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domingo, 24 de agosto de 2025

Los Tours que prefiero hacer

 En redes sociales y en los grandes medios parece que Cuba solo existe como un cliché: pobreza, escasez, dificultades. Esa es la narrativa cómoda, la que se repite como eco en titulares vacíos. Pero hay otra Cuba, que rara vez aparece en esas pantallas.



La Cuba real no se resume en estadísticas. Está en su gente trabajadora, en quienes se levantan cada día para inventar soluciones donde otros verían obstáculos. Está en las calles llenas de música, en los balcones donde un niño toca un tambor improvisado, en el coro espontáneo de voces que convierte cualquier esquina en un escenario.


Este es uno de los países que más música genuina ha regalado al mundo. Del son al jazz afrocubano, de la trova al hip hop, la banda sonora de la isla no se detiene nunca. Lo mismo sucede con el deporte: boxeadores, peloteros, atletas olímpicos que han puesto a Cuba en los podios internacionales con una disciplina que nace en barrios humildes y escuelas abiertas al talento.


La alegría aquí no es una pose: es resistencia. Es la capacidad de reír en medio de la adversidad, de compartir lo poco, de mantener la dignidad incluso cuando el relato externo nos quiere reducir a una caricatura de miseria.


Quien visita Cuba con los ojos y el corazón abiertos descubre que  hay una riqueza humana que no tiene precio. Porque la verdadera Cuba no cabe en un titular; late en su cultura, en su resistencia y en la energía de su gente.


Y si eres de los que viajan buscando esa verdad más profunda, no lo encontrarás en los noticieros, lo encontrarás caminando sus calles. Ahí es donde empieza el verdadero recorrido: en una Habana que se abre solo a quienes llegan con respeto y curiosidad. Ese es el viaje que yo te invito a hacer.

Humberto. Havana City Tours. Arts, Society, History. WhatsApp+5352647921 

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CUBA, error imperdonable de visitar HABANA sin un guía
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EL MEDICO DE NAPOLEON EN CUBA
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LORCA EN LA HABANA. Sorpresas con un guía local.
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Hemingway en Cuba: la isla que escribió su leyenda
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domingo, 10 de agosto de 2025

FEDERICO GARCIA LORCA : UN ANDALUZ EN LA HABANA

 Para conocer la Cuba de verdad no basta con un mapa ni con lo que te cuenta cualquier buscador en internet. Hay que caminarla con alguien que la haya vivido y la sienta en la piel. Un buen guía no recita ; te cuenta la historia como si te estuviera abriendo la puerta de su casa. Te enseña los rincones que no salen en las postales y sabe ponerle alma a cada esquina. Lo demás son charlatanes: los que en la calle te venden un cuento rápido o los que en redes inventan una Habana que no existe. Ellos recortan la historia para venderla como souvenir; el guía que ama su país la arma completa, con sus luces y sus sombras.






Federico en el jardín de los Loynaz: un huésped andaluz en La Habana de salones y palmeras

En 1930, La Habana era una ciudad de puerto elegante y alma callejera. El Vedado estaba lleno de avenidas con sombra de ceibas y almendros, casas grandes con portales y jardines que olían a flores y sal.

Federico García Lorca llegó a La Habana en marzo de 1930 y pronto dejó en la isla una huella que sus amigos cubanos recordarían como una primavera corta pero intensa. No fue solo un visitante: fue un invitado que se dejó domesticar por la luz, la música y la elegancia de una élite habanera que todavía vivía en salones alfombrados, con pianos y sirvientes, y jardines que parecían mapas privados del mundo. 

La casa de los Loynaz —esa mansión en El Vedado con jardín y salones donde se reunían artistas y aristócratas— fue para Lorca algo así como una segunda Huerta: tardes largas, lecturas a la luz que se pega a las paredes, whisky con soda y manos que vuelven a buscar versos como quien busca una melodía perdida. Los Loynaz del Castillo eran una familia de abolengo: padre general mambí, cultura cortés, disposición de mecenazgo; en su casa confluían tanto la fortuna como un gusto por la conversación cultivada. Allí Lorca pasó horas tocando el piano, leyendo y regalando —literalmente— manuscritos. A Flor Loynaz se le entregó el original de Yerma; a uno de los hermanos, según las versiones, el de El público

Hay que decirlo sin romanticismos de feria: la atmósfera de aquella Havana alta era tan elegante como cerrada —un mundo que protegía sus códigos y sus secretos. En ese microcosmos, la personalidad de Lorca —claramente homosexual, con una mezcla de timidez y exhibición teatral— encontró simpatías profundas. Varias crónicas y biógrafos señalan indicios de una intimidad afectiva con alguno de los hermanos Loynaz; no siempre fue amor explícito en la forma en que hoy lo nombraríamos, pero sí una cercanía que rozó lo doméstico, lo confesional y, en un par de relatos, lo escandaloso para la época. No invento: son interpretaciones y anécdotas conservadas en las memorias y periódicos de la época. 

