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domingo, 4 de octubre de 2026

Jaime. Cuba 1978. Homosexualidad.

Jaime

No supe hasta mucho después que la alegría podía ser peligrosa. Lo aprendí aquel año, en un comedor de una oficina de policía donde nadie reparaba en mí, y tardé décadas en encontrarle la palabra exacta a lo que sentí entonces.

La unidad quedaba en La Habana Vieja, en un edificio colonial de tres pisos con una escalera de mármol que hoy sube hacia otra cosa —dicen que ahora es sede de una compañía de ópera, aunque a mí me sigue costando imaginar violines donde antes solo había olor a papel sellado y a tinta de expediente—. Al lado, un cuartel de bomberos completaba el paisaje: otro mundo de hombres, otro uniforme, la misma masculinidad espesa que en aquellos años era, a la vez, herencia soviética y machismo ibérico, dos maneras distintas de enseñar a los hombres a no mostrarse blandos.

Yo iba ahí después de la escuela, a esperar a mi padre. Me sentaba donde nadie tuviera que mirarme dos veces. Un niño en un mundo de hombres no es una presencia: es un mueble más, y por eso se hablaba delante de mí como si no estuviera —con palabras que todavía no tenían dueño en mi cabeza, y que igual me atravesaban como una corriente de aire frío por el cuello.

De todos los que pasaban por aquel comedor, uno se quedó grabado. Rubio, de pelo encrespado, ojos tan claros que parecían prestados de otro clima, rasgos finos. Trabajaba en el archivo, entre trámites, no en la calle —y por eso el uniforme le quedaba flojo de reglas: a veces se aparecía con un pulóver blanco ajustado al cuerpo, y decía que era por el calor. Nadie se lo discutía demasiado; total, no atendía público. Caminaba distinto de los demás, no afeminado sino ligero, subía esa escalera de mármol con un paso que no pedía permiso. Reía distinto. Tenía esa clase de seguridad que no se aprende, la de quien nunca ha tenido que medir cada gesto antes de hacerlo. A mí, cuando me veía, me saludaba de verdad —no con la cortesía distraída de los adultos hacia los niños, sino mirándome, como si por un momento yo también contara.

Yo no tenía palabras para nombrar lo que había en él. Solo sabía que cuando entraba, algo en el comedor cambiaba de temperatura, y no siempre para bien.

Había otro, de pelo oscuro y encrespado, ojos negros, delgado, que trabajaba también en el archivo. Se parecían, esos dos, en algo del físico, aunque no se parecían en nada más. Con el tiempo entendí que aquel hombre se sentía incómodo con la presencia del rubio —quizás porque su alegría le resultaba una afrenta personal, quizás porque veía en denunciarlo una manera de salir del archivo y ascender. Nunca lo sabré del todo. Lo que sí sé es que fue él quien empezó a torcer el ambiente en el comedor con comentarios cada vez más explícitos, palabras fuertes que yo no entendía pero que me asustaban de todas formas, porque sabía —sin saber cómo, sabía— que detrás de ellas había algo oscuro, perturbado, mutilante. Una opresión en el pecho. Un calor repentino en la cara. Eso era todo lo que yo tenía entonces para nombrar el miedo.

Nadie se dio cuenta nunca de que yo estaba ahí escuchando. Y aunque se hubieran dado cuenta, no habrían bajado la voz por mí. Yo era el que no debía estar en esa historia.

La trampa se armó con la paciencia de quien ya sabe que va a ganar. Una invitación a una casa en la playa, un rato prudencial, y después la puerta abierta en el momento exacto: los encontraron en ropa interior, abrazados. El trigueño sabía, dicen —pero al otro hombre que estaba con él lo agarró completamente desprevenido.

Después de eso, no volví a verlo. Un día dejó de aparecer por el comedor, por la escalera de mármol, por la unidad entera, y nadie explicó nada, y yo no tenía edad para pedir explicaciones. Solo escuché, más tarde, esa frase que en Cuba se usaba entonces y que todavía hoy existe en otro contexto: que le había quedado una mancha en el expediente laboral.

No sé qué fue de Jaime. A veces imagino que tuvo suerte, que esa mancha lo empujó hacia un lugar donde su alegría ya no tenía que disimularse. Otras veces pienso que se fue del país, como tantos, porque aquí ya no le quedaba dónde trabajar. Nunca lo sabré, y he llegado a pensar que esa incertidumbre es, de alguna manera, más honesta que cualquier final que pudiera inventarle.

Lo que sí sé es que aquella tarde, sin entender del todo lo que presenciaba, empecé a aprender lo que cuesta ser feliz en un lugar que no perdona la felicidad que no sabe disimularse.

Hablo de una época, de un lugar que no tiene que ser un país sino también una oficina. Y que de todas las personas que pasaron por ese comedor, invisibles unas para otras, solo yo, el que menos contaba, terminé siendo quien lo recuerda.


Humberto
Maestro y guía local.
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