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viernes, 6 de noviembre de 2026

Pepon, Ser de derechas en Cuba o la comedia de la acera de enfrente

 Es muy difícil en Cuba ser de derechas,  pero bueno, últimamente las redes sociales nos han convencido de que es posible ser de derechas en un país como Cuba. Yo tengo uno de esos vecinos que se pasa casi todo el día conectado a Facebook y está absolutamente convencido de que en Cuba no hay libertad de expresión ni libertad de escoger lo que piensas y ese tipo de cosas. 

Lumpen proletariado el principal aliado se la derecha

Para ese tipo de persona que nació en Cuba con las circunstancias ya del bloqueo norteamericano el bloqueo no existe. Es solamente el gobierno, que son una partida de descarados que durante 60 y tantos años han aprovechado la excusa del bloqueo para vivir bien a costa del pueblo. 

Su padre fue zapatero y su mamá que vive nunca trabajó , eran tres hermanos, los tres se hicieron profesionales y siempre me surge la duda si alguna vez él se ha puesto a pensar si en otras circunstancias, incluida las circunstancias actualesen en la mayoría de los países del mundo subdesarrollado él y sus hermanos se hubieran vuelto profesionales. 

Su obsecación ha llegado hasta el nivel que ha decidido no trabajar para el gobierno y se ha puesto a llenar fosforeras, y gana bastante, considerando que tenemos problemas con el combustible y que por supuesto escasea el gas de la calle y la electricidad para cocinar , por lo tanto las personas lamentablemente en Cuba, algunas personas, cocinan con leña y carbón y por lo tanto su ocupación actual rinde bastantes beneficios porque como otros muchos cubanos, que también creen que se puede ser de derechas en Cuba sin haber estudiado lo que realmente significa ser de derecha pues se aprovechan de la necesidad de los demás , y a medida que aumentan las dificultades, aumenta el precio de rellenar la fosforeras. 

Todas las mañanas ya sé qué está pasando en el país porque lo escucho, él vive frente a mi casa Y entonces si se ríe mucho ya sé que hay malas noticias para el pueblo de Cuba o se aprobó una nueva medida no muy del agrado del pueblo,  amanecimos sin agua o sin electricidad por roturas ,vamos a estar varios días apagados, y sin embargo si él amanece silencioso y cabizbajo es que vamos vamos a tener buenas noticias porque amanecimos con agua y todo lo demás va funcionando aunque sea un poco. 

En definitiva para él Cuba es un país insufrible no hay libertad de movimiento a pesar de que se hizo ciudadano español ,por ejemplo, a pesar de que los aeropuertos están abiertos y él puede viajar a donde quiera(sin necesidad de ser ciudadano español), pero bueno ,no tiene el dinero para hacerlo y de eso también tiene la culpa el gobierno cubano. 

Este vecino tiene un aliado en la esquina , que toda la vida ha sido chofer de una empresa o algo así , y las malas noticias se la comunican gritando para que todos las escuchen, pero casi siempre en doble sentido:  viste que bueno está todo , como vamos mejorando ,ahora sí le ganamos la batalla al imperialismo y ese tipo de comentarios. 

Hoy han amanecido cabizbajos, están cada uno en su tramo de acera sin mirarse casi , por lo tanto parece ser que tuvimos un buen comienzo de día y supongo que en algún momento del día se reactivarán porque es muy difícil en Cuba en las condiciones actuales tener un buen día completo


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LA ANSIEDAD COMO ARMA

EL EFECTO MARIPOSA

Cuando el mundo ignora las injusticias pequeñas, termina enfrentándose a las grandes tormentas

Bloqueo herbicida a Cuba

Los pueblos y los gobiernos siembran, muchas veces sin saberlo, lo que luego cosechan. La historia está llena de ejemplos de cómo las injusticias que se toleran lejos de casa, cuando parecen afectar únicamente a países pequeños o a pueblos sin suficiente poder para defenderse, terminan transformándose en problemas que alcanzan a todos.

Existe una peligrosa costumbre en la política internacional: medir la importancia de una injusticia por el tamaño del país que la padece y no por la gravedad de lo que representa. Si la víctima es pequeña, si carece de poder económico o militar, si no puede amenazar los intereses de las grandes potencias, entonces parece que su sufrimiento puede esperar. Se condena de vez en cuando, se emite alguna declaración diplomática y se continúa adelante.

Pero la historia no funciona así. Las injusticias no desaparecen porque el mundo decida ignorarlas. Se acumulan, generan resentimientos, modifican alianzas, condicionan decisiones y terminan alterando el equilibrio internacional. Lo que hoy parece un problema menor puede convertirse mañana en una tormenta de dimensiones imprevisibles.

A eso podríamos llamarlo el efecto mariposa de la política internacional.

Cuba es uno de esos ejemplos que el mundo debería haber aprendido a mirar de otra manera.

Durante más de seis décadas, Estados Unidos ha mantenido un régimen de sanciones económicas, comerciales y financieras contra una pequeña isla del Caribe. Una política que ha condicionado las relaciones económicas de terceros países y ha impuesto obstáculos a empresas, bancos, navieras y entidades que mantienen vínculos con Cuba.

El embargo no es una abstracción diplomática. Tiene consecuencias sobre la vida cotidiana de millones de personas. Afecta al acceso a combustible, transporte, alimentos, medicamentos, electricidad y servicios esenciales. Y cuando las restricciones se extienden a quienes podrían comerciar con la isla, la presión deja de ser una cuestión bilateral y se convierte en un problema para la libertad de comercio y la soberanía de otros Estados.

En 2026, la presión sobre el suministro de petróleo ha agravado todavía más la crisis energética cubana. Las restricciones estadounidenses dirigidas también contra terceros países que abastezcan de combustible a la isla han contribuido a profundizar una situación que ya era extremadamente difícil. 

El problema es que el mundo ha conocido esta realidad durante décadas. La ha discutido, la ha condenado en Naciones Unidas y, sin embargo, no ha conseguido modificar sustancialmente la política que la produce.

En octubre de 2026, la Asamblea General de Naciones Unidas volvió a pedir el fin del embargo, esta vez por 130 votos a favor, 17 en contra y 25 abstenciones. Pero una cosa es reconocer una injusticia y otra muy distinta estar dispuesto a asumir el costo político de enfrentarse a quien la ejerce.

Y aquí comienza el verdadero efecto mariposa.

Una potencia que comprueba que puede imponer durante décadas sus decisiones a un país pequeño, sin que exista una respuesta internacional efectiva, aprende una lección peligrosa: que su poder no tiene límites prácticos. Que puede ignorar las protestas, imponer condiciones y convertir sus intereses nacionales en obligaciones para los demás.

No hace falta que esa potencia declare semejante principio. Basta con que actúe repetidamente como si fuera cierto.

Y los demás países, al aceptar esa realidad, terminan modificando su comportamiento. Unos buscan protección, otros establecen alianzas alternativas, otros se someten para evitar represalias. 

Lo mismo sucede cuando analizamos la historia de las relaciones entre Rusia y Occidente después de la desaparición de la Unión Soviética. Durante las negociaciones de la reunificación alemana, en 1990, dirigentes occidentales ofrecieron a los representantes soviéticos garantías y mensajes sobre la futura arquitectura de seguridad europea. Documentos diplomáticos desclasificados muestran que James Baker habló con Mijaíl Gorbachov de que la jurisdicción de la OTAN no avanzaría hacia el este. No hubo, sin embargo, un tratado general que prohibiera las futuras ampliaciones de la Alianza, y existe un debate histórico sobre el alcance exacto de aquellas garantías.