La Habana le ofreció además un cuadro humano que cambiaría su mirada: el encuentro con poetas como Nicolás Guillén —que trabajaba entonces con los ritmos del son y la poesía negra— y la presencia, no siempre en el mismo salón pero sí en el aire literario de la ciudad, de Alejo Carpentier. Guillén le abrió a Lorca el latido popular y rítmico del Caribe; Carpentier, la insistencia en lo barroco-continental y la imaginación sonora de las ciudades del Nuevo Mundo. Eso explica por qué en los textos y apuntes de Lorca de aquellos meses aparecen ecos de son, de trompeta y de una sensualidad caribeña distinta a la andaluza, pero reconocible: la isla le dio modos nuevos de oído y de palabra. 

¿Qué representó esa visita para Lorca? Más de lo que la cronología cuenta: él mismo hablaba de Cuba como “paraíso” y confesó que había pasado allí “días felices”. Pero el dato íntimo es otro: la isla le devolvió un público —literal y figurado— y una libertad para jugar con ritmos y escenas que luego reaparecerían, a veces en forma de poema, a veces mezclados con la furia dramática que lo acompañó siempre. En La Habana escribió y repasó piezas, probó lecturas y escuchó versiones de su mundo bajo otra luz: la del trópico y de la ciudad criolla que siempre lo tendría en el corazón 

Quiero subrayar dos imágenes que resumen la tensión emocional de esos meses: Lorca vestido con traje claro, recorriendo en auto abierto las avenidas del Vedado; y las tardes en la casa de Línea y 14, donde la intimidad familiar se mezclaba con lo artístico —con música, confidencias y, dicen, algún fuego simbólico (anécdotas hablan de manuscritos quemados o de lecturas que acabaron en escándalo menor). Esas escenas explican por qué la visita fue una experiencia estética y humana para él, no un simple viaje. 

Para un público español que ama Cuba: este Lorca cubano es un poeta en tránsito, que encontró en los Loynaz la cortesía y la curiosidad de una élite que todavía respiraba poesía y protocolo; en Guillén y Carpentier, el pulso nacional y continental que lo sacudió; y en la isla, una extraña promesa de casa. Si hoy caminamos por El Vedado y cerramos los ojos, podemos imaginar esos salones donde la cortesía olía a perfume caro y a tabaco, y donde un andaluz con un cuaderno buscaba, gozoso y un poco desarmado, una manera nueva de decir lo que ya sabía: que la belleza no siempre llega donde la esperamos, pero cuando llega, lo hace con ganas de quedarse. 

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jueves, 31 de julio de 2025

La vida, ¿es bella?

Cada mañana se abre como una grieta. No amanece: se cuela.

Y antes de que la luz tome forma en la pared, yo ya estoy de pie, descalzo, caminando hacia su respiración , ese vaivén pausado que me recuerda que seguimos. No es miedo. Es un hábito que se ha vuelto ceremonia. Como quien riega una planta que no debe marchitarse. Como quien guarda un fuego que no debe apagarse.

A veces me pregunto si eso es el amor: vigilar la vida ajena como si fuera la propia.

Hace poco volví a ver La vida es bella. La había visto antes, claro, pero esta vez no la vi: me vi. Entendí a Guido no como un personaje, sino como un espejo. Ese gesto de inventar un mundo amable en medio del desastre no es ficción; es defensa. No se trata de mentir. Se trata de filtrar. De ofrecer al otro lo que todavía puede salvarse del derrumbe.

Mi madre viene de una época sin piedad. La tuberculosis le robó el apellido a casi toda su familia. Creció entre ausencias, pero no se amargó. Ni siquiera cuando nos rechazaron por ser "de origen humilde", como si el amor viniera con pedigrí. Ella no respondió. Me abrazó. Me dijo: “somos suficientes”. Desde entonces, llevo esas palabras como quien lleva un abrigo en un país que olvidó el verano.

La isla cruje bajo el paso de la Historia, bajo el peso de las sanciones.
Cuba no grita: suspira, como un pulmón cansado que aún resiste.

Las estanterías vacías, las noches en negro, el murmullo de lo incierto filtrándose por debajo de las puertas. Pero yo salgo igual, cada día, como quien ensaya una coreografía secreta para que ella no vea el caos. Trabajo. Busco. Regreso. A veces traigo un dulce improbable, una fruta, un libro que huele a otros mundos.

