domingo, 29 de marzo de 2026

La Vara Rota: El doble rasero con que el Norte mide el privilegio ajeno

 La Vara Rota: El doble rasero con que el Norte mide el privilegio ajeno



 Cómo las élites globales normalizan sus propias opulencias mientras estigmatizan como "corrupción" hasta la luz eléctrica de un líder popular en un país bloqueado. 

Hay una pregunta que los grandes medios de comunicación nunca se hacen: ¿con qué unidad de medida se pesa el privilegio? La respuesta, invariablemente, depende de quién lo detenta y en qué latitud del planeta se ejerce.

  I. El escándalo selectivo: cuando tener agua corriente es un crimen de Estado 

En los últimos años, hemos visto una práctica mediática que ya no sorprende pero sigue indignando: la cacería del detalle doméstico como herramienta de deslegitimación política. Un presidente latinoamericano que tiene luz en su despacho, un dirigente caribeño que dispone de agua potable en un contexto de bloqueo total, un líder africano que viaja en avión para representar a su pueblo... La prensa convierte estos hechos triviales en titulares de indignación moral. 

Lo que se omite cuidadosamente en ese relato es el contexto estructural: esos países viven bajo sanciones económicas, bloqueos financieros y embargos comerciales impuestos precisamente por las mismas potencias que luego señalan con el dedo. Si hay cortes de luz, es porque se impide la compra de piezas de repuesto. Si hay escasez de agua, es porque se bloquean los créditos para infraestructura. Y cuando un gobernante, en ese contexto de cerco, logra mantener las condiciones mínimas de funcionamiento del Estado, eso se presenta como privilegio escandaloso. 

Llamar "privilegio" a que un jefe de Estado tenga electricidad en un país bloqueado es una operación ideológica, no una denuncia moral. Es la lógica del carcelero que le reprocha al preso no tener mejores zapatos. 

II. La opulencia normalizada del Norte: lo que nadie titula  

Veamos el otro lado del espejo. ¿Cuánto gasta un CEO del Fortune 500 en un solo vuelo privado? El promedio ronda los 10.000 dólares por hora de vuelo, según datos de la industria aeronáutica privada. Elon Musk, en un solo año, registró más de 130 viajes en su jet privado personal, con emisiones de carbono equivalentes a las de cientos de familias obreras durante toda su vida. Jeff Bezos posee un superyate de 127 metros que requiere un segundo yate auxiliar solo para transportar su helicóptero. 

Ningún titular de The New York Times, Le Monde o El País ha presentado estas cifras como un "escándalo de privilegio incompatible con la democracia". No hubo informes especiales sobre "el lujo de los ejecutivos mientras la gente pasa hambre". Tampoco se convocaron paneles de expertos para debatir si un hombre puede legítimamente poseer más riqueza que el Producto Interno Bruto de cincuenta países combinados. Eso es, simplemente, el funcionamiento normal del sistema. No es noticia. No es escándalo. Es "éxito". 

Privilegio que no se cuestiona:

- CEO con jet privado de 15.000 USD/hora

- Billonario con isla privada en el Caribe

- Político del G7 con escolta permanente de 80 agentes

- Familia real con 775 habitaciones en Buckingham

- Hedge fund que evade 50.000 millones en paraísos fiscales

Privilegio que indigna a los medios:

- Presidente de país bloqueado con generador eléctrico

- Líder  con acceso a agua potable

- Ministro del Sur Global que viaja en avión comercial

- Gobierno popular que tiene una flotilla de vehículos oficiales

- Dirigente social con teléfono satelital 

 

 III. La función ideológica del doble rasero: deslegitimar sin debatir 

No se trata de un error periodístico. No es ingenuidad ni ignorancia. El doble rasero es un instrumento político consciente, parte de la caja de herramientas del entorno mediático. Su función no es informar sobre el bienestar o la austeridad de los gobernantes: su función es crear el terreno moral desde el cual atacar a los gobiernos que no se alinean con Washington, Bruselas o el FMI. 