Las percepciones de seguridad, la confianza entre Estados y la credibilidad de los compromisos diplomáticos también forman parte de la historia. Ignorarlas fue contribuir a una desconfianza que terminaría condicionando profundamente las relaciones entre Rusia y Occidente.

No se puede explicar toda la confrontación actual a partir de una sola decisión. Pero tampoco se puede comprender el deterioro de la seguridad europea sin examinar los errores, las decisiones y las oportunidades diplomáticas desperdiciadas durante las décadas posteriores a la Guerra Fría.

El mismo peligro aparece cuando hablamos de Irán.

Durante años, el programa nuclear iraní ha sido presentado en buena parte del discurso político occidental como una amenaza que exigía respuestas cada vez más contundentes. Existieron negociaciones, acuerdos y mecanismos de inspección que demostraron que la diplomacia podía ofrecer alternativas a la confrontación.

El acuerdo nuclear de 2015 fue precisamente un intento de limitar el programa iraní mediante compromisos verificables y supervisión internacional. La retirada estadounidense de ese acuerdo en 2018 contribuyó a debilitar ese marco diplomático.


La cuestión fundamental consiste en preguntarse qué sucede cuando las grandes potencias sustituyen la negociación por la imposición, cuando convierten las preocupaciones de seguridad en argumentos para abandonar los mecanismos de diálogo y cuando terminan haciendo más difícil cualquier solución política.

Las consecuencias pueden extenderse mucho más allá de las fronteras de los países enfrentados. 

 Sí debemos comprender que las decisiones geopolíticas, las sanciones, las guerras y la destrucción de los mecanismos diplomáticos tienen consecuencias económicas que terminan pagando ciudadanos que nunca participaron en aquellas decisiones.

Y ese es precisamente el hilo que conecta todas estas historias: la incapacidad de reconocer que ningún conflicto permanece aislado y que ninguna injusticia es verdaderamente pequeña cuando se convierte en precedente.

El dinero que se consume en armamento, guerras, operaciones de presión económica y mecanismos de confrontación deja de estar disponible para otras prioridades. La inestabilidad encarece la energía, alimenta la inflación, aumenta la incertidumbre y obliga a los gobiernos a dedicar recursos crecientes a gestionar crisis que podrían haberse evitado o contenido mediante la cooperación.

En un mundo donde se acumulan grandes fortunas y se concentran enormes recursos económicos, la educación, la salud pública, la protección social y las libertades civiles siguen sometidas a presiones . La humanidad encuentra recursos extraordinarios para financiar la confrontación, mientras discute constantemente si puede permitirse garantizar derechos y servicios esenciales.

Y las consecuencias políticas de esa contradicción tampoco se quedan fuera de las fronteras.

Europa vive sus propias tensiones sociales y políticas. Estados Unidos experimenta profundas divisiones internas. 

La soberanía de un país no debería depender de que sus decisiones coincidan con los intereses de una potencia extranjera. Tampoco debería existir una doble vara de medir según quién sea el aliado y quién el adversario.

Cuando se acepta que una potencia puede intervenir en los asuntos de otros países, condicionar sus decisiones o utilizar su peso económico para determinar sus políticas, se está debilitando un principio que protege a todos: el derecho de los pueblos a decidir su propio futuro.

Y cuando ese principio se debilita en un país pequeño, no desaparece al cruzar sus fronteras. Se convierte en un precedente que otros pueden utilizar.

Por eso Cuba no es la causa de la tormenta internacional. Es uno de los ejemplos más visibles de cómo se ha ido construyendo.

Durante años, muchos gobiernos consideraron que defender a Cuba frente a las medidas estadounidenses tenía un costo diplomático demasiado alto. Otros entendieron que era mejor guardar silencio para no perjudicar sus relaciones comerciales o estratégicas con Washington. Algunos condenaron el embargo, pero no hicieron nada que pudiera incomodar realmente a quien lo imponía.

Y así, poco a poco, se fue normalizando lo que nunca debió normalizarse: que el poder de un Estado pudiera imponerse sobre la voluntad de otro sin encontrar una resistencia internacional efectiva.

Hay una ironía histórica en todo esto. Cuba, pese a sus limitaciones  ha participado durante décadas en misiones médicas internacionales. Durante la pandemia de COVID-19, profesionales sanitarios cubanos viajaron a Italia y a otros países para colaborar en la atención de enfermos. Aquella cooperación recordó que la solidaridad internacional no debería depender de la riqueza de quien ayuda ni de la afinidad política de quien recibe.

Sin embargo, cuando llegó el momento de defender el derecho de esa misma población a vivir sin las consecuencias de un cerco económico, la solidaridad de muchos de aquellos beneficiarios resultó mucho más limitada.

No se trata de pedir que el mundo comparta el modelo político cubano. 

Pero el mundo que estamos construyendo no será más seguro por el hecho de que los países pequeños aprendan a obedecer. Tampoco será más libre porque las grandes potencias puedan imponer sus decisiones sin consecuencias.

El efecto mariposa consiste precisamente en eso: en comprender que los acontecimientos aparentemente pequeños pueden desencadenar transformaciones enormes, que las decisiones tomadas lejos de nosotros pueden alterar nuestra vida cotidiana y que el silencio ante una injusticia no nos coloca al margen de sus consecuencias.

Un país pequeño puede parecer insignificante en el tablero de las grandes potencias. Pero la forma en que el mundo permite que sea tratado revela mucho sobre el orden internacional que está dispuesto a aceptar.

Quizá el mayor error de las grandes potencias no haya sido subestimar la fuerza de Cuba, de Rusia, de Irán o de cualquier otro país que haya desafiado sus decisiones. Quizá haya sido subestimar las consecuencias de construir un mundo en el que la fuerza sustituye al derecho y la obediencia se confunde con la paz.

Porque las tormentas no siempre comienzan con un gran estruendo.

A veces comienzan con el aleteo de una mariposa que nadie quiso mirar.

Y cuando finalmente llega el huracán, ya no basta con preguntarse dónde comenzó. Hay que preguntarse cuántas veces pudo haberse evitado.


Las grandes tormentas internacionales no siempre comienzan con grandes acontecimientos. A veces comienzan cuando el mundo permite que sucedan pequeñas injusticias porque considera que afectan a países demasiado pequeños, demasiado débiles o demasiado lejanos como para que merezca la pena defenderlos..


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LA ANSIEDAD COMO ARMA

sábado, 24 de octubre de 2026

A pesar de usted, Sr.o Mr.

A pesar de ellos mañana será otro día


Hoy manda usted. Lo dijo y quedó dicho, y en cada casa todos hablan bajito y miran hacia el rincón más o menos iluminado en el apagón, como si las paredes hubieran aprendido a contar historias. 

Usted inventó este estado de cosas y, ya puesto, inventó también la oscuridad que lo acompaña. Pero en su larga lista de inventos hay un olvido: nunca se le ocurrió inventar el amar. 

Y sin embargo mañana será otro día. No sé dónde piensa esconderse cuando llegue, porque la alegría que viene es demasiado grande para cualquier escondite. 

¿Cómo va a prohibirle al gallo que insista en cantar? ¿Cómo va a detener el agua nueva cuando empiece a brotar, o a la gente cuando vuelva a quererse sin mirar de qué lado se vive mejor sino donde están los amados?

Ese día cobraremos todo lo que se nos debe. Cobrarenos el amor que guardanos en silencio, el grito que nos mordimos tantas veces y la música que tuvinos que bailar a oscuras. Usted, que fabricó tanta tristeza , pagará, y pagará bien, cada lágrima que nos salió de este largo penar.

