El
silencio de un país
Acabo de
regresar de la avenida 23. Por ahí pasó el cortejo fúnebre de Fidel Castro en
su recorrido inverso, desandando la ruta del triunfo de 1959. Dentro de unos
días llegará a Santiago de Cuba, donde sus cenizas serán depositadas en el
cementerio de Santa Ifigenia, el mismo lugar donde descansan los restos de José
Martí, el hombre más trascendental de la historia de Cuba.
Anoche,
una vez más —quizás la última—, Fidel Castro reunió a un millón de cubanos en
la Plaza de la Revolución.
Desde
alrededor de las cuatro de la tarde, cubanos, visitantes, turistas, y miles de
estudiantes provenientes de África, América Latina, el Caribe anglófono, Medio
Oriente y Asia comenzaron a llenar la plaza y todas sus avenidas de acceso.
Todo ocurrió en silencio. La luz del día fue cayendo lentamente y las lámparas
de la plaza y las avenidas terminaron de darle al lugar un aire aún más
solemne.
Vinieron
dirigentes de todas partes del mundo. Otros llegarán a Santiago el domingo. Tal
vez la idea original fue que hablara un representante por cada región
geográfica, pero no pudo ser: todos querían hablar. Lo más curioso para mí fue
ver en la tribuna representantes de ideologías tan distintas, de regiones tan
alejadas entre sí, y sin embargo unidos por algo común: el bienestar de sus
pueblos.
¿Recuerdan
el dicho “dime con quién andas…”? Pues si quienes vienen a dar el último adiós
son, en su mayoría, personas que se ocupan de los pobres, luchan por ellos o
los protegen en sus países, entonces ahí hay un mensaje.
Anoche
hablaron presidentes o representantes de Ecuador, Nicaragua, El Salvador, Haití
y Dominica, Venezuela, México, Rusia, China, Vietnam, Qatar, Irán y
Bielorrusia.
En Santiago de Cuba hablarán otros.
Por el
momento, los ricos callan.
¿Se imaginan
a Cuba en silencio durante días y noches? Es casi ir contra natura.
La única embajada que no tiene la bandera a media asta es la americana.
Los únicos que no fueron.
Quienes
han estado en Cuba pueden imaginar la escena: desde la Plaza de la Revolución,
bajando por Paseo, siguiendo por la avenida 23, La Rampa, el Malecón, hasta
salir de la capital, y luego por los campos, a ambos lados de la carretera,
cordones humanos de tres y cuatro filas en silencio. Algunos despedían con
saludo militar, otros con la mano en alto, muchos con pequeñas banderas
cubanas.
Y esto es
solo el comienzo.
Ahora es
cuando empezará a verse por qué la Revolución y Fidel han sobrevivido sesenta
años, un embargo estadounidense de cincuenta y cinco, la caída del gigante
soviético, “el fin de la Historia” proclamado por filósofos y economistas del
Primer Mundo, más de diez presidentes americanos, una invasión y casi una
guerra nuclear.
Porque
aunque más del cincuenta por ciento de los que viven en La Habana provienen del
interior del país, son los campesinos cubanos quienes tienen el mérito de
sostener este proceso que tan pocos comprenden.
Como dijo
una anciana en la televisión:
“Mis abuelos eran analfabetos. Mis padres tenían seis hermanos y todos eran
analfabetos. En 1959 éramos seis hermanos y fuimos alfabetizados por un joven
de quince años. Yo tuve seis hijos… y mis seis hijos son profesionales.”
Es
posible que las cosas en Cuba cambien con los tiempos que corren. Lo que no
sabemos es cómo cambiarán, ni cómo esos cambios terminarán influyendo en el
mundo en que vivimos. Cuba puede integrarse al mundo, pero cuidado: los cambios
comienzan por una célula, por una partícula, y los cubanos podemos ser muy
subversivos.
Si no,
basta mirar atrás y preguntarse: ¿qué otro país pequeño, en extensión y
población, ha tenido tanta influencia política en el siglo XX y lo que va del
XXI?
La
sensación de estos días es extraña. Sería tonto pensar que todos están tristes
o que ese sea el único sentimiento presente. Algunos salieron a ver pasar el
cadáver de su enemigo. Otros están preocupados por perder prebendas si las
cosas cambian. Otros, aún más inquietos, piensan en un Trump capaz de hacernos
revivir momentos terribles, ahora sin el líder que tantas veces dio el impulso
extra, eso que algunos llaman “algo más grande que uno mismo”.
Solo
queda esperar. El mundo ya no es el de antes. Es más peligroso, más vacío, más
ignorante y más hueco. La juventud del Primer Mundo es, quizás, la peor de los
últimos cien años. La del Tercer Mundo, en cambio, sigue siendo consciente. No
ha decaído.
Fidel
Castro dijo una vez:
“El hombre más peligroso es el hombre consciente de la clase social a la que
pertenece, o por la que quiere luchar.”
El mundo
está demasiado lleno de pobres como para no pensar que, dentro de ese 99% sin
poder ni recursos, la semilla de las ideas —o de la ideología— de un Fidel no
termine germinando en algún corazón… o en algún cerebro.
Que no son lo mismo.
Y no se usan igual.
Humberto. Guia y Maestro.
Tours. Whatssap +5352646921
instagram: humberto_habana

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