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sábado, 4 de abril de 2026

El secuestro que no aparece en los noticieros

Sobre las familias cubanas divididas, el chantaje afectivo y el dinero como arma. 

Hay un secuestro que ocurre en silencio, sin titulares ni condenas internacionales. No es la familia la que está presa —es la familia la que hace la prisión. Y muchos ni siquiera se dan cuenta.

Hace tiempo, Fidel Castro reconoció públicamente que se había equivocado al tratar la emigración cubana como un fenómeno exclusivamente político. Fue una admisión notable, aunque tardía. Porque lo cierto es que la emigración cubana —como casi toda emigración en el mundo— tiene raíces mucho más humanas y cotidianas que ideológicas. Gente que se fue buscando trabajo, buscando familia, escapando de una crisis económica, huyendo del racionamiento o simplemente persiguiendo una vida diferente. En los años 60, la crisis de octubre, las tensiones geopolíticas, las invasiones —todo eso empujó a personas que no eran necesariamente disidentes, sino seres humanos en busca de algo más estable.

Pero al enmarcar esa salida como acto político, se creó un efecto perverso: muchos que emigraron por razones puramente materiales terminaron politizándose con el tiempo. El vivir en Estados Unidos principalmente, el resentimiento acumulado, la comunidad receptora, los medios, la nostalgia —todo contribuye a convertir lo que era una decisión de vida en una posición ideológica.

Y ahí empieza el problema.

Hace poco, una joven cubano-americana —nacida en Estados Unidos, criada lejos de la isla— visitó a su familia en Cuba. Lo que dijo a su regreso merece detenerse a pensarlo: su familia en Cuba, dijo, estaba secuestrada. No por el gobierno. Por ellos mismos. Por la familia en el exilio.

Eso es exactamente lo que pasa. En la Cuba de hoy, con el bloqueo apretando y la economía en situación crítica, muchas familias dependen de las remesas que llegan del exterior. Ese dinero salva vidas, compra comida, paga medicamentos. Es real. Es urgente. Y es, también, una cadena.



Porque quien manda el dinero —con frecuencia alguien que lleva décadas fuera, que ha construido una narrativa sobre por qué tuvo que irse, que carga con un complejo de culpa enorme por haber dejado atrás a sus ancianos, a sus hijos, a su barrio— ese alguien tiene una condición implícita o explícita: que tú pienses como él piensa. Que repitas lo que él necesita escuchar. Que confirmes su relato.

Y entonces la familia en Cuba aprende a mentir. No por maldad. Por supervivencia.

No puedes decirle a tu prima en Miami que entiendes ciertos logros de la revolución, porque si lo haces, como se dice en Cuba, te cortan el agua y la luz. Se acabó el dinero. Y eso, en las circunstancias actuales, no es una discusión filosófica —es hambre real.

Así funciona el chantaje: no hace falta decirlo con palabras. Todos saben las reglas. El que está acá sabe lo que tiene que decir. El que está allá sabe lo que quiere escuchar. Y el dinero muchas veces circula sobre ese acuerdo tácito de falsedad.

Lo curioso —y lo triste— es que esto parece ser una particularidad de la diáspora cubana. No es lo que ocurre con las comunidades mexicanas, dominicanas, salvadoreñas, y de otros paises. Cuando alguien en esas comunidades manda dinero a su familia, lo hace porque es su familia. La ayuda es humanitaria, no ideológica. Nadie le exige a su abuela en Oaxaca que condene al gobierno mexicano como condición para recibir los dólares de fin de mes.

En el caso cubano, la emigración fue tan marcada por la política —tan convertida en símbolo de un lado u otro de una guerra fría que nunca terminó del todo— que el afecto familiar quedó contaminado por la geopolítica. Y la familia que quedó en la isla paga ese precio cada vez que abre la boca, o cada vez que decide no abrirla.

¿Quién tiene la culpa? Esa es la pregunta fácil y también la menos útil. El bloqueo creó la necesidad económica. La politización de la emigración creó la dependencia ideológica. Y en el medio, personas concretas —con sus miedos, sus culpas, sus amores y sus rencores— reproducen un sistema de control que no necesita uniformes ni cárceles.

Se llama secuestro. Y la cerradura está hecha de dólares y euros