Daría lo que fuera por ver florecer nuevamente el jardín que usted no quería. Cuánto se va a amargar al ver que el día asoma sin pedirle permiso, y cómo vamos a reírnos al comprobar que llega antes de lo que usted calculaba. Tendrá que verlo renacer, derramando poesía por las calles. Tendrá que ver cómo se aclara el cielo de repente, sin pedir disculpas, y cómo hará para acallar un coro que le canta de frente.

Porque mañana, a pesar de usted, señor del Norte brutal,  será otro día.

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LA ANSIEDAD COMO ARMA

VAMOS AL NORTE porque internet no miente

Nos dicen: ven, ven, ven, ven. Seguiremos nuestro camino juntos. 

Algún día nos iremos, con tu mano en la mía, haremos nuestros planes y volaremos tan alto. Diremos adiós a todos nuestros amigos y empezaremos una vida nueva. Esto es lo que haremos.

La vida es pacífica allí, al aire libre, donde los cielos son azules. Esto es lo que vamos a hacer: amaremos la playa, aprenderemos y enseñaremos, cambiaremos el ritmo de la vida. Trabajaremos y nos esforzaremos. Sé que allí se ama a los extranjeros. ¿Cómo podría estar en desacuerdo en irme a un paraíso? No pongo ninguna objeción.

La vida es pacífica allí, sin escaseses, al aire libre, tú y yo y todos los que podamos llevar con nosotros. Ese es nuestro destino: sol en invierno, como en nuestra isla. Nos irá muy bien, internet no miente.

Allí donde el aire es libre seremos lo que queramos ser. Ahora, si tomamos una postura que les agrade a los hacedores de cuentos para que nos tomen en cuenta, encontraremos nuestra tierra prometida.

Sé que hay muchas maneras de vivir allí, al sol o a la sombra. Juntos encontraremos un lugar para instalarnos, donde hay tanto espacio que no debe haber problemas. Sin prisas, y al ritmo del vino o el whisky, el flamenco o el rock. Sé que yo también estoy listo para irme. Así que eso es lo que vamos a hacer: irnos al norte.

La vida es pacífica allí. Al aire libre vamos, al norte desarrollado. Este es nuestro destino.


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LA ANSIEDAD COMO ARMA

Con tu mano en la mía, juntos haremos nuestros planes. Juntos volaremos muy alto, nos despediremos de todos nuestros amigos, de nuestros viejos, y empezaremos una vida nueva. Eso es lo que vamos a hacer.



Irnos al norte, internet no miente












domingo, 4 de octubre de 2026

Jaime. Cuba 1978. Homosexualidad.

Jaime

No supe hasta mucho después que la alegría podía ser peligrosa. Lo aprendí aquel año, en un comedor de una oficina de policía donde nadie reparaba en mí, y tardé décadas en encontrarle la palabra exacta a lo que sentí entonces.

La unidad quedaba en La Habana Vieja, en un edificio colonial de tres pisos con una escalera de mármol que hoy sube hacia otra cosa —dicen que ahora es sede de una compañía de ópera, aunque a mí me sigue costando imaginar violines donde antes solo había olor a papel sellado y a tinta de expediente—. Al lado, un cuartel de bomberos completaba el paisaje: otro mundo de hombres, otro uniforme, la misma masculinidad espesa que en aquellos años era, a la vez, herencia soviética y machismo ibérico, dos maneras distintas de enseñar a los hombres a no mostrarse blandos.

Yo iba ahí después de la escuela, a esperar a mi padre. Me sentaba donde nadie tuviera que mirarme dos veces. Un niño en un mundo de hombres no es una presencia: es un mueble más, y por eso se hablaba delante de mí como si no estuviera —con palabras que todavía no tenían dueño en mi cabeza, y que igual me atravesaban como una corriente de aire frío por el cuello.

De todos los que pasaban por aquel comedor, uno se quedó grabado. Rubio, de pelo encrespado, ojos tan claros que parecían prestados de otro clima, rasgos finos. Trabajaba en el archivo, entre trámites, no en la calle —y por eso el uniforme le quedaba flojo de reglas: a veces se aparecía con un pulóver blanco ajustado al cuerpo, y decía que era por el calor. Nadie se lo discutía demasiado; total, no atendía público. Caminaba distinto de los demás, no afeminado sino ligero, subía esa escalera de mármol con un paso que no pedía permiso. Reía distinto. Tenía esa clase de seguridad que no se aprende, la de quien nunca ha tenido que medir cada gesto antes de hacerlo. A mí, cuando me veía, me saludaba de verdad —no con la cortesía distraída de los adultos hacia los niños, sino mirándome, como si por un momento yo también contara.

Yo no tenía palabras para nombrar lo que había en él. Solo sabía que cuando entraba, algo en el comedor cambiaba de temperatura, y no siempre para bien.

Había otro, de pelo oscuro y encrespado, ojos negros, delgado, que trabajaba también en el archivo. Se parecían, esos dos, en algo del físico, aunque no se parecían en nada más. Con el tiempo entendí que aquel hombre se sentía incómodo con la presencia del rubio —quizás porque su alegría le resultaba una afrenta personal, quizás porque veía en denunciarlo una manera de salir del archivo y ascender. Nunca lo sabré del todo. Lo que sí sé es que fue él quien empezó a torcer el ambiente en el comedor con comentarios cada vez más explícitos, palabras fuertes que yo no entendía pero que me asustaban de todas formas, porque sabía —sin saber cómo, sabía— que detrás de ellas había algo oscuro, perturbado, mutilante. Una opresión en el pecho. Un calor repentino en la cara. Eso era todo lo que yo tenía entonces para nombrar el miedo.

Nadie se dio cuenta nunca de que yo estaba ahí escuchando. Y aunque se hubieran dado cuenta, no habrían bajado la voz por mí. Yo era el que no debía estar en esa historia.

La trampa se armó con la paciencia de quien ya sabe que va a ganar. Una invitación a una casa en la playa, un rato prudencial, y después la puerta abierta en el momento exacto: los encontraron en ropa interior, abrazados. El trigueño sabía, dicen —pero al otro hombre que estaba con él lo agarró completamente desprevenido.

Después de eso, no volví a verlo. Un día dejó de aparecer por el comedor, por la escalera de mármol, por la unidad entera, y nadie explicó nada, y yo no tenía edad para pedir explicaciones. Solo escuché, más tarde, esa frase que en Cuba se usaba entonces y que todavía hoy existe en otro contexto: que le había quedado una mancha en el expediente laboral.

No sé qué fue de Jaime. A veces imagino que tuvo suerte, que esa mancha lo empujó hacia un lugar donde su alegría ya no tenía que disimularse. Otras veces pienso que se fue del país, como tantos, porque aquí ya no le quedaba dónde trabajar. Nunca lo sabré, y he llegado a pensar que esa incertidumbre es, de alguna manera, más honesta que cualquier final que pudiera inventarle.

Lo que sí sé es que aquella tarde, sin entender del todo lo que presenciaba, empecé a aprender lo que cuesta ser feliz en un lugar que no perdona la felicidad que no sabe disimularse.

Hablo de una época, de un lugar que no tiene que ser un país sino también una oficina. Y que de todas las personas que pasaron por ese comedor, invisibles unas para otras, solo yo, el que menos contaba, terminé siendo quien lo recuerda.


Humberto
Maestro y guía local.
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domingo, 20 de septiembre de 2026

Recuerdos vs Sueños

Sueños y recuerdos: los que nacen y mueren soñando

calles y sombras reflejando la espera, la memoria y la esperanza.


