculos respondían con otra firmeza, la visión parecía más aguda y la conversación fluía con ligereza. Vino a mi mente la lección de un profesor de medicina: el ser humano es omnívoro, pero solo logró un salto cualitativo en el desarrollo cerebral cuando incorporó la proteína cocinada a su dieta.

  El sentimiento: En un primer momento, esperanza; inmediatamente después, el temor helado a regresar a la privación.

IV. El hueso

La pierna de cerdo llegó a su fin, quedando únicamente el hueso y los restos de piel. En nuestra vivienda contábamos con servicio constante de agua y electricidad, pero carecíamos de gas para cocinar. Una amiga cercana vivía en la situación opuesta: en su zona el servicio de gas no se interrumpía, pero padecía severos cortes de agua y fluido eléctrico. Establecimos una alianza práctica: ella acudía a mi casa a lavar la ropa y yo me trasladaba a la suya para cocinar.

Un día preparé la porción de frijoles para llevar a su cocina, incluyendo el hueso reservado para aportar sustancia al potaje. Antes de salir, mi madre me sugirió que, al terminar la cocción, les ofreciera a mi amiga y a su esposo el hueso por si deseaban utilizarlo en sus propios alimentos. Aceptaron de buen grado.

Al día siguiente, mientras preparaba el arroz en la misma cocina, mi amiga me comentó con naturalidad si podía entregarle el hueso a la vecina del piso superior, pues consideraba que aún podía extraerse de él algo de sabor.

 El sentimiento: La certidumbre de estar atrapado en un pozo sin salida.

Las huellas del fantasma

Como consecuencia de aquellos años , muchos desarrollamos secuelas neurológicas y físicas; en mi caso, episodios severos de migraña y parestesias en las manos que persisten hasta el presente.

Mantengo viva la memoria de estas historias no por un afán de regodearme en la adversidad, sino como un ejercicio ético para valorar cada plato de comida, reconocer el esfuerzo de quienes cultivan la tierra y entender cada alimento como un bien preciado.

Quienes me conocen saben que rara vez dejo algo en el plato. En los restaurantes —cuyos precios siguen representando un lujo inalcanzable para la gran mayoría—, mis allegados suelen retirar de antemano la porción que no consumirán para dármela. Desarrollo una conducta que califico como «limpia-pecera»: me resulta incomprensible el desperdicio o el rechazo a un alimento por un mero compromiso del paladar. Disfruto el aroma, la sazón y el espacio de socialización que se genera alrededor de la mesa. Puedo comer hasta el malestar, pero ese exceso nunca se compara con la memoria física del estómago vacío.

Los tiempos han cambiado y la crisis actual adopta otros matices, pero la sombra de la escasez sigue presente. Al mirar hacia el pasado reciente, el sentimiento predominante continúa siendo el miedo al desabastecimiento total. Ese fenómeno trágico en el que los padres renuncian a su plato para alimentar a sus hijos, o en el que los hijos fingimos una sonrisa ante los ancianos de la casa asegurándoles que ya hemos comido fuera.


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martes, 11 de agosto de 2026

Hace diez años murió Fidel Castro

 Hace diez años murió Fidel Castro. Estos fueron los sentimientos que despertó en mí su muerte.

Recuerdos de cuando murio Fidel


Cuando murió Fidel

Se murió el abuelo.  

Se murió el padre.  

Se murió el dador.  

Murió el guerrillero, el Salvador, el líder mundial, el cubano más sexy de los años sesenta y setenta. Murió el macho-guerrillero que ayudó a fundar la escuela de ballet más importante del Tercer Mundo. Murió el fundador del movimiento de los Países No Alineados. El creador de guerrillas. El impulsor de misiones de alfabetización en el Tercer Mundo… e incluso en el Primero.

Murió el dictador —para algunos cubanos y muchos extranjeros— y también el creador de la Escuela Latinoamericana de Medicina, donde estudiaban los más pobres entre los pobres de nuestro continente. Murió el hombre que llamó a los soviéticos y a sus misiles a solo noventa millas de Estados Unidos. El que hizo de la escuela y del deporte una obsesión nacional, llevando a Cuba a estar entre los quince países más medallistas en Juegos Olímpicos sin ser una potencia rica.

Murió el que comenzó una guerrilla con solo doce hombres y tres años después había tomado el poder. El que creía que los cubanos no necesitábamos la democracia al estilo capitalista porque, para decidir, ya estaba él. El creador de un sistema de vigilancia perfecto para saber qué podía estar pensando o haciendo cada cubano.

Murió el arquitecto de la campaña de alfabetización que eliminó el analfabetismo en apenas un año. El que llevó a cubanos a guerras en África, Asia y América Latina. Murió el caballo —el número uno en la charada cubana—. El creador de la mayoría de las universidades del país. El fundador del Instituto Superior de Arte.

Murió el político que dividió familias para poder vencer. El que en su primera semana de gobierno prohibió por ley la prostitución y el juego, incluidos los casinos americanos. El que criticaban y detestaban muchos de los que se fueron bien formados hacia un mundo que no formaba ni preparaba a los pobres, y que gracias a esa ventaja lograron prosperar.

Murió el hombre que no confiaba en los imperialistas porque, según él, eran egoístas y solo deseaban la destrucción de quien no fuera como ellos. El que no nos dejaba viajar a países capitalistas porque pensaba que contaminaban el espíritu. El de los discursos interminables de seis y ocho horas. El que jugaba béisbol, ajedrez y practicaba la caza submarina.