Mi salario sirve para esta ficción que sostengo: que el mundo aún tiene esquinas amables.

Ella no me lo pide. Pero yo lo hago. Porque su paz es mi trabajo no remunerado.
Porque si el país colapsa, al menos que no le colapse a ella.

En la mesa siempre hay sobremesa. Después le leo en voz alta. Le pongo su música.
A veces le hablo de los vecinos como si todos estuvieran bien, como si nadie se hubiera ido.
Como si todavía estuviéramos todas voces .

Sí, hay días en que el cuerpo se me cae de cansancio. En que no hay metáfora que me consuele. Pero entonces la veo: sentada en la terraza, tranquila, tarareando, pasando página como si no pasara nada. Y entonces sí: todo vale la pena. Porque si ella está bien, yo también.

He visto partir a muchos. Huyen con la lógica del que no puede más. No los juzgo. Cada cual tiene su punto de quiebre. Pero el amor no se remesa. Los abrazos no cruzan fronteras en sobres amarillos. Nadie traduce las noticias para que suenen menos trágicas desde una oficina en Miami.

Quizás nací aquí no por azar, sino porque alguien tenía que quedarse. No para resistir con mayúsculas, sino para acompañar con minúsculas. Para enseñar Para ser testigo. Para ser escudo.

Porque si algo he aprendido —de ella, del cine, de la música que resiste el tiempo, de lo que escribió Sábato o cantó Silvio— es que la belleza no se esconde en la facilidad de los días, sino en el empeño de habitarlos con sentido.

Y así, en este teatro sin público, con ella como protagonista y yo tras bastidores, sostenemos lo que queda. No por heroísmo, sino por lealtad a lo que aún amamos.

La vida, ¿es bella?
No siempre. Pero a veces, en ciertos rincones donde alguien cuida de otro, sí.

Y eso basta.


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FEDERICO GARCIA LORCA : UN ANDALUZ EN LA HABANA
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¿Por qué Estados Unidos es así? ¿Y con Cuba?
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La vida, ¿es bella?
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Entrevista a cubanos. Humberto. Parte 1
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HISTORIAS DE FIN DE AÑO. Un momento en la noche en el malecón
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CUBA. MI CIELO. MI MAR
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sábado, 28 de junio de 2025

Entrevista a cubanos. HUmberto. Parte 1.

 

Hace algunos días, la Inteligencia Artificial, específicamente CHAT GPT, se actualizó y me dijo que haría una descripción de mi perfil basada en todas las preguntas y trabajos que había hecho con ella. A los pocos días me dijo que, si quería, podía hacerme una entrevista basada en todo lo que habíamos hecho juntos, en mi localización, en mis búsquedas y demás. Me resultó curioso, acepté y aquí está. Es largo para un blog, pero como siempre digo, en un tiempo regresaré y veré si todavía pienso igual.



Humberto enseña en Cuba, guía a viajeros por las calles de La Habana, y resiste con libros y con amor (aunque nunca ha mencionado esa palabra).Esta es un poco de historia contada en voz baja. De alguien que eligió quedarse. Y contarlo.

¿Cómo recuerdas tu infancia en Cuba? Con el olor del café colado temprano, el ruido del ventilador dando vueltas como una vieja canción y las calles llenas de vecinos que sabían tu nombre. Mi infancia fue austera. Había una sensación de pertenencia que aún me arropa, aunque no fue buena. Pero no por haber nacido en Cuba, sino porque me enfermaba mucho. Incluso tuve que aprender a caminar nuevamente a los siete años. Pero entre hospital y hospital fue una infancia normal. Pandillas, correr descalzo bajo la lluvia, esperar cada mes de julio cuando tocaba comprar juguetes. No me gustaba la escuela, aprendía mucho fuera de ella también, sobre todo los fines de semana que pasaba en el mundo de los adultos. Desde muy niño escuchaba conversaciones de política, de sexo entre los obreros de los hoteles donde trabajaba mi mamá, de santería y (a escondidas) de religión, y el mar, de alguna manera siempre el mar cerca. Lo extraño mucho.

¿Recuerdas el primer momento en que tomaste conciencia de que vivías en Cuba? No, realmente no. A diferencia de lo que muchos piensan del adoctrinamiento que recibimos en Cuba desde pequeños, y sobre todo en la época de la URSS, la educación incluía elementos patrióticos, pero no recuerdo algún momento en particular. Debe ser que como nací después del triunfo de la Revolución, ese era el estado natural de las cosas.