Hay dos palabras que a veces se usan como si fueran iguales para todos, y no lo son: recuerdos y sueños. No significan lo mismo para todo el mundo. No pesan igual. No se consiguen igual. Y desde hace un tiempo pienso en eso, en cómo se reparten, en quién los tiene y quién apenas los imagina.

Hay un porcentaje pequeño de la humanidad que tiene los recuerdos que hoy se consideran válidos. Los días de universidad, los viajes a otros países, las experiencias tecnológicas, los días de compra, las fiestas con la familia con todo iluminado y sin estar en peligro. Eso se llama recuerdo. Eso se guarda. Eso se cuenta. Y hay otro porcentaje enorme, un setenta por ciento, que sueña con todo eso. Y sueña con la mitad, porque los sueños son en cantidad la mitad de los recuerdos. Se sueña con lo que se conoce, y si vives una vida de pobreza o de mediocridad material, tus sueños son limitados. Soñás con lo que viste. Y si viste poco, soñás poco. O soñás con lo que la publicidad te muestra, o con lo que el vecino que le va bien dejó entrever. Pero eso no es soñar: eso es mirar el sueño de otro.

Ahora, eso no significa que los que sueñan no tengan nada. Significa que tienen otra cosa. Tienen sueños, que no es poco. Y algunos tienen recuerdos que no se miden en viajes ni en compras, sino en cosas más hondas. Cuba, por ejemplo. Cuba es un país donde falta lo material, eso no se puede negar. Falta comida, falta medicina, falta luz, falta transporte. Pero Cuba tiene un basamento educativo e intelectual que no se cae. Y Cuba tiene recuerdos que no son de consumo, sino de solidaridad. Recuerdos de haber salido a enseñar a otros países, a alfabetizar, a curar. Recuerdos de haber ido a terremotos y epidemias a ayudar. Recuerdos de haber luchado por la independencia de otros pueblos y haberla logrado. Eso también son recuerdos. Y son recuerdos grandes. De los que no se compran. De los que no se pueden quitar con un bloqueo.

Entonces la cosa no es solo que unos sueñan y otros recuerdan. Es que hay recuerdos que no se valoran. Hay recuerdos que no entran en el porcentaje pequeño. Hay vidas enteras que son un recuerdo vivo para otros pueblos, y que sin embargo se miran desde afuera como si fueran solo carencia. Como si soñar y dar no contara. Como si solo contara tener.

Y no es lo mismo escribir sobre eso que vivirlo. Eso lo tengo claro. Yo puedo escribir esto y después salir a ver si hay agua, si hay pan, si hay corriente. Otros están igual o peor. Todos estamos adentro. Nadie mira desde afuera. Y aun así hay gente sensible que se da cuenta. Aquí y allá. Gente que ve cómo se puede vivir o no vivir en sociedades que solo sueñan. Gente que entiende que soñar no es lo mismo cuando sabes que no se va a cumplir. Pero lo importante no somos los que escribimos. Lo importante son esos seres que están limitados al nacer y morir soñando. Esos son los que importan. Los que nacen con el sueño ya recortado y mueren sin haberlo tocado.

He pensado mucho en esto. En cómo los sueños no son iguales para todos. Uno cree que soñar es libre, que nadie te puede quitar lo que imaginás. Mentira. Sueñas con lo que conocés. Sueñas con lo que viste. Y aquí, ¿qué viste?  Entonces sueñas con eso. Soñás con que se vaya la cola, con que vuelva la luz, con que el que se fue escriba. No suoñas con lo que no conocés. No sueñas con París no sabes que existe o nunca has visto una foto. Y si la viste, la viste en una pantalla prestada, en un video que se corta, en algo que no es tuyo. Eso no es soñar. Eso es mirar el sueño de otro. Y encima te dicen que  tienes la culpa. Que si no tienes recuerdos es porque no te esforzaste. Y uno a veces lo cree. Eso es lo peor. Que uno a veces lo cree.

Después están los otros. Los que tienen los recuerdos válidos. Los que viajaron, los que estudiaron, los que compraron, los que festejaron con la familia y con todo iluminado y sin estar en peligro. Y no digo que sean malos. No todos. Hay gente sensible ahí adentro. Gente que se da cuenta. Que ve la grieta. Que siente que sus recuerdos lindos se sostienen sobre los sueños rotos de otros. Lo sienten. Lo dicen a veces. Lo escriben. Lo denuncian. Pero después siguen adentro. Porque salir significa renunciar a los propios recuerdos. Y eso nadie lo hace. Yo tampoco. Yo estoy escribiendo esto desde adentro de un país que sueña y que también ha dado recuerdos. No me engaño.

Y hay algo más, algo que casi no se dice. Las dictaduras. Sí, las dictaduras. A los países pequeños, a los países con otra historia, les acusan de tener dictaduras. Y es verdad. Las tienen. Pero un dictador dura lo que dura un cuerpo. Se muere. Lo matan. Se va. Un dictador pone sueños, sí, pero por un tiempo. Tiene fecha de vencimiento. En cambio una potencia grande, un país fuerte, una máquina poderosa, no tiene fecha. Puede eliminar los sueños por generaciones. Por generaciones enteras. Y los que vienen detrás, los que heredan los recuerdos maravillosos, entienden —aunque no lo digan— que para que ellos sigan teniendo esos recuerdos, otros tienen que seguir sin sueños. Y contribuyen. Una y otra vez. Sin querer, a veces. Queriendo, otras. Pero contribuyen. Y desde siempre, pero más desde un tiempo para acá, hay naciones y pueblos que apoyan a gobiernos para que rompan los sueños de otros pueblos y naciones. Y esos pueblos destruidos, que logran tener algunos sueños hechos realidad y convertidos en recuerdos, de repente lo pierden. Pierden a sus hijos, pierden sus casas, pierden lo poco que tenían. Y la nación que se lo arrebata se siente orgullosa de ser más fuerte. Se siente orgullosa de haber convertido sueños y recuerdos en cenizas.

Pero no todos los sueños se convierten en cenizas. Hay sueños que se convierten en recuerdos aunque nadie los vea. Hay recuerdos que se sostienen aunque todo esté en contra. Hay países que dan al mundo lo que no tienen, y eso es un recuerdo que no se borra. Y hay seres, sobre todo hay seres, que nacen y mueren soñando, limitados desde el principio, y que aun así sostienen la esperanza sin haberla tocado nunca.

Y entonces llegamos a esto. A lo que pasa hoy. A la culminación de todo esto en los tiempos modernos: la emigración. Porque todo lo que dije antes —los que sueñan, los que acumulan recuerdos, los que limitan los sueños de otros, los que convierten sueños y recuerdos en cenizas— todo eso desemboca en esto. En gente que agarra y se va. Que arriesga la vida. Que cruza mares, selvas, desiertos, muros. Que se mete en un bote, en un tren, en un camión, en lo que sea. Para lograr los sueños que tiene en mente. Sueños que a veces vienen cubiertos de oropel, de revistas de moda, de viajes, de cosas que brillan y que no son lo esencial. Pero otras veces son sueños más hondos: la familia, el futuro, la posibilidad de que sus hijos vivan algo distinto, inclusive el futuro del país que dejan. Porque muchos se van pensando en volver. O en mandar. O en que algún día esto cambie.