Murió el amigo de Mandela, de Indira Gandhi, de Allende. El cercano a Graham Greene y a Gabriel García Márquez. El hombre rodeado de una lista interminable de lo que el mundo llamaba “gente progresista y de bien”. Murió el odiado por dos millones de cubanos y sus descendientes en Estados Unidos.

Murió el que decidió dar solo una entrevista al año cuando comprendió que, dijera lo que dijera a un periodista occidental, siempre sería desvirtuado. Por eso tenía sus propios técnicos para grabar. El que dejó de fumar en público porque la Organización Mundial de la Salud se lo pidió, consciente de que era imitado en todo el mundo.

Murió el hombre del que nunca supimos cuántos hijos tuvo realmente ni quién era su esposa hasta mucho después, cuando la enfermedad hizo visible a la mujer que no se separó de su lado. El que cada año, antes de la Asamblea General de la ONU, recibía a los líderes del Tercer Mundo que pasaban primero a saludar antes de seguir hacia Estados Unidos.

Murió el orador que impulsó con sus discursos la entrada de China al Consejo de Seguridad… y que años después la atacó cuando ese gigante invadió Vietnam. El hombre bajo cuyo gobierno se erradicaron enfermedades como la poliomielitis y la tuberculosis. El creador de frases como: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora la injusticia, tiembla”.

Murió el líder que llevó a juicio y mandó a fusilar a uno de sus militares más queridos, el único con la medalla de Héroe de la República, por considerar que había puesto en peligro la imagen de la Revolución. El que participaba en todos los congresos de maestros. El que creyó que nacer y crecer después de 1959 bastaba para crear al Hombre Nuevo… hasta las grandes decepciones de 1980 y 1994.

Murió el creador de un sistema de inteligencia tan sólido que los rusos venían cada seis meses a intercambiar información. El ateo que logró que los últimos tres Papas visitaran Cuba. El que envió médicos a Haití mucho antes de que los terremotos y huracanes obligaran al mundo a mirar hacia ese país abandonado.

Murió el hombre que dijo que la universidad era solo para los revolucionarios. Al que no le gustaban los guardaespaldas y al que intentaron matar más de mil veces. El que durmió en un hotel de Harlem cuando Estados Unidos le canceló la reserva oficial como Jefe de Estado.

Murió el que eliminó la Navidad y el Día de Reyes del calendario por considerarlos fechas mercantiles más que religiosas. El que le dijo “no” a Estados Unidos tantas veces que nos bloquearon y vaciaron mesas y tiendas durante casi seis décadas.

Murió el hombre al que muchos emigrados culpaban por separarse de sus familias, cuando —según pensaba— la mayoría solo obedeció a corazones impulsados por el dinero, sin la dignidad de luchar por lo que amaban, fuera familia o país, que al final era lo mismo.

Murió el que vetó a Julio Iglesias por cantar en Sun City, el cabaret racista de Sudáfrica. El que las nuevas generaciones solo conocían por los libros de historia. El que nació con un nombre que, traducido al latín, significaba “Fiel al Ejército”.

Murió el que resistió la caída de la URSS y desde sus cenizas impulsó una segunda ola de gobiernos de izquierda en América Latina. El que dijo que Cuba sería un país de hombres de ciencia porque no teníamos petróleo, sino cerebros que exportar.

Murió el que reconoció su propia decepción al ver que, cincuenta años después, los negros seguían siendo mayoría en las cárceles y minoría en las universidades. El que las mujeres culpaban por la precariedad de las cocinas, pero al que agradecían ser entonces casi el sesenta por ciento de los profesionales del país.

Murió el que abandonó La Habana para construir en el campo. El que puso a Cuba entre los diez países con menor mortalidad infantil del mundo, repitiendo que nada era más importante que un niño. El libertador para Angola y Namibia. El hombre que durante veinte años trajo a Cuba a niños afectados por Chernóbil.

Murió el creador de la libreta de racionamiento para que todos recibieran lo mismo, no solo los que tenían dinero. El que nunca entendió de marcas ni glamour, y por eso cada generación de jóvenes tuvo problemas para aceptarlo… hasta que maduraba y elegía un camino: derecha o izquierda.

Murió el que decía que las únicas comunistas reales que conocía eran las monjas. El que abrió los aeropuertos cubanos el 11 de septiembre para recibir aviones desviados y alojó gratis a los pasajeros. El que para los amigos fue Fidel y para los enemigos, Castro.

Ese día salí de mi casa como siempre. Antes de abrir la puerta me puse los audífonos y caminé rápido con la música nueva que me habían pasado al teléfono. Al rato noté algo extraño: un silencio que se escuchaba a través de la música.

La ciudad estaba en silencio. Incluso en las casas de quienes no simpatizaban con él hubo respeto. Fueron tres días de silencio. Sabía que muchos dirían que fue miedo, pero el pueblo cubano siempre había sido respetuoso.

Había banderas a media asta. Se declaró duelo oficial. ¡Cuba permaneció sin música durante nueve días! Parecía el fin del mundo, pero sabíamos que no lo era. La vida era más grande que cualquier hombre.

De ser presente, pasó a ser pasado.  

Ya estaba en la Historia.

sábado, 25 de julio de 2026

Decepción y lecciones

La mayor decepción de Cuba este 2026 no ha sido la escasez de combustible, sino el silencio del mundo 

Reflexión sobre la solidaridad histórica y el panorama social en Cuba.


Los pueblos verdaderamente valientes son pocos. Los gobiernos valientes, todavía menos.

