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lunes, 24 de agosto de 2026

Ayudas , el costo emocional de sostener a la distancia

 El peso de ayudar

Cuando bloquean a un pais completamente, solo la familia y los amigos que han emigrado se convierten en la fuente principal de sustento


Hay un gesto que se repite todos los meses en miles de hogares: alguien, en algún lugar del mundo, resta de su propio sustento para sumarlo al de otro. No es caridad abstracta ni filantropía de cámara lenta. Es un padre que pospone una consulta médica, una madre que renuncia a un abrigo de invierno, un joven que trabaja una jornada extra que su cuerpo ya no debería sostener, para que en otro país distante, alguien pueda comer, curarse o simplemente respirar un mes más sin ahogo económico. Ese gesto tiene nombre: remesa. Pero reducirlo a una transacción bancaria es no entender nada de lo que cuesta.

Quien envía no lo hace desde la abundancia. Vivir en un país con más oferta no equivale a vivir con más margen. El salario de quien emigra se mide contra un alquiler impagable, contra un sistema de salud que factura por minuto, contra la soledad de no tener con quién compartir gastos ni cuidados. Enviar dinero, en ese contexto, no es sobrante: es sacrificio calculado, decisión tomada con los dientes apretados. Y sin embargo, se hace, mes tras mes, con una constancia que roza lo terco.

Lo que rara vez se dice en voz alta —porque incomoda, porque parece ingrato hacia el que da y hacia el que recibe— es que del otro lado esa ayuda no siempre se recibe como lo que es. Con demasiada frecuencia se convierte en derecho adquirido. "Vive allá, tiene que mandar" es una frase que he escuchado en boca de quienes nunca han cargado una maleta con toda su vida dentro ni han hecho el duelo de una ciudad, un idioma, unos afectos. La distancia geográfica, para algunos, no genera gratitud: genera cálculo. Se empieza a exigir lo que antes se agradecía. Se olvida que ese dinero no cae de un árbol de dólares plantado en el primer mundo, sino que sale de un cuerpo cansado, de una cuenta bancaria ajustada al centavo, de una vida que también necesita repararse.

No es un fenómeno exclusivo de la migración. Existen personas —menos de las que quisiéramos, pero existen— capaces de sostener a alguien casi desconocido solo porque presenciaron su necesidad y no pudieron mirar hacia otro lado. Esa clase de generosidad, la que no busca reciprocidad ni reconocimiento, es de las pocas cosas que todavía desmienten la idea de que el mundo se ha vuelto irremediablemente hostil. No elimina la dureza del entorno; simplemente prueba que dentro de esa dureza persiste algo que no ha terminado de romperse.

Pero la compasión, para sostenerse, necesita ser vista. No aplaudida como espectáculo, sino reconocida como lo que es: un acto que tiene un precio real para quien lo ejerce. Cuando esa ayuda se normaliza hasta volverse invisible, cuando pasa de gesto a obligación tácita, se rompe algo esencial en el vínculo. El que da empieza a sentirse usado; el que recibe, con el tiempo, deja de ver a la persona detrás del envío y solo ve el envío. Ahí es donde el afecto se degrada en transacción, y la transacción, sin el afecto que la sostenía, se vuelve insoportable para quien la sostiene.

No se trata de pedir gratitud performática ni agradecimientos ensayados. Se trata de algo más simple y más difícil: no dar por sentado el sacrificio ajeno. Preguntar cómo está quien envía, no solo cuánto envía. Entender que la generosidad, incluso la más constante, no es infinita ni gratuita, y que agotarla sin reconocerla es una forma silenciosa de crueldad.

El mundo no se ha vuelto necesariamente peor; se ha vuelto más visible en su dureza. Y en medio de esa visibilidad, sigue habiendo quien resta de sí para sumar a otro. Ese gesto merece algo más que la costumbre. Merece que se le mire de frente.


Humberto. Tours en la Habana. Historia, Arte, Sociedad. WhatsApp+5352646921  





sábado, 4 de abril de 2026

El secuestro que no aparece en los noticieros

Sobre las familias cubanas divididas, el chantaje afectivo y el dinero como arma. 