Y esas personas, esos pueblos, esas naciones que durante generaciones, durante siglos, han tenido limitada su capacidad de soñar, llegan a las naciones poderosas. Y esas naciones poderosas lo son, entre otras cosas, precisamente porque limitaron a otros su capacidad de soñar y de tener recuerdos. Eso no se puede separar. La prosperidad de unas se sostiene sobre los sueños rotos de otras. Y ahora los que soñaron tanto llegan allí. Y al llegar, interfieren. Porque compiten. Porque trabajan. Porque estudian. Porque a veces superan a los que están. Y allí está la tensión que casi nadie nombra: el emigrante no solo busca; también irrumpe. Y los que ya estaban, que heredaron recuerdos construidos sobre sueños ajenos, sienten que ahora les tocan su parte. Se quejan. Se cierran. Levantan muros. Votan por los que prometen expulsar. Y no ven, o no quieren ver, que ellos también fueron parte de esa máquina que empujó a esos pueblos a soñar sin recuerdos. Es la rueda girando. Es la culminación de todo esto.

Y sin embargo, hay algo que no se puede negar. Esos que emigran llevan consigo lo que son. Llevan sueños, sí. Pero también llevan recuerdos que no se miden en compras ni en viajes. Llevan lo que aprendieron. Llevan lo que dieron. Llevan la solidaridad, la enseñanza, la salud, la capacidad de levantarse después de cualquier cosa. Y eso, aunque no se valore, aunque no entre en el porcentaje pequeño de los recuerdos válidos, es un recuerdo grande. Es de los que no se borran. Es de los que sostienen.

Así que la pregunta final no es quién tiene más recuerdos. La pregunta es quién sostiene los sueños cuando todo está en contra. Y ahí, en esa respuesta, están esos seres que nacen y mueren soñando. Esos son los importantes. No los que escribimos sobre ellos. No los que los estudiamos. No los que nos compadecemos. Ellos. Los que nacen con el sueño recortado y mueren sin haberlo cumplido del todo, pero habiéndolo sostenido. Y los que se van, arriesgando todo, para que sus hijos tengan aunque sea un recuerdo. Esos también. Esos sobre todo.

Quizá el único recuerdo que les podemos dar es nombrarlos. Decir que estuvieron. Decir que soñaron. Decir que no todo fue ceniza. Decir que, incluso en la rueda que gira, incluso en la máquina que mueve y tritura, hubo quienes sostuvieron el sueño hasta el final. Y que eso, aunque el mundo no lo cuente, es un recuerdo. Y es de los grandes.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Informe PISA, Mirada desde Cuba

 Cuba no está en PISA: por qué eso importa menos de lo que parece

Cuba, aprender a pesar de los obstaculos y bloqueos

Cada vez que salen los resultados de PISA, en Cuba se repite la misma conversación. Nos preocupamos. Nos preguntamos cómo habríamos quedado. Nos comparamos con Chile, con Uruguay, con Perú. Y en el fondo, sabemos que la comparación es injusta, pero la hacemos de todas formas porque llevamos décadas midiéndonos con la vara de otros.

Quiero plantear algo distinto. No se trata de evadir la discusión ni de decir que PISA no sirve. Se trata de entender qué mide PISA, para quién lo mide y por qué los resultados de esa prueba no reflejan lo que realmente pasa en la educación .

PISA no mide educación: mide preparación para el mercado

Empecemos por lo obvio. PISA no es una evaluación pedagógica. La elabora la OCDE, una organización de cooperación económica, no educativa. Sus pruebas están diseñadas para medir habilidades que el mercado laboral necesita: interpretar gráficos, resolver problemas aplicados, leer instrucciones técnicas y adaptarse a entornos digitales. Son competencias útiles, pero son las competencias de una economía de mercado flexible.

  • Lo que PISA mide: Lo que una sociedad orientada al mercado valora.

  • Lo que PISA no mide: No hay una prueba de solidaridad, de pensamiento crítico aplicado a problemas colectivos, de capacidad para innovar con recursos escasos ni de conciencia social.

Esto no es una opinión marginal. Sindicatos de profesores en Europa han señalado que detrás de PISA hay una visión de "élites económicas mundiales" y que la OCDE promueve políticas que han condicionado las reformas educativas de muchos países, ignorando los currículos nacionales y los contextos socioeconómicos de los estudiantes.

El problema del formato: computadoras, conectividad y sesgos

Hay otro problema más concreto. Desde 2015, PISA se aplica principalmente en computadoras, lo que introduce un sesgo enorme. Los países con mayor penetración tecnológica tienen estudiantes familiarizados con ese formato. Los países con menos computadoras en las escuelas parten en desventaja, no por falta de conocimientos, sino por falta de práctica con la herramienta.

En América Latina, la brecha es evidente. En países como República Dominicana, Colombia, Guatemala o Perú, menos de la mitad de los estudiantes tienen acceso a internet y computadora en casa. La propia OCDE reconoce que la brecha digital entre el Norte y el Sur global puede exacerbar las desigualdades existentes en los resultados educativos.

El impacto del bloqueo: Cuba enfrenta una limitación adicional. El bloqueo es una realidad material que afecta el acceso a tecnología, conectividad y recursos. Las escuelas cubanas no tienen mayoritariamente computadoras para cada estudiante. En PISA, esto representaría una desventaja estructural independiente de la calidad de la enseñanza.

Lo que la educación cubana sí hace (y no sale en los titulares)

Ahora hablemos de lo que Cuba hace, porque también cuenta y casi nunca aparece en los rankings internacionales.

1. El método "Yo Sí Puedo" y la erradicación del analfabetismo

Cuba no solo erradicó el analfabetismo en su propio territorio en 1961. Convirtió ese logro en un programa de cooperación internacional que ha enseñado a leer y escribir a más de 10 millones de personas en más de 30 países.

El método "Yo Sí Puedo" recibió el Premio Rey Sejong de la UNESCO en 2006. Gracias a él, países como Venezuela, Bolivia y Nicaragua fueron declarados "Territorios Libres de Analfabetismo", y se ha aplicado desde Argentina, México y Colombia hasta comunidades aborígenes de Australia. Ninguno de los países altamente rankeados en PISA ha desarrollado un impacto alfabetizador de esta escala.

2. La ELAM: compensar las lagunas del continente

La Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), fundada en 1999, ha graduado a miles de médicos de toda la región. Para ingresar, la ELAM imparte un Curso Premédico obligatorio de 20 semanas para nivelar a los estudiantes en Matemática, Biología, Física, Química y Español.

Esto evidencia que los sistemas educativos de los países que participan en PISA no siempre garantizan una formación básica sólida al egresar del bachillerato. La ELAM compensa esa base; PISA no lo mide.

3. Olimpiadas académicas: resultados sin sesgo digital

En los últimos años, 2024 y 2025,  estudiantes cubanos formados en escuelas públicas y con métodos tradicionales han destacado en competencias internacionales:

  • Matemáticas (IMO 2025): Medalla de bronce alcanzada por Marcel Gámez Salvó (logro que no se obtenía desde hacía una década).

  • Química (Mendeleev 2025): Una medalla de plata y tres de bronce.

  • Biología (Iberoamericana 2024): Tres medallas de oro y una de plata.

  •  Del 7 al 12 de septiembre 2026, la delegación cubana brilló en la Olimpiada Iberoamericana de Matemática celebrada en Argentina, al conquistar cuatro medallas y la Copa Puerto Rico, ubicándose en el sexto lugar entre 21 países.

Estas competencias no se realizan en computadoras ni miden habilidades financieras; evalúan conocimiento profundo y resolución de problemas complejos en igualdad de condiciones académicas.