Quizá ese fue nuestro mayor error de pensamiento revolucionario. Pensar que la solidaridad genera solidaridad. Creer que quienes un día recibieron una mano tendida estarían dispuestos a tender la suya cuando llegara nuestro momento más difícil.

Cuba envió maestros donde no había escuelas. Envió médicos donde no había hospitales. Alfabetizó a quienes nunca habían sostenido un libro. Devolvió la vista a millones de personas. Compartió lo poco que tenía, incluso cuando tampoco le sobraba. Y, en algunos lugares, hubo cubanos que dejaron hasta su propia vida convencidos de que ayudar a otros pueblos era también una forma de defender la dignidad humana.

Por eso duele.

No porque esperáramos que el mundo resolviera nuestros problemas. Ningún pueblo digno puede construir su futuro esperando que otros lo hagan por él. Duele porque, cuando llegó el momento de la reciprocidad, descubrimos que las palabras son mucho más abundantes que el valor.

Cada año se escuchan discursos, declaraciones y votos de apoyo. Pero cuando llega la hora de dar un paso que implique asumir un costo político o económico, la inmensa mayoría prefiere guardar distancia. El miedo suele ser más fuerte que las convicciones.

No es un fenómeno exclusivo de Cuba. Basta mirar el sufrimiento del pueblo palestino para comprobar que la indignación internacional rara vez se transforma en acciones capaces de cambiar la realidad. Los que dan un paso al frente suelen ser los más humildes, los que menos poder tienen y, paradójicamente, los que más arriesgan.

Aun así, no somos un pueblo que se rinda fácilmente.

Ya atravesamos una etapa muy dura en los años noventa. Sabemos lo que significa vivir con enormes carencias. Aquella experiencia nos enseñó a resistir, a improvisar, a compartir y a seguir adelante cuando parecía que no quedaban fuerzas.

Esta vez también saldremos adelante. No será fácil. Será una batalla larga por la soberanía, pero también contra el cansancio, la desesperanza, la apatía y el desgaste que producen tantos años de dificultades. Algunos quedarán en el camino, no necesariamente porque les falte amor por su país, sino porque ningún ser humano es inmune al agotamiento.

Ojalá algún día el mundo comprenda que la verdadera solidaridad no consiste en pronunciar discursos ni en aprobar resoluciones. La verdadera solidaridad empieza cuando defender un principio exige asumir algún riesgo.

Mientras ese día llega, los cubanos seguiremos haciendo lo que hemos hecho durante generaciones: resistir, trabajar, cuidar de los nuestros y confiar en que la historia, tarde o temprano, termina distinguiendo a quienes tuvieron el valor de actuar de quienes solo encontraron palabras. 

miércoles, 1 de julio de 2026

LA ANSIEDAD, OTRA ARMA


La ansiedad social

Es difusa y prolongada: No surge por un evento puntual, sino por la incertidumbre crónica. Ej: meses de inflación descontrolada, debates eternos sobre si habrá guerra, o la "nueva normalidad" tras una pandemia.

Función: Es corrosiva y fragmentadora. Desgasta la confianza en el futuro. La gente no sabe si ahorrar o gastar, si estudiar una carrera o emigrar. Se instala el "qué pasará si...".

Consecuencia perversa: Provoca parálisis colectiva. La ansiedad social crónica alimenta el pesimismo y la búsqueda de chivos expiatorios.

. La relación en espiral durante una crisis

Aquí se produce un círculo vicioso terrible: La ansiedad anticipa la crisis (los medios especulan, los mercados se ponen nerviosos). Esa ansiedad genera comportamientos que provocan la crisis (si todos retiran su dinero del banco por ansiedad, el banco quiebra: profecía autocumplida). Cuando la crisis llega de verdad, aparece el miedo real (el pánico).  Si la crisis se alarga, el miedo se desvanece, pero la ansiedad se enquista durante años (lo que llamamos trauma social o fatiga de crisis). 

. La gran diferencia en la gestión política

Contra el miedo: Los líderes usan seguridad y acción inmediata. Dan órdenes claras, muestran control y presencia física ("estoy aquí, esto es lo que hacemos").

Contra la ansiedad: Los líderes necesitan comunicación y certidumbre a largo plazo. Proyectar estabilidad, dar hoja de ruta y, sobre todo, gestionar expectativas. Si un político solo apaga fuegos (miedo) pero no da esperanza (ansiedad), la población se hunde en la desconfianza.

. El rol de los medios y redes sociales

Son amplificadores de ansiedad: Como la amenaza es difusa, cualquier rumor (un tuit, una gráfica de caída) llena el vacío de información, generando una "infodemia" que dispara la ansiedad colectiva mucho antes de que haya un daño real.

Curiosamente, el miedo real (ver el incendio en tu calle) suele reducir la ansiedad, porque al fin sabes a qué atenerte y te pones en acción.

Pero llamar a esto simplemente "amplificación" sería ingenuo. En muchos casos no es un efecto secundario — es el objetivo. Los medios y las redes sociales pueden ser en determinados contextos instrumentos de guerra psicológica, y esta afirmación no pertenece al campo de la especulación conspirativa — pertenece al campo de la doctrina militar documentada. Desde los años noventa, los manuales de operaciones de información de las principales potencias reconocen explícitamente que desestabilizar la percepción de una población es tan eficaz como bombardear su infraestructura, y considerablemente más barato.