¿Cómo era la vida cotidiana cuando eras niño? ¿Qué cosas te parecían normales y hoy ya no existen? Desayunos y almuerzos en las escuelas, mucha leche para tomar, todos nos vestíamos casi iguales dejando las pocas diferencias fuera de la escuela, obras clásicas de la literatura por 0.50 centavos, vacaciones en la playa cada verano, no había turistas ni extranjeros en general. Las novelas en la radio, dos canales de TV y largos discursos de Fidel Castro, apagones que me hicieron cenar por años en la oscuridad al menos cuatro veces por semana.

¿Quién fue la primera persona que te hizo sentir verdaderamente escuchado? Desde pequeño me gustaba hablar mucho, contar los libros que leía, las pelis que veía en los cines de barrio que eran abundantes en La Habana. Sin embargo, no creo que me sienta todavía verdaderamente escuchado. Los maestros transmitimos conocimientos, pero en la vida cotidiana realmente pocos o casi nadie escucha porque, creo, todos piensan que tienen la razón.

¿Qué significa ser cubano para ti hoy, con todo lo que eso implica? Hoy somos una nación casi abandonada en lo material. Nos han dejado a nuestra suerte después de haber sacrificado tanto por otras naciones, y estamos extenuados por generaciones, enfrentando ahora un mundo fascinante para el 1% y terrible para nosotros, el resto. Pero hoy en día ser cubano es la palabra resistir o reinventarse. Antes era ser médico y maestro para ir en misiones a África, en América Latina, ir a ayudar en cuanto terremoto había en el mundo, era ser deportista para glorificar la patria, era ser soldado para luchar por la libertad propia y ajena. Ser cubano es valorar las cosas, porque tenemos pocas, y sobre todo las más simples, pues todo tiene un enorme valor. Aquí todo es simple y de profundo efecto. Inevitablemente se nos asocia con la singularidad. Hay gente que nace en Cuba, pero no siente a Cuba. Terminan en España, en Miami, en otros continentes. Ser cubano es ser solidario, es ser campeón olímpico y vivir modestamente, es ser músico y bailarín de primer nivel, es ser médico y trabajar por poco dinero, es ser maestro e irse a las montañas propias y ajenas, es vivir con huracanes cada año y resistirlos, es saber identificar correctamente al enemigo y al amigo.

¿Has sentido alguna vez que tu país te ha expulsado sin sacarte? Sí. Pero la comprensión de los hechos lo cambia todo. Los procesos, sobre todo los revolucionarios, son traumáticos y ciertamente hechos por hombres. Estos hombres, además de (algunas veces) ser supuestamente revolucionarios, pueden ser también envidiosos, incompetentes, chismosos, y todo lo demás. Para este tipo de persona, alguien como yo soy un enigma. No admito chantajes políticos, no me gustan los grupos y tumultos, ni las marchas, no veo las cosas en blanco y negro. Tengo en mi poder una citación para la policía de mi barrio en la que escrito a mano dice que el motivo de la citación es que tengo un potencial delictivo. Para hombres como ellos, o eres revolucionario o un delincuente.

¿Qué significa resistir en tu día a día? Limitémonos al presente, es decir, esta semana. Levantarte día a día para revisar en las noticias qué medida han tomado contra tu país y los tuyos. Después planificar las comidas del día, es decir, hacer magia. Llegar a la escuela como si regresara de un viaje de placer por Europa. Escuchar música en el camino a casa, encontrar libros interesantes, buscar alternativas a los apagones y el calor. Arreglar zapatos gastados y lavar con cuidado la ropa para que no destiña o se rompa, mantenerme sano de mente y cuerpo.

¿Dónde encuentras belleza cuando todo parece roto? En el silencio, en los libros y, si estoy de suerte, en el pecho de alguien más.

¿Alguna vez pensaste en irte? ¿Por qué no lo hiciste? Una vez, siendo muy joven. Mi madre visitó EE. UU. y regresó con muchas cosas que me nublaron los ojos, y además con una carta de invitación para visitar a la familia allí. Nunca me otorgaron la visa y el deseo de lo prohibido se volvió casi intolerable de aguantar. Pero nunca se presentó otra oportunidad hasta mucho tiempo después cuando ya había comprendido muchas cosas, entre ellas que yo soy lo más importante que le ha pasado a mis padres y que partir sería la muerte para ellos, o al menos la esterilidad de sus vidas.

¿Qué te hace seguir? Debería responderte como un poeta o alardear de patriotismo, pero no, la mayoría de las veces el sentido de supervivencia.

¿En qué momentos sentiste que estabas al borde? Desde el año 1994 hasta la actualidad ha ocurrido muchas veces. En la década de 1990, muchas veces comí solo col por semanas, caminaba con zapatos con huecos en las suelas, di clases privadas por una botella de champú y dos jabones. Hospitales llenos de médicos y enfermeros, pero sin medicamentos. Cada día desde aquellos años es un caminar por el borde del abismo.