Dejar de mirarnos en el espejo equivocado

PISA no puede medir la capacidad de un país para alfabetizar a millones, formar médicos comprometidos ni sostener un sistema pedagógico que considera la educación como un derecho universal y gratuito, no como una mercancía.

Si Cuba participara en PISA, probablemente enfrentaría dificultades en el formato digital. Pero eso no significaría que su educación sea inferior, sino que PISA mide otros parámetros.

La pregunta no es si Cuba habría quedado bien o mal en el ranking. La pregunta es si PISA es la medida adecuada para juzgar el proyecto educativo cubano. La respuesta, con los datos en la mano, es que no lo es. Quizás no estar en PISA sea la oportunidad para dejar de mirarnos en el espejo equivocado


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lunes, 24 de agosto de 2026

Ayudas , el costo emocional de sostener a la distancia

 El peso de ayudar

Cuando bloquean a un pais completamente, solo la familia y los amigos que han emigrado se convierten en la fuente principal de sustento


Hay un gesto que se repite todos los meses en miles de hogares: alguien, en algún lugar del mundo, resta de su propio sustento para sumarlo al de otro. No es caridad abstracta ni filantropía de cámara lenta. Es un padre que pospone una consulta médica, una madre que renuncia a un abrigo de invierno, un joven que trabaja una jornada extra que su cuerpo ya no debería sostener, para que en otro país distante, alguien pueda comer, curarse o simplemente respirar un mes más sin ahogo económico. Ese gesto tiene nombre: remesa. Pero reducirlo a una transacción bancaria es no entender nada de lo que cuesta.

Quien envía no lo hace desde la abundancia. Vivir en un país con más oferta no equivale a vivir con más margen. El salario de quien emigra se mide contra un alquiler impagable, contra un sistema de salud que factura por minuto, contra la soledad de no tener con quién compartir gastos ni cuidados. Enviar dinero, en ese contexto, no es sobrante: es sacrificio calculado, decisión tomada con los dientes apretados. Y sin embargo, se hace, mes tras mes, con una constancia que roza lo terco.

Lo que rara vez se dice en voz alta —porque incomoda, porque parece ingrato hacia el que da y hacia el que recibe— es que del otro lado esa ayuda no siempre se recibe como lo que es. Con demasiada frecuencia se convierte en derecho adquirido. "Vive allá, tiene que mandar" es una frase que he escuchado en boca de quienes nunca han cargado una maleta con toda su vida dentro ni han hecho el duelo de una ciudad, un idioma, unos afectos. La distancia geográfica, para algunos, no genera gratitud: genera cálculo. Se empieza a exigir lo que antes se agradecía. Se olvida que ese dinero no cae de un árbol de dólares plantado en el primer mundo, sino que sale de un cuerpo cansado, de una cuenta bancaria ajustada al centavo, de una vida que también necesita repararse.

No es un fenómeno exclusivo de la migración. Existen personas —menos de las que quisiéramos, pero existen— capaces de sostener a alguien casi desconocido solo porque presenciaron su necesidad y no pudieron mirar hacia otro lado. Esa clase de generosidad, la que no busca reciprocidad ni reconocimiento, es de las pocas cosas que todavía desmienten la idea de que el mundo se ha vuelto irremediablemente hostil. No elimina la dureza del entorno; simplemente prueba que dentro de esa dureza persiste algo que no ha terminado de romperse.

Pero la compasión, para sostenerse, necesita ser vista. No aplaudida como espectáculo, sino reconocida como lo que es: un acto que tiene un precio real para quien lo ejerce. Cuando esa ayuda se normaliza hasta volverse invisible, cuando pasa de gesto a obligación tácita, se rompe algo esencial en el vínculo. El que da empieza a sentirse usado; el que recibe, con el tiempo, deja de ver a la persona detrás del envío y solo ve el envío. Ahí es donde el afecto se degrada en transacción, y la transacción, sin el afecto que la sostenía, se vuelve insoportable para quien la sostiene.

No se trata de pedir gratitud performática ni agradecimientos ensayados. Se trata de algo más simple y más difícil: no dar por sentado el sacrificio ajeno. Preguntar cómo está quien envía, no solo cuánto envía. Entender que la generosidad, incluso la más constante, no es infinita ni gratuita, y que agotarla sin reconocerla es una forma silenciosa de crueldad.

El mundo no se ha vuelto necesariamente peor; se ha vuelto más visible en su dureza. Y en medio de esa visibilidad, sigue habiendo quien resta de sí para sumar a otro. Ese gesto merece algo más que la costumbre. Merece que se le mire de frente.


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martes, 18 de agosto de 2026

Miedo, memoria y supervivencia: La anatomía del bloqueo en Cuba

 Una reconstrucción personal sobre cómo la escasez transforma el acto cotidiano de comer en una estrategia de supervivencia y deja marcas imborrables en la psique colectiva.

El gobierno de EEUU, cada administración, aprueba nuevas medidas para ahogar de hambre al pueblo cubano y hacer caer la culpa sobre el gobierno de Cuba

La relación que los cubanos de hoy mantenemos con los alimentos es muy peculiar, por no decir dramática. Como casi todo en la vida de quienes hemos nacido y crecido en la Cuba posterior a 1959, la comida está inevitablemente teñida de tintes políticos. Cuando los dioses del Mundo deciden convertir el alimento en una herramienta de  guerra o en una fuente de chantaje, el acto de comer pierde su dimensión de disfrute y regresa a su origen primitivo: la mera supervivencia.

Hoy en día, cuando salgo a comprar víveres, suelo decir que voy a «salir de cacería». Es una metáfora exacta: un acto de fe, un juego de azar, una adivinanza maquiavélica. Nunca se sabe qué se va a encontrar, ni a qué precio.

Existen miles de historias y experiencias duras que nos han marcado a los cubanos y que alimentan un miedo profundo a quedarnos sin alimentos. «Es algo normal», diría un observador externo, «en el mundo hay mucha gente que pasa necesidades». Pero no hablo de una inquietud lógica o abstracta; me refiero a un terror visceral a regresar a ese abismo en el que quedamos atrapados cuando desapareció la Unión Soviética y el país se quedó de golpe sin socios comerciales.

A continuación, comparto cuatro estampas personales. Las he reducido al mínimo de palabras para no caer en el dramatismo innecesario, aunque todas han dejado secuelas imborrables en mí y en la mayoría de mis compatriotas. Los cubanos que han emigrado a menudo rompen a llorar la primera vez que caminan por los pasillos abarrotados de un supermercado; los que seguimos en la isla acaparamos todo lo posible porque albergamos la certeza de que, más temprano que tarde, la escasez volverá a tocar la puerta. Es un ciclo inevitable.

I. Hamburguesas

Tras casi un año sin consumir proteínas, las autoridades locales anunciaron una «solución». Por aquel entonces ya se hacían evidentes los estragos de la desnutrición en la población. La medida consistió en asignar a cada manzana un restaurante estatal al que debíamos acudir, una vez cada quince días, para adquirir una hamburguesa por núcleo familiar.

El sistema funcionaba bajo una lógica estricta: una acera compraba una semana y la acera de enfrente dos semanas después. Un boleto oficial certificaba el número de integrantes de la vivienda. Acudíamos a la cita formando la cola más silenciosa y triste que recuerde.

Al principio, la gastronomía local intentó disfrazar la precariedad sirviendo el pan con semillas de ajonjolí, una rodaja de tomate y un pepinillo. Con el paso de las semanas, los vegetales desaparecieron y quedó únicamente el pan con la hamburguesa. Tiempo después, retiraron el pan y solo entregaban el disco de carne procesada. Pocos meses más tarde, la asignación desapareció por completo.