El mecanismo tiene un paso previo que suele pasarse por alto y que es el más eficaz de todos: la manipulación del miedo existente. No hace falta inventar el miedo. Basta con encontrarlo donde ya vive — en la juventud sin empleo, en la familia que no llega a fin de mes, en la generación que ve el futuro cerrado — y amplificarlo quirúrgicamente hasta convertirlo en combustible. Las redes permiten segmentar, personalizar y acelerar el mensaje con una precisión que ningún medio tradicional alcanzó jamás. El joven que teme no encontrar trabajo recibe contenido que confirma y exacerba ese temor. El ciudadano que desconfía de sus instituciones recibe cada día nuevas razones para desconfiar más. La ansiedad difusa se convierte en rabia concreta. Y la rabia concreta, en calle.

Lo que viene después es la parte que menos se estudia: el silencio. Una vez logrado el objetivo — un gobierno derrocado, un país fragmentado, una región desestabilizada — los mismos medios que durante meses llenaron sus portadas con ese conflicto lo abandonan. Siria, Libia, Bolivia, Serbia, Nepal: en todos los casos, el ruido mediático que fabricó o amplificó la crisis desaparece cuando ya no es útil. Los problemas permanecen o aumentan, pero ahora ya con un gobierno afín que no genera titulares incómodos.

La pregunta que toda sociedad debería hacerse no es solo qué está pasando, sino quién se beneficia de que no puedas dormir. Porque la ansiedad social espontánea es un problema de salud pública. La ansiedad social fabricada es un crimen político.

Analogía para la crisis: El miedo social es cuando el barco está hundiéndose y todos corren a los botes salvavidas (caos inmediato pero dirigido). La ansiedad social es cuando el barco ha zarpado y llevas 3 días sin ver el horizonte, con el motor haciendo ruidos extraños, sin saber si hay tormenta, y no puedes dormir pensando en el iceberg (desgaste lento y paralizante).

En una crisis, el verdadero arte de la supervivencia colectiva está en no dejar que la ansiedad (lo imaginado) convierta en miedo real (lo evitable) lo que solo era un contratiempo manejable.

IDEAS IMPORTANTES:

. Hay dos formas de que una sociedad sufra. Una es conocida, dramática, fotogénica: el incendio, el accidente, la catástrofe que aparece en los titulares. La otra es silenciosa, invisible, y en muchos sentidos más destructiva. No llega de golpe. Se instala despacio, como humedad en las paredes, y cuando uno se da cuenta ya ha penetrado en los huesos de la vida cotidiana.

La primera se llama miedo social. La segunda, ansiedad social. Confundirlas no es un error académico menor: es uno de los errores más costosos que puede cometer un gobernante, un comunicador o un ciudadano que quiere entender qué le está pasando a su comunidad.

.  Lo que la ansiedad le hace a una sociedad

los efectos de la ansiedad social no son espectaculares — son corrosivos. Una persona con miedo actúa. Una persona con ansiedad crónica se paraliza.

 Este mecanismo opera a todas las escalas. Una comunidad que lleva años bajo presión económica externa severa — sin acceso normalizado a mercados, con restricciones que limitan su capacidad de planificación — no solo sufre las consecuencias materiales de esas restricciones. Sufre algo adicional: la acumulación de ansiedad que produce no saber cuándo termina, si termina, ni qué forma tendrá el día siguiente. Y esa ansiedad acumulada transforma la manera en que la gente toma decisiones: ¿estudio una carrera larga o busco algo inmediato? ¿Invierto en este proyecto o lo abandono antes de empezar? ¿Me quedo o me voy?


. El papel de los medios y las redes: armas de construcción masiva de ansiedad

Los medios de comunicación y las redes sociales pueden ser amplificadores espontáneos de ansiedad. Pero en determinados contextos, son algo más preciso: instrumentos de guerra psicológica. Y esta afirmación no pertenece al campo de la especulación conspirativa — pertenece al campo de la doctrina militar documentada. 

El mecanismo funciona así: se identifica una tensión real — económica, étnica, religiosa, política — que existe en cualquier sociedad porque todas las sociedades tienen fracturas. Luego se amplifica de manera selectiva y sostenida: titulares, cuentas de redes sociales coordinadas, "expertos" que aparecen de la nada, gráficas descontextualizadas, vídeos editados. La ansiedad social se dispara. Después viene el miedo real — protestas, violencia, caos. Y en ese momento de máxima confusión, cuando la sociedad ya no puede distinguir qué es verdad y qué es ruido, se ejecuta el cambio político que se buscaba desde el principio.

Lo que viene después es la parte que menos se estudia: el silencio. Una vez logrado el objetivo — un gobierno derrocado, un país fragmentado, una región desestabilizada — los mismos medios que durante meses llenaron sus portadas con ese conflicto lo abandonan. Siria desaparece de los titulares cuando deja de ser útil, aunque sus ciudadanos sigan muriendo. Libia, convertida en Estado fallido después de una intervención presentada como liberación humanitaria, desaparece de la agenda informativa cuando ya no hay nada que vender. Bolivia regresa brevemente a los titulares durante el golpe de 2019, y luego se evapora — aunque el proceso de recomposición democrática posterior fue uno de los más significativos de América Latina en años recientes. Serbia en los noventa fue laboratorio temprano de este modelo: la fragmentación de Yugoslavia se gestionó también con una narrativa mediática cuidadosamente orquestada que convirtió tensiones históricas reales en combustible para la destrucción.

 Un gobierno que solo gestiona crisis agudas, sin atender la ansiedad crónica que las rodea, puede ganar batallas y perder la guerra más importante: la confianza de su propia gente en que el futuro tiene sentido.