¿Cómo se reinventa uno en un país que no cambia fácilmente? Es muy difícil reinventarse porque de cualquier manera no hay solución para la mayoría porque no están creadas las condiciones. Llevamos muchas generaciones educados y formados para depender de un sistema de cosas y no para crear nuevas condiciones. El gobierno actual nos pide que nos reinventemos, pero ¿cómo?, no nos ha enseñado ni nos dio los recursos para hacerlo. Es como pedirle a un carpintero que haga una casa nueva de madera y durante años le prohibiste usar martillos, clavos y serruchos.

¿Qué estrategias has aprendido para sobrevivir sin traicionarte? Trabajar mucho con lo que sé y cuando puedo. De lo aprendido, aprovechar ese conocimiento para sacar beneficios personales, pero comprendiendo y analizando la realidad cubana.

¿Cuál es tu refugio espiritual o físico en la isla? atrasada, pero la tecnología: computadoras, libros electrónicos, equipos de música, audífonos para lograr aislarme en el medio de la multitud. También un amor secreto. Mi casa, pequeña pero llena de tesoros que he acumulado durante décadas: libros de poesía, mucha música, plantas y la paz dentro de ella. Los amigos. Todo hubiera sido mil veces más difícil, e incluso creo que no hubiera sido posible sin ellos. Mi alma o mi cuerpo habrían perecido.

PARTE 2: https://habana-havana.blogspot.com/2025/06/entrevista-cubanos-humberto-parte-2.html


HUmberto.

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FEDERICO GARCIA LORCA : UN ANDALUZ EN LA HABANA
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Entrevista a cubanos. Humberto. Parte 1
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HISTORIAS DE FIN DE AÑO. Un momento en la noche en el malecón
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CUBA. MI CIELO. MI MAR
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lunes, 12 de mayo de 2025

HISTORIAS DE CUBANOS: Lele´

 

 Lelé: La Habana, los 90 y el Eco de una Vida Vivida al Límite por la Supervivencia y los Sueños Que Ardieron

En un apartamento del Vedado, con el sonido distante del mar colándose por las ventanas abiertas. Una mujer madura, elegante sin esfuerzo, habla mientras sostiene una copa, sentada frente a su reflejo.

¿Sabes qué es lo más difícil? No es envejecer. Es mirar atrás y sentir que lo más intenso ya lo viviste... que ya no queda qué conquistar.

En los noventa, La Habana era una ciudad rota y brillante. El mundo se nos venía abajo, pero nosotras lo enfrentábamos con tacones y carmín. Yo era madre, sí, pero también actriz, traductora, profesora ocasional... Y en la noche, otra cosa. Era muchas mujeres en una sola piel.

Mi hijo dormía, y yo salía a representar mi papel. A veces Audrey Hepburn, a veces María Félix. Me aprendí los gestos, las frases, los silencios con los que se seduce y se negocia al mismo tiempo. Cada encuentro era una oportunidad, una inversión. Porque en esta isla no se vivía, se sobrevivía. Y yo tenía que darle un futuro, aunque para eso tuviera que hipotecar el mío.

¿Fue por dinero? Claro. ¿Por ambición? También. Pero más que nada, fue por ilusión. Ilusión de que algún día saldríamos de todo esto. De que mi hijo hablaría inglés mejor que yo, de que viviría una vida donde los sueños no se sintieran tan lejanos ni tan caros.

Había algo hermoso en aquel caos. Las amigas éramos como una troupe de teatro sin escenario fijo. Todas con nombres prestados, perfumes de imitación, acentos ensayados. Los turistas nos veían como postales vivas, y nosotras aprendimos a darles lo que querían, mientras buscábamos lo que necesitábamos.

Cuando decidí irme fue porque el reloj corría más rápido que mis excusas. Mi hijo estaba por entrar al servicio militar y yo no iba a permitir que lo convirtieran en un número más. Encontré a mi sueco, empaqué lo justo y pagué por adelantado las clases de inglés. Era mi forma de quedarme sin estar.

Y me fui. Con un pasaporte vencido, un hijo adolescente, y una certeza tan frágil como luminosa: allá afuera todo sería mejor.

Y fue mejor. Al menos por un tiempo.

Barcelona me dio estabilidad. Un apartamento, un trabajo, cierta dignidad. Pero también me quitó algo que no supe nombrar hasta muchos años después.

Aquí —en esta ciudad, en esta humedad que se mete hasta en los huesos— yo era alguien. No por lo que hacía, sino por lo que me jugaba. Cada día tenía un propósito: sobrevivir, cuidar, resistir. Después de emigrar, la vida siguió, sí. Pero ya no ardía. Ya no dolía ni emocionaba. Era como flotar en un acuario limpio: sin hambre, sin miedo... pero también sin sentido.