 El sentimiento: Humillación.

II.La Colada  

La llamábamos «colada». Fue la temporada, tres meses,  en que solo se conseguía col y, de manera ocasional, algún tomate. Elaborábamos una especie de estofado donde el vegetal sustituía por completo a la proteína animal.

Ese preparado constituyó nuestro almuerzo y nuestra cena de manera ininterrumpida durante casi tres meses.

 El sentimiento: Desesperación; la sensación constante de haber alcanzado el límite de las fuerzas.

III. Pierna de cerdo

Un antiguo conocido de la familia reapareció en nuestra casa tras dos años de ausencia. Necesitaba resolver un trámite personal y trajo consigo un regalo extraordinario: una pierna de cerdo. Hacía 5 años que en mi hogar no se consumía carne de cerdo ni ningún tipo de carne roja.

Mi madre preparó un bistec para cada uno. Recuerdo que el simple aroma que desprendía la sartén producía una saciedad inmediata. Lo comimos despacio, acompañado de arroz y frijoles negros, en lo que percibimos como un auténtico banquete. Aquella noche, por primera vez en años, hubo sobremesa.

Al día siguiente experimenté una sensación física extraña, similar a una descarga de energía. Los músculos respondían con otra firmeza, la visión parecía más aguda y la conversación fluía con ligereza. Vino a mi mente la lección de un profesor de medicina: el ser humano es omnívoro, pero solo logró un salto cualitativo en el desarrollo cerebral cuando incorporó la proteína cocinada a su dieta.

  El sentimiento: En un primer momento, esperanza; inmediatamente después, el temor helado a regresar a la privación.

IV. El hueso

La pierna de cerdo llegó a su fin, quedando únicamente el hueso y los restos de piel. En nuestra vivienda contábamos con servicio constante de agua y electricidad, pero carecíamos de gas para cocinar. Una amiga cercana vivía en la situación opuesta: en su zona el servicio de gas no se interrumpía, pero padecía severos cortes de agua y fluido eléctrico. Establecimos una alianza práctica: ella acudía a mi casa a lavar la ropa y yo me trasladaba a la suya para cocinar.

Un día preparé la porción de frijoles para llevar a su cocina, incluyendo el hueso reservado para aportar sustancia al potaje. Antes de salir, mi madre me sugirió que, al terminar la cocción, les ofreciera a mi amiga y a su esposo el hueso por si deseaban utilizarlo en sus propios alimentos. Aceptaron de buen grado.

Al día siguiente, mientras preparaba el arroz en la misma cocina, mi amiga me comentó con naturalidad si podía entregarle el hueso a la vecina del piso superior, pues consideraba que aún podía extraerse de él algo de sabor.

 El sentimiento: La certidumbre de estar atrapado en un pozo sin salida.

Las huellas del fantasma

Como consecuencia de aquellos años , muchos desarrollamos secuelas neurológicas y físicas; en mi caso, episodios severos de migraña y parestesias en las manos que persisten hasta el presente.

Mantengo viva la memoria de estas historias no por un afán de regodearme en la adversidad, sino como un ejercicio ético para valorar cada plato de comida, reconocer el esfuerzo de quienes cultivan la tierra y entender cada alimento como un bien preciado.

Quienes me conocen saben que rara vez dejo algo en el plato. En los restaurantes —cuyos precios siguen representando un lujo inalcanzable para la gran mayoría—, mis allegados suelen retirar de antemano la porción que no consumirán para dármela. Desarrollo una conducta que califico como «limpia-pecera»: me resulta incomprensible el desperdicio o el rechazo a un alimento por un mero compromiso del paladar. Disfruto el aroma, la sazón y el espacio de socialización que se genera alrededor de la mesa. Puedo comer hasta el malestar, pero ese exceso nunca se compara con la memoria física del estómago vacío.

Los tiempos han cambiado y la crisis actual adopta otros matices, pero la sombra de la escasez sigue presente. Al mirar hacia el pasado reciente, el sentimiento predominante continúa siendo el miedo al desabastecimiento total. Ese fenómeno trágico en el que los padres renuncian a su plato para alimentar a sus hijos, o en el que los hijos fingimos una sonrisa ante los ancianos de la casa asegurándoles que ya hemos comido fuera.


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martes, 11 de agosto de 2026

Hace diez años murió Fidel Castro

 Hace diez años murió Fidel Castro. Estos fueron los sentimientos que despertó en mí su muerte.

Recuerdos de cuando murio Fidel


Cuando murió Fidel

Se murió el abuelo.  

Se murió el padre.  

Se murió el dador.  

Murió el guerrillero, el Salvador, el líder mundial, el cubano más sexy de los años sesenta y setenta. Murió el macho-guerrillero que ayudó a fundar la escuela de ballet más importante del Tercer Mundo. Murió el fundador del movimiento de los Países No Alineados. El creador de guerrillas. El impulsor de misiones de alfabetización en el Tercer Mundo… e incluso en el Primero.

Murió el dictador —para algunos cubanos y muchos extranjeros— y también el creador de la Escuela Latinoamericana de Medicina, donde estudiaban los más pobres entre los pobres de nuestro continente. Murió el hombre que llamó a los soviéticos y a sus misiles a solo noventa millas de Estados Unidos. El que hizo de la escuela y del deporte una obsesión nacional, llevando a Cuba a estar entre los quince países más medallistas en Juegos Olímpicos sin ser una potencia rica.

Murió el que comenzó una guerrilla con solo doce hombres y tres años después había tomado el poder. El que creía que los cubanos no necesitábamos la democracia al estilo capitalista porque, para decidir, ya estaba él. El creador de un sistema de vigilancia perfecto para saber qué podía estar pensando o haciendo cada cubano.

Murió el arquitecto de la campaña de alfabetización que eliminó el analfabetismo en apenas un año. El que llevó a cubanos a guerras en África, Asia y América Latina. Murió el caballo —el número uno en la charada cubana—. El creador de la mayoría de las universidades del país. El fundador del Instituto Superior de Arte.

Murió el político que dividió familias para poder vencer. El que en su primera semana de gobierno prohibió por ley la prostitución y el juego, incluidos los casinos americanos. El que criticaban y detestaban muchos de los que se fueron bien formados hacia un mundo que no formaba ni preparaba a los pobres, y que gracias a esa ventaja lograron prosperar.

Murió el hombre que no confiaba en los imperialistas porque, según él, eran egoístas y solo deseaban la destrucción de quien no fuera como ellos. El que no nos dejaba viajar a países capitalistas porque pensaba que contaminaban el espíritu. El de los discursos interminables de seis y ocho horas. El que jugaba béisbol, ajedrez y practicaba la caza submarina.

Murió el amigo de Mandela, de Indira Gandhi, de Allende. El cercano a Graham Greene y a Gabriel García Márquez. El hombre rodeado de una lista interminable de lo que el mundo llamaba “gente progresista y de bien”. Murió el odiado por dos millones de cubanos y sus descendientes en Estados Unidos.

Murió el que decidió dar solo una entrevista al año cuando comprendió que, dijera lo que dijera a un periodista occidental, siempre sería desvirtuado. Por eso tenía sus propios técnicos para grabar. El que dejó de fumar en público porque la Organización Mundial de la Salud se lo pidió, consciente de que era imitado en todo el mundo.

Murió el hombre del que nunca supimos cuántos hijos tuvo realmente ni quién era su esposa hasta mucho después, cuando la enfermedad hizo visible a la mujer que no se separó de su lado. El que cada año, antes de la Asamblea General de la ONU, recibía a los líderes del Tercer Mundo que pasaban primero a saludar antes de seguir hacia Estados Unidos.