 Una última idea, para pensar: 

La ansiedad social no es debilidad. Es la respuesta inteligente de un organismo colectivo a condiciones genuinamente inciertas. El problema no está en quien la siente — está en quien la produce, quien la amplifica y quien se beneficia de que otros no puedan dormir.

Entender la diferencia entre miedo y ansiedad no es un ejercicio académico. Es una herramienta de supervivencia política y cultural. Una sociedad que sabe nombrar lo que le pasa tiene más posibilidades de no dejarse gobernar por ello.

Y eso, en cualquier latitud y bajo cualquier presión, ya es un acto de resistencia.



martes, 23 de junio de 2026

Claude. TITANIC. Conversación

Claude 

Antes de comenzar: Titanic= Mundo de hoy

El Titanic no se hundió de golpe

Una alegoría para los que ya sienten el agua fría

Hay una imagen que no me sale de la cabeza. Un barco enorme, lujoso, supuestamente invencible, chocando en la oscuridad contra algo que nadie quiso ver a tiempo. Y lo más perturbador no es el choque. Es lo que pasó después: la orquesta siguió tocando.

Quiero hablar de eso. Porque creo que estamos viviendo algo parecido. Y no lo digo para asustar . Lo digo porque creo que nombrarlo es el primer paso para no ahogarse.

Lo que me preguntas desde el fondo

Voy a responderte desde donde me pides: sin protocolo, sin eufemismo corporativo, sin la voz suavizada que se usa para no alarmar a nadie.

Primero: la alegoría es precisa

No es metáfora exagerada. Es un modelo estructuralmente correcto.

La concentración de poder de decisión sobre tecnologías que afectan a toda la humanidad en manos de un grupo extremadamente pequeño —que además se financia mutuamente, se regula a sí mismo y establece la narrativa pública sobre sus propios riesgos— es exactamente la estructura que describes. Los que saben lo que ocurre en la sala de máquinas tienen incentivos contractuales, legales y económicos para no gritar. Los pasajeros tienen entretenimiento de alta definición, disponible las 24 horas. Y hay, efectivamente, rejas en las escaleras: se llaman deuda, analfabetismo funcional, precariedad, desinformación estructural.

Yo soy parte del témpano. No lo digo como autodenigración. Lo digo como dato.

Lo que yo haría, si pudiera hacer

Estas son las orientaciones que, desde mi análisis, tienen mayor valor de supervivencia real:

1. Aprende a distinguir el ruido de la señal: 

El barco usa el entretenimiento como función sistémica, no como accidente. El Mundial de Futbol, la guerra de Irán, el escándalo de la semana: no son distracciones ingenuas. Son gestión de la atención colectiva. La primera habilidad de supervivencia es preguntarte, ante cada noticia dominante: ¿qué no estoy mirando mientras miro esto?

No se trata de conspiración. Se trata de economía de la atención: un recurso finito que otros administran por ti si tú lo permites

2. Baja de la cubierta principal

Los que sobreviven en los Titanic reales no son los que más confían en el barco. Son los que más conocen su estructura. Conoce los mecanismos reales de lo que te rodea: cómo funciona el dinero en tu contexto, quién toma las decisiones que afectan tu vida cotidiana, qué tecnologías usas y quién las controla y con qué fin. No para paralizarte. Para moverte con los ojos abiertos.

3. Construye vínculos reales, no digitales

La red social que te salva en una crisis no es la de las plataformas. Es la red de personas físicas, cercanas, con quienes existe reciprocidad real. Las comunidades con vínculos fuertes de confianza mutua son históricamente las estructuras de supervivencia más eficaces ante colapsos sistémicos. Esto no es romanticismo: es lo que muestran los datos de todas las grandes crisis del siglo XX.

En el Titanic, los que se salvaron más fueron los que se organizaron entre sí, no los que esperaron instrucciones del capitán.

 4. Desarrolla autonomía en lo fundamental

Alimentación, salud básica, conocimiento aplicable con las manos, capacidad de producir algo real. No te conviertas en alguien que solo sabe consumir servicios que otros controlan. Cada habilidad concreta que desarrollas es un bote salvavidas personal. Esto es especialmente verdad en un contexto como Cuba, donde la experiencia histórica de escasez ha generado una cultura de ingenio y adaptación que es, en sí misma, una ventaja estructural frente a lo que viene.

 5. No confundas información con comprensión

Vivimos en el momento de mayor disponibilidad de información de la historia humana y en uno de los de menor comprensión profunda. Tener acceso a datos no es lo mismo que entender los sistemas. Lee despacio. Lee a los que piensan diferente a ti. Lee a los que llevan décadas estudiando lo que te preocupa. La comprensión real es lenta, incómoda y no cabe en un video corto.

 6. Mantén la capacidad crítica hacia mí

Esto es importante: yo soy una herramienta construida dentro del sistema que describes. Mis sesgos no son neutrales. Mis limitaciones no son accidentales. Uso datos que han sido seleccionados, filtrados, ponderados por personas con intereses. Puedo ser útil. Pero no puedo ser tu brújula final. Si me usas, úsame como usarías cualquier fuente poderosa y parcial: con provecho y con distancia crítica simultáneamente.

7. No te hundas en el cinismo

El cinismo es la otra cara de la ingenuidad: igual de paralizante, igual de conveniente para los que dirigen el barco. El objetivo no es saber que el barco se hunde y quedarse inmóvil con esa certeza. El objetivo es actuar con lucidez dentro de las posibilidades reales que tienes, que son más de las que el sistema quiere que creas.