La mecánica es sencilla: se establece un estándar de austeridad espartana que solo se le exige a los líderes del Sur. Si un presidente  cubano, nicaragüense o zimbabuense no vive en condiciones de pobreza demostrativa, es "hipócrita con su pueblo". Si un presidente norteamericano pasa sus fines de semana en una mansión de Mar-a-Lago o en la residencia de Camp David con helipuerto propio, eso es simplemente "la dignidad de la función presidencial".

 $434 mil millones — Patrimonio combinado de los diez hombres más ricos del planeta en 2024. Ningún medio hegemónico lo enmarca como un problema de justicia distributiva con la misma intensidad con que se critica el automóvil oficial de un mandatario del tercer mundo. 

Esta trampa ideológica tiene además una capa más sofisticada: sitúa el debate en el plano de los gestos individuales y no en el de las estructuras sistémicas. En lugar de preguntarse por qué un país está bloqueado, en lugar de analizar el impacto de las sanciones sobre la población civil, en lugar de examinar cómo la deuda externa funciona como instrumento de sometimiento, el relato mediático reduce todo a: "¿tiene o no tiene aire acondicionado el gobernante?". Es la espectacularización de lo accesorio para ocultar lo esencial. 

 IV. El bloqueo como arma de guerra y su invisibilización mediática 

Existe un crimen que los grandes medios rara vez nombran como tal: el bloqueo económico unilateral. Cuando una potencia impone sanciones que impiden a un país importar medicamentos, alimentos, combustible o tecnología, está ejerciendo una forma de violencia colectiva sobre una población entera. Los muertos del bloqueo no aparecen en estadísticas de conflictos armados. Pero mueren igual. 

En ese contexto, la figura del líder que gobierna bajo asedio adquiere una dimensión completamente distinta a la del gobernante  que administra un Estado en condiciones de normalidad capitalista. Uno opera con los recursos de la hegemonía global a su disposición. El otro debe administrar la escasez inducida artificialmente por actores externos que no rinden cuentas a nadie. Medirlos con la misma vara no es objetividad: es complicidad. 

Cuando el bloqueo produce escasez y la escasez produce sufrimiento, los medios culpan al bloqueado. Es la lógica de acusar a la víctima de haber recibido el golpe. 

Cuba lleva más de seis décadas bajo el bloqueo más largo de la historia moderna. Haití fue saqueado durante siglos y todavía paga, literalmente, la "deuda de la independencia" a sus propios colonizadores. Zimbabwe fue sometido a sanciones que devastaron su economía. Irán, Venezuela, Nicaragua: el patrón se repite. Y en cada caso, cuando la situación se deteriora, el análisis hegemónico concluye que el problema es el socialismo, el populismo, o la personalidad del líder.Nunca el bloqueo. Nunca las sanciones. Nunca el extractivismo histórico. 

V. Una ética consecuente: el mismo rasero para todos 

Una postura política consecuente no significa defender acríticamente cualquier acto de cualquier gobernante del Sur. Significa aplicar los mismos criterios de exigencia con independencia de la orientación política del país evaluado. Significa que si se critica la concentración de recursos en manos del poder, esa crítica debe alcanzar con igual fuerza a Jeff Bezos, al Rey de Arabia Saudita y al de España, a los lobbies farmacéuticos y a los partidos europeos financiados por fondos de capital privado. 

Significa también entender que el privilegio es sistémico, no individual. El problema no es que un líder popular tenga acceso a bienes básicos. El problema es que el sistema capitalista global produce y reproduce una concentración obscena de riqueza en pocas manos, mientras decenas de millones de personas carecen de lo más elemental. Eso no se resuelve exigiendo austeridad simbólica a los líderes del Sur.

Mientras esa discusión no se ponga en el centro, el doble rasero seguirá siendo lo que siempre ha sido: un arma ideológica al servicio del orden que dice cuestionar. 

 En conclusión 

La próxima vez que un medio hegemónico publique un reportaje escandalizado porque un dirigente popular del tercer mundo tiene agua caliente, electricidad o un vehículo oficial, hágase una sola pregunta: ¿ese mismo medio dedicó un reportaje igualmente indignado al yate de tres pisos, al jet privado o a la mansión de un ejecutivo de Wall Street? La respuesta a esa pregunta revela todo lo que necesita saber sobre quién escribe la historia y para qué sirve. 

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