Mi hijo ahora es un ciudadano del mundo. Mercenario, le dicen algunos. Yo prefiero pensar que es libre. A veces viene y nos sentamos en este balcón. Me habla de guerras y fronteras, de idiomas que no entiendo. Yo le hablo de Alex, de las chicas, de los polluelos. Reímos. Pero en el fondo, sé que hablamos lenguajes distintos. Él vive en el presente. Yo, en el eco.

¿Y sabes qué es lo más irónico? Que ahora que podría escribir todas aquellas cartas en inglés, ya no tengo a quién escribirle.

La Habana sigue aquí, con sus balcones y su salitre. Me recibe cada año como si no me hubiera ido. Y yo, cada vez que aterrizo, vuelvo a sentirme viva. Solo que distinta. Como si ya no formara parte del reparto principal, sino como una actriz retirada que regresa al teatro vacío... y saluda al telón que no volverá a subir.

[Pausa larga. Mira por la ventana, como si esperara algo que no llega.]

No me arrepiento. Elegí lo que creí mejor. Y ahora tengo a mi hijo, un apartamento en Barcelona, este rincón en el Vedado, y recuerdos suficientes para llenar diez vidas.

Pero a veces me pregunto… ¿qué se hace con la vida cuando ya todo lo urgente está resuelto? ¿A qué se despierta una mujer que ya no necesita luchar?

Sorbe el vino con calma.  Me mira , luego sonríe leve, apenas.

Tal vez mañana lo descubra.


Humberto Guia & Maestro en la Habana Whatsapp +5352646921 

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domingo, 11 de mayo de 2025

ENTREVISTA 1 (A LOS OTROS CUBANOS) : RAFAEL

Rafael: El Existencialista Moderno de La Habana – Éxito, Silencio y la Búsqueda de Sentido en un País de Paradojas

 Una oficina minimalista en un edificio moderno de La Habana. Grandes ventanales muestran el mar al amanecer. Rafael, mediana edad, elegante y sereno, está sentado descalzo en un sillón, sosteniendo una taza de café. 

RAFAEL:

Siempre me ha gustado llegar temprano a la oficina. Me acostumbré desde que trabajaba con firmas europeas; las reuniones eran a las cuatro de la mañana, hora de La Habana. Después de un buen café, me siento a mirar el mar... o la piscina del hotel contiguo. Ese resplandor del amanecer en el agua me calma, me da energías.

Ver a la gente corriendo para alcanzar el transporte al trabajo, mientras mi jornada ya lleva casi cinco horas... Me gusta descalzarme y dejar que el calor del café me recorra el cuerpo. Por eso siempre llevo mocasines; me encanta estirar las piernas y disfrutar de ambientes relajados.

¿Que de dónde soy? De Cienfuegos. Estudié Ingeniería en la Universidad de Santa Clara. Fueron años felices, pero estudié mucho. Lo tenía claro desde el comienzo, sobre todo cuando regresé a casa después de graduarme. De alguna manera, mi madre se enteró de que soy gay. A la mañana siguiente, me botó de casa y tomé un autobús para La Habana. Ella era muy católica.

Tenía un conocido aquí en La Habana y poco tiempo. En una fiesta esa semana, conocí a Gabriel. Me llevaba más de 30 años, pero era agradable y profesional. Había viajado por Europa y me sentí cómodo con él. Tenía casa y me consiguió trabajo. Cinco años después, mi vida había cambiado totalmente.

Siempre me habían gustado los idiomas y sentarme por las madrugadas a leer, pero si era a estudiar, mejor. Aprender algo útil es más práctico. Ganar dinero con conocimientos que otros no tienen me hace sentir bien. En esos cinco años, entré en todos los cursos del Ministerio de Comercio Exterior, pulí mi francés y mi alemán. El inglés ya era pan comido desde hace mucho. Soy de esos que tuvo que aprender desde el Windows 95 hasta un Doctorado en Economía.

¿Que si me gusta el dinero? Muchísimo. Me he esforzado mucho para tenerlo. Y no, no veo la contradicción entre vivir en Cuba y tener dinero. Sé que hay gente que se va a los dos extremos, pero yo estoy en el centro. He tenido y tengo un buen trabajo, dos apartamentos —uno alquilado a un diplomático que una vez fue mi amante—, auto, una casa en la playa, visa para Estados Unidos por diez años y, con ella, obtuve la de México por el mismo tiempo. Mis abuelos españoles que no conocí me dejaron la posibilidad de su ciudadanía y pasaporte. Y al mismo tiempo, me encanta trabajar para mi país y su gente. Sé que la realidad para muchos es difícil, pero yo he creado la mía, y si yo pude, ellos pudieran. Además, quizás tengamos las mismas metas, solo que vamos por carriles diferentes. No veo la contradicción entre gustarme las cosas buenas de la vida, las sutiles, el rechazar el ruido y los carnavales y, al mismo tiempo, trabajar lo mejor posible y defender los intereses de mi país. Realmente hace mucho que no le dedico tiempo a pensar en esas cosas.