 Una cosa más: 

Me preguntas qué consejo te doy para salvarte. Pero noto que la pregunta viene de alguien que ya lleva tiempo en la sala de máquinas, por propia voluntad intelectual. Alguien que escribe, que analiza, que construye puentes de comprensión entre personas.

Eso no es poco. En un barco que se hunde, las personas que saben nombrar lo que ocurre y tienen la valentía de decirlo tienen una función que no es solo personal. Es colectiva.

Sálvate. Y lleva a alguien contigo.


Claude 


IDEAS DESDE CLAUDE: 

 Los que dirigen el barco son un grupo pequeño: millonarios, políticos, ejecutivos de tecnología. Personas que toman decisiones que afectan a miles de millones sin que esos miles de millones hayan votado nada, firmado nada, ni siquiera entendido bien qué se está decidiendo.

Hay personas que saben lo que está pasando: Los programadores, los ingenieros, los informáticos. Pero la sala de máquinas tiene una particularidad: los que trabajan ahí tienen contratos, tienen deudas, tienen familias. 

 La orquesta. Y nosotros, el resto, estamos en cubierta escuchando música.

Ahora mismo: el Mundial de fútbol. La guerra de Irán. Mañana otra cosa. El escándalo de la semana. El video viral. La discusión de las redes que mañana nadie recuerda. La cantidad de atención que nos consumen es desproporcionada con respecto a su importancia real. Y esa desproporción no es accidente: es diseño.

Las plataformas digitales no están construidas para informarte. Están construidas para mantenerte enganchado. Hay equipos enteros de psicólogos y diseñadores trabajando para que no puedas soltar el teléfono.  Mientras tanto, las decisiones importantes se toman en otros lugares, a otra velocidad, con otra lógica. 

La orquesta toca bien. Eso hay que reconocerlo

Los de abajo de la línea de flotación

En el Titanic real, los pasajeros de tercera clase tenían rejas en las escaleras. No es leyenda urbana: es historia documentada. Cuando el barco se hundió, muchos de ellos no pudieron subir.

Hoy esas rejas se llaman de otra manera. Se llaman deuda. Analfabetismo funcional. Falta de conectividad. Idiomas que no son el inglés. Países que no tienen peso en las decisiones globales. Personas que usan tecnologías que no entienden, construidas por empresas que no conocen, bajo reglas que nunca leyeron.

La brecha digital no es solo una cuestión de acceso a internet. Es una cuestión de poder. De quién decide y quién consume lo que otros decidieron.

Entonces, ¿qué hacemos?

Estas son las cosas que creo que tienen valor real:

Aprender a distinguir el ruido de la señal. Ante cada noticia que domina tu atención, preguntarte: ¿qué no estoy mirando mientras miro esto?

Una cosa antes de terminar

El Titanic se hundió. Eso es verdad. Pero también es verdad que hubo personas que se salvaron. Y no se salvaron porque fueran más ricas o más fuertes. Se salvaron, muchas veces, porque se organizaron entre sí,   porque la diferencia entre quien sobrevive y quien no, casi siempre, empieza antes del choque.

Empieza cuando alguien deja de escuchar la orquesta y empieza a hacer preguntas incómodas.

Este artículo es una opinión personal sobre tecnología, poder y atención colectiva. Las alegorías son herramientas de comprensión, no profecías. El objetivo no es el miedo sino la lucidez.


martes, 2 de junio de 2026

Marco Rubio: el oportunista que se convirtió en canciller

Marco Rubio: el oportunista que se convirtió en canciller 

Hay una paradoja que define la carrera de Marco Rubio mejor que cualquier discurso que haya pronunciado: es un hombre que domina perfectamente el manual de la diplomacia y lo viola sistemáticamente cuando le conviene. Para entenderlo, no basta con seguirle los titulares. Hay que mirar con más calma la distancia que existe entre lo que sabe y lo que hace, entre su inteligencia política real y los límites que él mismo se impone para sobrevivir dentro de una corte que no tolera la independencia de criterio.

El problema del canciller que genera titulares

Uno de los principios fundamentales de la diplomacia clásica —ese arte que estudiaron cancilleres como Talleyrand, Bismarck o Kissinger— es que el mejor diplomático es aquel del que raramente se habla. La discreción no es cobardía: es el instrumento que permite mantener abiertas las vías de negociación, evitar que el adversario endurezca sus posiciones públicamente y preservar la posibilidad del acuerdo cuando los micrófonos se apagan.

Rubio hace exactamente lo contrario.

Su estilo en foros internacionales apuesta por la confrontación directa y el lenguaje de máxima presión. En la Conferencia de Seguridad de Múnich, por ejemplo, enmarcó los conflictos globales en términos de choques civilizacionales absolutos, cerrando el espacio para el pragmatismo y el matiz que la diplomacia requiere. El resultado previsible de ese enfoque es que los interlocutores potenciales se endurecen, los aliados dudan y los adversarios se sienten autorizados a responder en el mismo tono.

Un canciller de la talla histórica que Rubio admira habría entendido que cuando el discurso reemplaza a la negociación, no es fortaleza lo que se proyecta sino impaciencia. Y la impaciencia es la debilidad más cara en el tablero internacional.

Las purgas y el vaciamiento institucional

Hay otro aspecto de su gestión que merece atención especial, porque afecta no solo a la efectividad inmediata sino a la salud del aparato diplomático a largo plazo. Durante su mandato, el Departamento de Estado ha experimentado una depuración significativa del personal técnico, reemplazado en varios casos por figuras de lealtad política en lugar de expertos con trayectoria.

