miércoles, 30 de noviembre de 2016

Murio Fidel (II)

Capítulo II

El silencio de un país

Acabo de regresar de la avenida 23. Por ahí pasó el cortejo fúnebre de Fidel Castro en su recorrido inverso, desandando la ruta del triunfo de 1959. Dentro de unos días llegará a Santiago de Cuba, donde sus cenizas serán depositadas en el cementerio de Santa Ifigenia, el mismo lugar donde descansan los restos de José Martí, el hombre más trascendental de la historia de Cuba.

Anoche, una vez más —quizás la última—, Fidel Castro reunió a un millón de cubanos en la Plaza de la Revolución.

Desde alrededor de las cuatro de la tarde, cubanos, visitantes, turistas, y miles de estudiantes provenientes de África, América Latina, el Caribe anglófono, Medio Oriente y Asia comenzaron a llenar la plaza y todas sus avenidas de acceso. Todo ocurrió en silencio. La luz del día fue cayendo lentamente y las lámparas de la plaza y las avenidas terminaron de darle al lugar un aire aún más solemne.

Vinieron dirigentes de todas partes del mundo. Otros llegarán a Santiago el domingo. Tal vez la idea original fue que hablara un representante por cada región geográfica, pero no pudo ser: todos querían hablar. Lo más curioso para mí fue ver en la tribuna representantes de ideologías tan distintas, de regiones tan alejadas entre sí, y sin embargo unidos por algo común: el bienestar de sus pueblos.

¿Recuerdan el dicho “dime con quién andas…”? Pues si quienes vienen a dar el último adiós son, en su mayoría, personas que se ocupan de los pobres, luchan por ellos o los protegen en sus países, entonces ahí hay un mensaje.

Anoche hablaron presidentes o representantes de Ecuador, Nicaragua, El Salvador, Haití y Dominica, Venezuela, México, Rusia, China, Vietnam, Qatar, Irán y Bielorrusia.
En Santiago de Cuba hablarán otros.

Por el momento, los ricos callan.

¿Se imaginan a Cuba en silencio durante días y noches? Es casi ir contra natura.
La única embajada que no tiene la bandera a media asta es la americana.
Los únicos que no fueron.

Quienes han estado en Cuba pueden imaginar la escena: desde la Plaza de la Revolución, bajando por Paseo, siguiendo por la avenida 23, La Rampa, el Malecón, hasta salir de la capital, y luego por los campos, a ambos lados de la carretera, cordones humanos de tres y cuatro filas en silencio. Algunos despedían con saludo militar, otros con la mano en alto, muchos con pequeñas banderas cubanas.

Y esto es solo el comienzo.

Ahora es cuando empezará a verse por qué la Revolución y Fidel han sobrevivido sesenta años, un embargo estadounidense de cincuenta y cinco, la caída del gigante soviético, “el fin de la Historia” proclamado por filósofos y economistas del Primer Mundo, más de diez presidentes americanos, una invasión y casi una guerra nuclear.

Porque aunque más del cincuenta por ciento de los que viven en La Habana provienen del interior del país, son los campesinos cubanos quienes tienen el mérito de sostener este proceso que tan pocos comprenden.

Como dijo una anciana en la televisión:
“Mis abuelos eran analfabetos. Mis padres tenían seis hermanos y todos eran analfabetos. En 1959 éramos seis hermanos y fuimos alfabetizados por un joven de quince años. Yo tuve seis hijos… y mis seis hijos son profesionales.”

Es posible que las cosas en Cuba cambien con los tiempos que corren. Lo que no sabemos es cómo cambiarán, ni cómo esos cambios terminarán influyendo en el mundo en que vivimos. Cuba puede integrarse al mundo, pero cuidado: los cambios comienzan por una célula, por una partícula, y los cubanos podemos ser muy subversivos.

Si no, basta mirar atrás y preguntarse: ¿qué otro país pequeño, en extensión y población, ha tenido tanta influencia política en el siglo XX y lo que va del XXI?

La sensación de estos días es extraña. Sería tonto pensar que todos están tristes o que ese sea el único sentimiento presente. Algunos salieron a ver pasar el cadáver de su enemigo. Otros están preocupados por perder prebendas si las cosas cambian. Otros, aún más inquietos, piensan en un Trump capaz de hacernos revivir momentos terribles, ahora sin el líder que tantas veces dio el impulso extra, eso que algunos llaman “algo más grande que uno mismo”.

Solo queda esperar. El mundo ya no es el de antes. Es más peligroso, más vacío, más ignorante y más hueco. La juventud del Primer Mundo es, quizás, la peor de los últimos cien años. La del Tercer Mundo, en cambio, sigue siendo consciente. No ha decaído.

Fidel Castro dijo una vez:
“El hombre más peligroso es el hombre consciente de la clase social a la que pertenece, o por la que quiere luchar.”

El mundo está demasiado lleno de pobres como para no pensar que, dentro de ese 99% sin poder ni recursos, la semilla de las ideas —o de la ideología— de un Fidel no termine germinando en algún corazón… o en algún cerebro.
Que no son lo mismo.
Y no se usan igual.

 Humberto. Guia y Maestro.

Tours. Whatssap +5352646921

instagram: humberto_habana





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