Murió el orador que impulsó con sus discursos la entrada de China al Consejo de Seguridad… y que años después la atacó cuando ese gigante invadió Vietnam. El hombre bajo cuyo gobierno se erradicaron enfermedades como la poliomielitis y la tuberculosis. El creador de frases como: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora la injusticia, tiembla”.

Murió el líder que llevó a juicio y mandó a fusilar a uno de sus militares más queridos, el único con la medalla de Héroe de la República, por considerar que había puesto en peligro la imagen de la Revolución. El que participaba en todos los congresos de maestros. El que creyó que nacer y crecer después de 1959 bastaba para crear al Hombre Nuevo… hasta las grandes decepciones de 1980 y 1994.

Murió el creador de un sistema de inteligencia tan sólido que los rusos venían cada seis meses a intercambiar información. El ateo que logró que los últimos tres Papas visitaran Cuba. El que envió médicos a Haití mucho antes de que los terremotos y huracanes obligaran al mundo a mirar hacia ese país abandonado.

Murió el hombre que dijo que la universidad era solo para los revolucionarios. Al que no le gustaban los guardaespaldas y al que intentaron matar más de mil veces. El que durmió en un hotel de Harlem cuando Estados Unidos le canceló la reserva oficial como Jefe de Estado.

Murió el que eliminó la Navidad y el Día de Reyes del calendario por considerarlos fechas mercantiles más que religiosas. El que le dijo “no” a Estados Unidos tantas veces que nos bloquearon y vaciaron mesas y tiendas durante casi seis décadas.

Murió el hombre al que muchos emigrados culpaban por separarse de sus familias, cuando —según pensaba— la mayoría solo obedeció a corazones impulsados por el dinero, sin la dignidad de luchar por lo que amaban, fuera familia o país, que al final era lo mismo.

Murió el que vetó a Julio Iglesias por cantar en Sun City, el cabaret racista de Sudáfrica. El que las nuevas generaciones solo conocían por los libros de historia. El que nació con un nombre que, traducido al latín, significaba “Fiel al Ejército”.

Murió el que resistió la caída de la URSS y desde sus cenizas impulsó una segunda ola de gobiernos de izquierda en América Latina. El que dijo que Cuba sería un país de hombres de ciencia porque no teníamos petróleo, sino cerebros que exportar.

Murió el que reconoció su propia decepción al ver que, cincuenta años después, los negros seguían siendo mayoría en las cárceles y minoría en las universidades. El que las mujeres culpaban por la precariedad de las cocinas, pero al que agradecían ser entonces casi el sesenta por ciento de los profesionales del país.

Murió el que abandonó La Habana para construir en el campo. El que puso a Cuba entre los diez países con menor mortalidad infantil del mundo, repitiendo que nada era más importante que un niño. El libertador para Angola y Namibia. El hombre que durante veinte años trajo a Cuba a niños afectados por Chernóbil.

Murió el creador de la libreta de racionamiento para que todos recibieran lo mismo, no solo los que tenían dinero. El que nunca entendió de marcas ni glamour, y por eso cada generación de jóvenes tuvo problemas para aceptarlo… hasta que maduraba y elegía un camino: derecha o izquierda.

Murió el que decía que las únicas comunistas reales que conocía eran las monjas. El que abrió los aeropuertos cubanos el 11 de septiembre para recibir aviones desviados y alojó gratis a los pasajeros. El que para los amigos fue Fidel y para los enemigos, Castro.

Ese día salí de mi casa como siempre. Antes de abrir la puerta me puse los audífonos y caminé rápido con la música nueva que me habían pasado al teléfono. Al rato noté algo extraño: un silencio que se escuchaba a través de la música.

La ciudad estaba en silencio. Incluso en las casas de quienes no simpatizaban con él hubo respeto. Fueron tres días de silencio. Sabía que muchos dirían que fue miedo, pero el pueblo cubano siempre había sido respetuoso.

Había banderas a media asta. Se declaró duelo oficial. ¡Cuba permaneció sin música durante nueve días! Parecía el fin del mundo, pero sabíamos que no lo era. La vida era más grande que cualquier hombre.

De ser presente, pasó a ser pasado.  

Ya estaba en la Historia.

lunes, 10 de agosto de 2026

La Asimetría del Diálogo entre amigos

CUBA, siempre lista para el respeto, y nunca nos respetan a nosotros


 La Asimetría del Diálogo


El Derecho a la Palabra y el Deber del Respeto:

Tengo amigos en medio mundo. Con frecuencia, nuestras conversaciones atraviesan fronteras y husos horarios gracias a la tecnología. En esos intercambios, suelo aplicar una regla de oro que considero la base de cualquier civilidad: el respeto a la soberanía del otro. Jamás me permito juzgar el sistema de gobierno de un amigo en Europa, las tensiones sociales en el Cono Sur o las contradicciones políticas en Norteamérica. No lo hago por tener falta de información, sino por una convicción profunda: solo quien camina las calles de un país y respira sus crisis tiene la legitimidad para dictar sentencia sobre su destino.

Sin embargo, ese respeto rara vez es recíproco. Con una frecuencia que agota, recibo mensajes de esos mismos amigos donde la crítica a Cuba, a su gobierno y a nuestra forma de vida es abierta, punzante y, a menudo, cargada de una condescendencia que hiere.

La Ilusión de la Superioridad Informativa

Existe una premisa arrogante en el centro de estos mensajes: la idea de que ellos, por estar "afuera", tienen una visión más clara de mi realidad que yo mismo. Es un colonialismo informativo que asume que el cubano es un sujeto pasivo, alguien que "no entiende" su propia circunstancia o que carece de la inteligencia necesaria para analizar su entorno.

Cuando recibo esos diagnósticos externos, siento que se invalida mi agencia. Se ignora que estar aquí —ya sea por resistencia consciente o por la falta de recursos para emigrar— es un acto que requiere una fortaleza intelectual y emocional inmensa. No necesitamos ser "iluminados" desde el extranjero; lo que necesitamos es ser escuchados con la humildad de quien reconoce que no posee todas las respuestas.

La Asimetría del Respeto

Esta dinámica refleja una asimetría global. Las naciones pequeñas hemos aprendido a practicar la no injerencia como un principio de supervivencia. Sabemos que el derecho ajeno es sagrado porque el nuestro ha sido violado sistemáticamente.

Por el contrario, quienes habitan en los grandes centros de poder parecen creer que su estándar de "normalidad" —basado a menudo en el consumo y la estabilidad que les provee el orden global— es el único molde válido para la civilización. Cualquier alternativa, cualquier camino propio que intente priorizar valores sociales sobre los de mercado, es tachado automáticamente de "fallido" o "anormal".

El Desprecio Disfrazado de Preocupación

A veces, detrás de la preocupación por nuestra situación, se esconde un cuestionamiento sutil a nuestra capacidad de elegir. Se nos trata como a niños que han tomado una mala decisión y necesitan ser rescatados. Esa actitud ignora siglos de formación intelectual cubana y la capacidad de nuestro pueblo para ser el arquitecto de su propia historia, con todos sus aciertos y sus desgarraduras.

La verdadera amistad, como la verdadera diplomacia, debería basarse en el reconocimiento de que la soberanía no es solo un concepto geográfico, sino también intelectual y cultural. El hecho de que yo no critique su casa no es falta de criterio; es exceso de respeto. Sería saludable que, de vez en cuando, el mundo intentara mirarnos con esa misma cortesía.


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