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sábado, 24 de octubre de 2026

A pesar de usted, Sr.o Mr.

A pesar de ellos mañana será otro día


Hoy manda usted. Lo dijo y quedó dicho, y en cada casa todos hablan bajito y miran hacia el rincón más o menos iluminado en el apagón, como si las paredes hubieran aprendido a contar historias. 

Usted inventó este estado de cosas y, ya puesto, inventó también la oscuridad que lo acompaña. Pero en su larga lista de inventos hay un olvido: nunca se le ocurrió inventar el amar. 

Y sin embargo mañana será otro día. No sé dónde piensa esconderse cuando llegue, porque la alegría que viene es demasiado grande para cualquier escondite. 

¿Cómo va a prohibirle al gallo que insista en cantar? ¿Cómo va a detener el agua nueva cuando empiece a brotar, o a la gente cuando vuelva a quererse sin mirar de qué lado se vive mejor sino donde están los amados?

Ese día cobraremos todo lo que se nos debe. Cobrarenos el amor que guardanos en silencio, el grito que nos mordimos tantas veces y la música que tuvinos que bailar a oscuras. Usted, que fabricó tanta tristeza , pagará, y pagará bien, cada lágrima que nos salió de este largo penar.

Daría lo que fuera por ver florecer nuevamente el jardín que usted no quería. Cuánto se va a amargar al ver que el día asoma sin pedirle permiso, y cómo vamos a reírnos al comprobar que llega antes de lo que usted calculaba. Tendrá que verlo renacer, derramando poesía por las calles. Tendrá que ver cómo se aclara el cielo de repente, sin pedir disculpas, y cómo hará para acallar un coro que le canta de frente.

Porque mañana, a pesar de usted, señor del Norte brutal,  será otro día.


VAMOS AL NORTE porque internet no miente

Nos dicen: ven, ven, ven, ven. Seguiremos nuestro camino juntos. 

Algún día nos iremos, con tu mano en la mía, haremos nuestros planes y volaremos tan alto. Diremos adiós a todos nuestros amigos y empezaremos una vida nueva. Esto es lo que haremos.

La vida es pacífica allí, al aire libre, donde los cielos son azules. Esto es lo que vamos a hacer: amaremos la playa, aprenderemos y enseñaremos, cambiaremos el ritmo de la vida. Trabajaremos y nos esforzaremos. Sé que allí se ama a los extranjeros. ¿Cómo podría estar en desacuerdo en irme a un paraíso? No pongo ninguna objeción.

La vida es pacífica allí, sin escaseses, al aire libre, tú y yo y todos los que podamos llevar con nosotros. Ese es nuestro destino: sol en invierno, como en nuestra isla. Nos irá muy bien, internet no miente.

Allí donde el aire es libre seremos lo que queramos ser. Ahora, si tomamos una postura que les agrade a los hacedores de cuentos para que nos tomen en cuenta, encontraremos nuestra tierra prometida.

Sé que hay muchas maneras de vivir allí, al sol o a la sombra. Juntos encontraremos un lugar para instalarnos, donde hay tanto espacio que no debe haber problemas. Sin prisas, y al ritmo del vino o el whisky, el flamenco o el rock. Sé que yo también estoy listo para irme. Así que eso es lo que vamos a hacer: irnos al norte.

La vida es pacífica allí. Al aire libre vamos, al norte desarrollado. Este es nuestro destino.

Con tu mano en la mía, juntos haremos nuestros planes. Juntos volaremos muy alto, nos despediremos de todos nuestros amigos, de nuestros viejos, y empezaremos una vida nueva. Eso es lo que vamos a hacer.



Irnos al norte, internet no miente












domingo, 4 de octubre de 2026

Jaime. Cuba 1978. Homosexualidad.

Jaime

No supe hasta mucho después que la alegría podía ser peligrosa. Lo aprendí aquel año, en un comedor de una oficina de policía donde nadie reparaba en mí, y tardé décadas en encontrarle la palabra exacta a lo que sentí entonces.

La unidad quedaba en La Habana Vieja, en un edificio colonial de tres pisos con una escalera de mármol que hoy sube hacia otra cosa —dicen que ahora es sede de una compañía de ópera, aunque a mí me sigue costando imaginar violines donde antes solo había olor a papel sellado y a tinta de expediente—. Al lado, un cuartel de bomberos completaba el paisaje: otro mundo de hombres, otro uniforme, la misma masculinidad espesa que en aquellos años era, a la vez, herencia soviética y machismo ibérico, dos maneras distintas de enseñar a los hombres a no mostrarse blandos.