Hay un secuestro que ocurre en silencio, sin titulares ni condenas internacionales. No es la familia la que está presa —es la familia la que hace la prisión. Y muchos ni siquiera se dan cuenta.

Hace tiempo, Fidel Castro reconoció públicamente que se había equivocado al tratar la emigración cubana como un fenómeno exclusivamente político. Fue una admisión notable, aunque tardía. Porque lo cierto es que la emigración cubana —como casi toda emigración en el mundo— tiene raíces mucho más humanas y cotidianas que ideológicas. Gente que se fue buscando trabajo, buscando familia, escapando de una crisis económica, huyendo del racionamiento o simplemente persiguiendo una vida diferente. En los años 60, la crisis de octubre, las tensiones geopolíticas, las invasiones —todo eso empujó a personas que no eran necesariamente disidentes, sino seres humanos en busca de algo más estable.

Pero al enmarcar esa salida como acto político, se creó un efecto perverso: muchos que emigraron por razones puramente materiales terminaron politizándose con el tiempo. El vivir en Estados Unidos principalmente, el resentimiento acumulado, la comunidad receptora, los medios, la nostalgia —todo contribuye a convertir lo que era una decisión de vida en una posición ideológica.

Y ahí empieza el problema.

Hace poco, una joven cubano-americana —nacida en Estados Unidos, criada lejos de la isla— visitó a su familia en Cuba. Lo que dijo a su regreso merece detenerse a pensarlo: su familia en Cuba, dijo, estaba secuestrada. No por el gobierno. Por ellos mismos. Por la familia en el exilio.

Eso es exactamente lo que pasa. En la Cuba de hoy, con el bloqueo apretando y la economía en situación crítica, muchas familias dependen de las remesas que llegan del exterior. Ese dinero salva vidas, compra comida, paga medicamentos. Es real. Es urgente. Y es, también, una cadena.



Porque quien manda el dinero —con frecuencia alguien que lleva décadas fuera, que ha construido una narrativa sobre por qué tuvo que irse, que carga con un complejo de culpa enorme por haber dejado atrás a sus ancianos, a sus hijos, a su barrio— ese alguien tiene una condición implícita o explícita: que tú pienses como él piensa. Que repitas lo que él necesita escuchar. Que confirmes su relato.

Y entonces la familia en Cuba aprende a mentir. No por maldad. Por supervivencia.

No puedes decirle a tu prima en Miami que entiendes ciertos logros de la revolución, porque si lo haces, como se dice en Cuba, te cortan el agua y la luz. Se acabó el dinero. Y eso, en las circunstancias actuales, no es una discusión filosófica —es hambre real.

Así funciona el chantaje: no hace falta decirlo con palabras. Todos saben las reglas. El que está acá sabe lo que tiene que decir. El que está allá sabe lo que quiere escuchar. Y el dinero muchas veces circula sobre ese acuerdo tácito de falsedad.

Lo curioso —y lo triste— es que esto parece ser una particularidad de la diáspora cubana. No es lo que ocurre con las comunidades mexicanas, dominicanas, salvadoreñas, y de otros paises. Cuando alguien en esas comunidades manda dinero a su familia, lo hace porque es su familia. La ayuda es humanitaria, no ideológica. Nadie le exige a su abuela en Oaxaca que condene al gobierno mexicano como condición para recibir los dólares de fin de mes.

En el caso cubano, la emigración fue tan marcada por la política —tan convertida en símbolo de un lado u otro de una guerra fría que nunca terminó del todo— que el afecto familiar quedó contaminado por la geopolítica. Y la familia que quedó en la isla paga ese precio cada vez que abre la boca, o cada vez que decide no abrirla.

¿Quién tiene la culpa? Esa es la pregunta fácil y también la menos útil. El bloqueo creó la necesidad económica. La politización de la emigración creó la dependencia ideológica. Y en el medio, personas concretas —con sus miedos, sus culpas, sus amores y sus rencores— reproducen un sistema de control que no necesita uniformes ni cárceles.

Se llama secuestro. Y la cerradura está hecha de dólares y euros