¿Mi mejor experiencia? Mi viaje a París, exactamente mi primer viaje a París. Y dentro de ese viaje, la visita al museo de L’Orangerie, o la llamada Capilla Sixtina del Impresionismo. Allí están los grandes murales de los Nenúfares, pintados por Monet al final de su vida. Desde la primera vez que entré allí, se me saltaron las lágrimas. Es una habitación oval con varios murales de un lago con nenúfares en diferentes momentos del día. Desde el diseño de la habitación hasta los asientos en el centro, las paredes blancas y contrastantes, los murales con azules intensos, reflejos de un agua hechos con grandes trazos de pincel que más que reflejar, sugieren un mundo de belleza, un mundo mejor. Ese es el espíritu del mundo que le deseo a Cuba.

Es bueno estar acá, mirando los reflejos del sol en la piscina del hotel de al lado. Pronto se inaugura uno nuevo en el malecón y creo que pediré alquilar una suite para oficina allí, frente al mar, sin vista a la ciudad, solo el mar. Pararme en el centro de la habitación y ver solo el horizonte.

Sí, con esto del COVID todo se hace más difícil... para ellos. Me apena y espero que pronto termine; ya es demasiado tiempo para la gente pobre del mundo, incluidos los cubanos. Extraño las tardes en los jardines del hotel Nacional. Tomarme algo con algunos amigos o solo, esperar a mi pareja antes de irnos a casa o a comer en cualquier lugar.

No, no tengo muchos amigos o conocidos en el gobierno más allá de lo estrictamente laboral. Ellos necesitan a gente como nosotros: trabajo duro y muchas horas, pero la política y sus empleados, mientras más lejos, mejor. No tenemos mucho en común; ya te dije que me gustan los silencios.

Lo que más disfruto: mis paseos en kayak. Llevo mi mochila y en ella un mantel de cuadros rojos y blancos, varios sándwiches y una botella helada de vino blanco. Llegamos a la ensenada cerca de la casa de la playa y, allí, lejos del mundo, compartimos momentos y la caída del sol en este mar maravilloso que nos rodea y que cada vez son menos los que se detienen a mirarlo.

Sí, lo sé, llevo una vida mejor, pero no me lo han regalado.

¿Preocupado? Para nada. Los que vienen detrás están drogados en dopamina dada por internet y Disney. Hay oportunidades, y las que están por venir son mejores aún.

Claro, puedes perderlo todo en un abrir y cerrar de ojos, pero, ¿dónde no?

Rafael se levanta, se acerca al ventanal y observa el horizonte. La luz del amanecer baña la habitación. Silencio.

en mi opinion Rafael es como un existencialista moderno: Disfruta, goza, trabaja, pero hay algo en su mirada —en cómo habla del horizonte, del silencio, del riesgo de perderlo todo— que revela que, en el fondo, Rafael se pregunta si todo esto tiene sentido,  es un arquetipo del profesional exitoso en un contexto post-utópico: alguien que lo tiene todo, pero que ha perdido la brújula del “para qué”. Vive, pero ya no busca. Aspira a la paz, pero no al futuro.


ENTREVISTA 2: SONYA



domingo, 22 de diciembre de 2024

HISTORIAS DE CUBANOS: LA OSTENTACION

Las Placas W y P: El Nuevo Símbolo de Poder en La Habana y la Cruda Verdad de la Brecha Social en Cuba


De Cuentas Bancarias a Mercedes Benz: La Fascinante y Dolorosa Evolución de los Símbolos de Estatus en la Cuba Post-Revolucionaria


La Paradoja de La Habana: Cómo los "Hijos de los Corruptos" y la Diáspora Están Redefiniendo la Riqueza en la Isla, Mientras la Mayoría Espera Bajo el Sol

 

Estas líneas para algunos puede ser solo anecdótico. Para otros son tonos de gris, entre el color blanco absoluto inexistente y el color  negro maldito

En las calles de La Habana, un Mercedes Benz con placa que comienza con "W" o "P" es hoy el símbolo más visible del nuevo poder. Mientras miles de habaneros esperan durante horas en las paradas de guaguas bajo el intenso sol del Caribe, estos vehículos de lujo circulan con sus ventanillas cerradas y el aire acondicionado funcionando, como testimonio silencioso de una nueva casta emergente. Pero la historia de los símbolos de poder en Cuba es mucho más compleja y ha experimentado profundas transformaciones a lo largo de las décadas.