Yo iba ahí después de la escuela, a esperar a mi padre. Me sentaba donde nadie tuviera que mirarme dos veces. Un niño en un mundo de hombres no es una presencia: es un mueble más, y por eso se hablaba delante de mí como si no estuviera —con palabras que todavía no tenían dueño en mi cabeza, y que igual me atravesaban como una corriente de aire frío por el cuello.

De todos los que pasaban por aquel comedor, uno se quedó grabado. Rubio, de pelo encrespado, ojos tan claros que parecían prestados de otro clima, rasgos finos. Trabajaba en el archivo, entre trámites, no en la calle —y por eso el uniforme le quedaba flojo de reglas: a veces se aparecía con un pulóver blanco ajustado al cuerpo, y decía que era por el calor. Nadie se lo discutía demasiado; total, no atendía público. Caminaba distinto de los demás, no afeminado sino ligero, subía esa escalera de mármol con un paso que no pedía permiso. Reía distinto. Tenía esa clase de seguridad que no se aprende, la de quien nunca ha tenido que medir cada gesto antes de hacerlo. A mí, cuando me veía, me saludaba de verdad —no con la cortesía distraída de los adultos hacia los niños, sino mirándome, como si por un momento yo también contara.

Yo no tenía palabras para nombrar lo que había en él. Solo sabía que cuando entraba, algo en el comedor cambiaba de temperatura, y no siempre para bien.

Había otro, de pelo oscuro y encrespado, ojos negros, delgado, que trabajaba también en el archivo. Se parecían, esos dos, en algo del físico, aunque no se parecían en nada más. Con el tiempo entendí que aquel hombre se sentía incómodo con la presencia del rubio —quizás porque su alegría le resultaba una afrenta personal, quizás porque veía en denunciarlo una manera de salir del archivo y ascender. Nunca lo sabré del todo. Lo que sí sé es que fue él quien empezó a torcer el ambiente en el comedor con comentarios cada vez más explícitos, palabras fuertes que yo no entendía pero que me asustaban de todas formas, porque sabía —sin saber cómo, sabía— que detrás de ellas había algo oscuro, perturbado, mutilante. Una opresión en el pecho. Un calor repentino en la cara. Eso era todo lo que yo tenía entonces para nombrar el miedo.

Nadie se dio cuenta nunca de que yo estaba ahí escuchando. Y aunque se hubieran dado cuenta, no habrían bajado la voz por mí. Yo era el que no debía estar en esa historia.

La trampa se armó con la paciencia de quien ya sabe que va a ganar. Una invitación a una casa en la playa, un rato prudencial, y después la puerta abierta en el momento exacto: los encontraron en ropa interior, abrazados. El trigueño sabía, dicen —pero al otro hombre que estaba con él lo agarró completamente desprevenido.

Después de eso, no volví a verlo. Un día dejó de aparecer por el comedor, por la escalera de mármol, por la unidad entera, y nadie explicó nada, y yo no tenía edad para pedir explicaciones. Solo escuché, más tarde, esa frase que en Cuba se usaba entonces y que todavía hoy existe en otro contexto: que le había quedado una mancha en el expediente laboral.

No sé qué fue de Jaime. A veces imagino que tuvo suerte, que esa mancha lo empujó hacia un lugar donde su alegría ya no tenía que disimularse. Otras veces pienso que se fue del país, como tantos, porque aquí ya no le quedaba dónde trabajar. Nunca lo sabré, y he llegado a pensar que esa incertidumbre es, de alguna manera, más honesta que cualquier final que pudiera inventarle.

Lo que sí sé es que aquella tarde, sin entender del todo lo que presenciaba, empecé a aprender lo que cuesta ser feliz en un lugar que no perdona la felicidad que no sabe disimularse.

Hablo de una época, de un lugar que no tiene que ser un país sino también una oficina. Y que de todas las personas que pasaron por ese comedor, invisibles unas para otras, solo yo, el que menos contaba, terminé siendo quien lo recuerda.


Humberto
Maestro y guía local.
Tours en La Habana: Historia, Arte y Sociedad.
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