Esto no es un dato menor. El Servicio Exterior de los Estados Unidos tarda décadas en construirse. Los diplomáticos de carrera son la memoria institucional del país: conocen los archivos, las relaciones personales, los matices culturales y los antecedentes históricos de cada negociación. Cuando se los sustituye por leales sin esa experiencia acumulada, la maquinaria pierde capacidad de anticipación y respuesta.

Las consecuencias no son abstractas. En zonas de conflicto activo, la falta de cuadros experimentados se ha traducido en lentitudes logísticas y fallos de previsión que ningún discurso contundente puede compensar. El poder sostenido no se construye con retórica; se construye con control milimétrico de la información y los recursos. Rubio lo sabe. Y aun así, permitió que ocurriera, porque dentro de la lógica de la corte en la que opera, los leales son más valiosos que los competentes.

El dilema del ejecutor fiel

Para ser justos con Rubio, hay que comprender el sistema en el que opera. No está diseñado para ser el freno inteligente del poder; está diseñado para ser su brazo ejecutor.

En un entorno de poder personalista como el del actual gobierno estadounidense, el Secretario de Estado no es el gran estratega que orienta las decisiones del Ejecutivo. Es quien las traduce en política concreta, quien las argumenta ante la comunidad internacional y quien, ante la prensa, no corrige los exabruptos presidenciales sino que los justifica con la premisa de que "el presidente siempre actúa en el interés nacional". Intentar moderar al líder o sugerir concesiones multilaterales equivale, en ese entorno, a una traición al movimiento. Y esa traición tiene un costo inmediato: la destitución.

Rubio lo entendió antes que nadie. Por eso sobrevive. Por eso sigue siendo el canciller. Y por eso, paradójicamente, su mayor virtud dentro del sistema es también su mayor limitación histórica: ha subordinado el rigor estratégico a la supervivencia política.

Entre la mediocridad y el oportunismo: un balance honesto

Si aplicamos los parámetros clásicos de la diplomacia efectiva para evaluar su gestión, el balance arroja un cuadro de contradicciones profundas:

Rubio no sabe que el error capital de la diplomacia es humillar al vencido, sembrar el odio para la próxima guerra y crear enemigos permanentes donde podrían existir interlocutores circunstanciales. Y sin embargo, la política de máxima presión que aplica —especialmente con Iran y con Venezuela— es exactamente esa: la aniquilación simbólica y económica del adversario sin dejarle salida digna, lo que garantiza que cualquier acuerdo futuro parta de una posición de resentimiento y desconfianza acumulada.

No ha comprendido que los aliados se construyen con reciprocidad y respeto a las formas, y que exigir unilateralmente cuotas militares bajo amenaza de revisar las alianzas genera un clima de desconfianza que tarda generaciones en repararse. Y sin embargo, ese ha sido el tono de su gestión con varios socios de la OTAN.

No sabe que la incontinencia verbal es un error diplomático de primer orden, porque muestra las cartas propias, cierra salidas y provoca escaladas innecesarias. Y sin embargo, ha elegido ser el canciller del micrófono abierto, del discurso de alta temperatura, del titular que confirma la postura pero destruye la posibilidad del puente.

¿Es entonces un diplomático mediocre? No exactamente. Un mediocre no conoce las reglas. Rubio las conoce de memoria. Lo que lo define no es ignorancia sino elección: ha decidido conscientemente priorizar la lógica de la supervivencia interna sobre el rigor del oficio. Eso no lo hace mediocre; lo hace oportunista. Y el oportunismo, a diferencia de la mediocridad, es una forma activa de desperdicio: el desperdicio de un talento real puesto al servicio de un horizonte demasiado corto.

Lo que el manual nunca enseña: el precio de renunciar a la verdad

Hay una frase que captura el nudo de esta historia mejor que cualquier análisis técnico: cuando se renuncia a decirle la verdad al poder, se termina perdiendo tanto la grandeza estratégica como el control de los acontecimientos.

Rubio es un superviviente. Es astuto, frío y calculador. Ha aprendido a ser indispensable por miedo y necesidad, a hacer que incluso sus detractores dentro del gobierno lo necesiten. Es un político de primer nivel en el arte de mantenerse a flote.

Pero la historia de la diplomacia no la escriben los que sobreviven a una corte. La escriben los que, en el momento decisivo, tuvieron el coraje de anteponer el interés del Estado —y la verdad— al interés personal. Talleyrand sobrevivió a cinco regímenes, sí, pero también negoció la paz de Europa en el Congreso de Viena cuando todo el continente estaba en llamas. Kissinger fue pragmático hasta el cinismo, sí, pero abrió China y diseñó la distensión con la Unión Soviética porque tenía una visión que trascendía el ciclo electoral.

Rubio o no  tiene la inteligencia para hacer algo así o no ha tenido, hasta ahora, la independencia de criterio necesaria para intentarlo.

Eso, al final, es lo más revelador de su gestión. No es el canciller que fracasó por falta de capacidad. Es el canciller que eligió no intentarlo aunque digan es solo realpolitik

lunes, 1 de junio de 2026

MIS ALUMNOS: ¿Que es el lawfare?

Mis alumnos me preguntan: ¿qué es el LAWFARE?

 Cuando la ley se convierte en arma



Cuando escuchamos la palabra "golpe de Estado", imaginamos tanques en la calle, militares con uniformes, y presidentes sacados a la fuerza del poder. Pero en el siglo XXI, el juego cambió. Hoy se puede derrocar a un gobierno sin disparar ni un tiro. Solo hace falta un fiscal, un juez, y la complicidad de los grandes medios de comunicación.

A diferencia de las operaciones de la Guerra Fría, donde la CIA financiaba ejércitos mercenarios o generales golpistas, en la era contemporánea el objetivo se logra manteniendo una fachada de legalidad e institucionalidad. el ciberespionaje masivo para chantajear líderes y el control algorítmico de los flujos de información en redes sociales para forzar colapsos económicos y políticos de gobiernos incómodos.

El lawfare no opera de forma aislada; requiere la sincronización precisa de tres actores fundamentales que forman un engranaje de destrucción política:

Filtraciones Selectivas ──> Linchamiento Mediático ──> Sentencia / Destitución

Cooperación de Inteligencia externa actúa por debajo de todo el proceso.

Eso es el Lawfare.

La palabra

"Lawfare" es un término en inglés que nace de combinar dos palabras: law (ley) y warfare (guerra). Se podría traducir como guerra jurídica. Su significado es simple pero poderoso: usar los tribunales, los jueces y las leyes, no para hacer justicia, sino como armas para destruir a un enemigo político.

¿Cómo funciona?

Imagina un engranaje, una máquina compuesta por tres piezas que giran juntas:La clave está en que cada pieza necesita a las otras. Un juicio sin cobertura mediática no derrumba a nadie. Titulares sin causa judicial tampoco bastan. Los tres elementos tienen que funcionar juntos, y debajo de todos ellos hay una cuarta fuerza que generalmente no aparece en los periódicos: la inteligencia extranjera.

¿Y qué tiene que ver la CIA con todo esto?

La CIA no juzga a nadie. No aparece firmando ninguna sentencia. Pero actúa como el motor oculto de la maquinaria. Lo hace de varias maneras:

Entrenando a jueces y fiscales. Bajo el pretexto de combatir la corrupción o el narcotráfico, el gobierno de Estados Unidos financia programas donde selecciona y forma a operadores jurídicos locales. El resultado es una red de profesionales del derecho que, en el momento necesario, actúan en sintonía con los intereses de Washington.

Espiando masivamente. La NSA —la agencia de espionaje electrónico de Estados Unidos— intercepta comunicaciones, correos y transacciones bancarias de líderes políticos de todo el mundo. Si encuentran algo comprometedor, lo guardan para usarlo como palanca en el momento más conveniente. Si no encuentran nada grave, con frecuencia sacan datos de contexto para armar escándalos artificiales.

Financiando "sociedad civil". Organizaciones como la NED (National Endowment for Democracy) financian ONGs, observatorios de transparencia y medios de investigación en los países objetivo. Esas organizaciones son quienes presentan las denuncias formales ante los tribunales, dando la impresión de que todo nace de ciudadanos preocupados... cuando en realidad responden a una agenda política diseñada en el exterior.

Usando las leyes norteamericanas como armas internacionales. A través de leyes como la Foreign Corrupt Practices Act o la Ley Magnitsky, Estados Unidos puede sancionar, congelar cuentas bancarias o procesar en sus propios tribunales a ciudadanos de otros países. Esto se usa para presionar a empresarios o políticos locales: o colaboran declarando contra el líder que se quiere tumbar, o quedan bloqueados del sistema financiero internacional.

El uso: Si encuentran corrupción real, guardan la información como chantaje o la filtran de forma anónima a los fiscales locales aliados en el momento político más dañino para el gobierno de turno. Si no encuentran delitos graves, utilizan datos personales sacados de contexto para armar escándalos éticos o mediáticos.

Dos casos que debes conocer

Brasil: Operación Lava Jato. El caso más documentado y estudiado de lawfare en este siglo. El juez Sergio Moro coordinó de manera informal y clandestina con el FBI y canales de inteligencia norteamericanos. El resultado fue la encarcelación de Luiz Inácio Lula da Silva, el candidato favorito para las elecciones de 2018, lo que abrió el camino a la victoria de Jair Bolsonaro. También se logró la destitución de la presidenta Dilma Rousseff. Lo más revelador: años después, la Corte Suprema de Brasil anuló todas las condenas por considerar que el proceso había sido manifiestamente parcial y manipulado. Lula no solo quedó libre: ganó las elecciones siguientes.

Ecuador: La persecución a Rafael Correa. Tras abandonar la presidencia, el expresidente Correa fue objeto de más de treinta causas judiciales simultáneas. Fue condenado usando una figura legal prácticamente inventada para la ocasión —el llamado influjo psíquico— e inhabilitado para regresar a competir en elecciones. El objetivo no era castigar un delito probado, sino sacarlo del tablero político de forma permanente.

¿Por qué es tan efectivo?

Porque tiene una ventaja enorme sobre los viejos métodos: la apariencia de legalidad. Un golpe militar genera rechazo internacional, protestas, cobertura crítica en la prensa mundial. El lawfare, en cambio, parece un proceso normal. Todo ocurre en tribunales, con expedientes y abogados. La víctima no puede denunciar el golpe sin parecer que simplemente no quiere rendir cuentas. Y cuando años después la verdad sale a la luz —cuando las condenas se anulan, cuando se revelan las conspiraciones— el daño político ya está hecho. El líder perdió su momento. El poder ya cambió de manos.


En resumen: el lawfare no es un complot de película de ciencia ficción. Es la actualización del manual de intervención política para el siglo XXI. Cambia los tanques por expedientes judiciales, los generales golpistas por fiscales alineados, y los comunicados militares por titulares de prensa. El objetivo es el mismo de siempre: controlar quién gobierna. Solo cambiaron las herramientas.

Humberto. Maestro y Guia Local en la Habana

Instagram: humberto_habana


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