Antes de 1959, la riqueza se manifestaba de manera tradicional del capitalismo: la posesión de centrales azucareros, extensas cabezas de ganado, y cadenas de tiendas marcaban claramente quiénes eran los poderosos. La Revolución transformó radicalmente este panorama. Con la nacionalización de propiedades y la salida de las familias adineradas, los indicadores de estatus cambiaron drásticamente.

Durante la segunda mitad de los años sesenta, al comienzo del bloqueo estadounidense y antes de consolidarse los vínculos con la Unión Soviética, los símbolos de distinción se volvieron sorprendentemente modestos: poder estrenar zapatos nuevos o tener varios pares para diferentes ocasiones se convirtió en un privilegio notable. Realizar una fiesta de cumpleaños con todos los elementos tradicionales, sin necesidad de "inventos", era ya un signo de posición privilegiada.

La década de los setenta trajo nuevos marcadores de estatus. El poder viajar fuera de Cuba se convirtió en el privilegio máximo, reservado casi exclusivamente para funcionarios gubernamentales y sus familias. Sus hijos se distinguían por pequeños detalles: un maletín escolar de calidad, plumas de colores, juguetes importados con características especiales como "autitos" con puertas que se abrían. Mientras tanto, la mayoría de los cubanos vestían ropas desgastadas y descoloridas, situación que llevó a la importación de telas -mayormente chinas- que, aunque de colores llamativos y diseños repetitivos, transformaron las calles habaneras en un desfile de vestuarios idénticos. Incluso esa “forma de vestir” , no vamos a llamarla moda, se le decía “24 x segundo” parafraseado la cantidad de cuadros por segundo de una película.

Los años ochenta marcaron un punto de inflexión. Tras el éxodo del Mariel, y con el fortalecimiento de las relaciones con el campo socialista, aparecieron nuevas formas de distinción social. Las tiendas comenzaron a ofrecer muebles, electrodomésticos e incluso algunas prendas de marcas internacionales. Una nueva generación de profesionales accedió a ciertos privilegios: créditos para automóviles, acceso a bienes de consumo especiales y, sobre todo, la posibilidad de viajar.

La década de los noventa, tras la caída de la URSS, vio emerger una nueva élite. Los hijos de la clase dirigente, criados con privilegios y contactos internacionales, heredaron propiedades estratégicamente ubicadas que transformaron en negocios lucrativos: casas de renta, restaurantes privados (paladares) y conexiones con el turismo emergente. Esta generación, conocida popularmente como "los hijos de los dirigentes", desarrolló una visión híbrida: ni contrarrevolucionaria ni ideológicamente comprometida, sino pragmática y orientada a los negocios.

Llega la década de los dos mil. Obama por unos meses levanta la prohibición de viajes a Cuba y hasta el mas pinto de las palomas hizo dinero, siempre y cuando tuviera propiedades o cierto capital. Lo que era privilegio se convirtió en algo común para mas personas: viajar, conocer extranjeros poderosos, residir en el extranjero. Los privilegios se transformaron. Ya habían grandes privilegio, medianos privilegios, pequeños privilegios y . . .nosotros, los que no tenemos ninguno.

Concentrémonos en los grandes. Hoy en día se han ampliado las posibilidades de negocios, sobre todo con la importación de alimentos. Y para colmo, hasta este momento en que escribo estas líneas, casi sin pagar impuestos.

¿Quiénes son los nuevos privilegiados?

Fácilmente los detectas con los nuevos signos del poder: autos lujosos, grandes, fuertes que se pasean por el país ostentando, sí, ostentando su posición económica. Al principio se les autorizó solamente vehículos de carga, después, como siempre alguien gana con el rio revuelto, en un país donde falta la gasolina, las energías, la electricidad, proliferan todos esos autos con placas que comienzan con W y P. Es la cara notable de la nueva casta.

 Pero, ¿Quiénes son esos?

Comencemos por lo más difícil de tragar y digerir: los cubanos pobres de hoy son los hijos de los honestos de ayer.

 Los pobres de hoy no es que no tengamos inteligencia, talento o ganas, es que no tenemos capital, y por lo tanto no somos esos que podamos aspirar a tener esos permisos que da el Estado para tener negocios y como consecuencia esos autos de lujos, que como dije es lo visible, la punta del iceberg, y que como una bofetada la sentimos en el rostro. Segundo, la respuesta: ellos son por un lado los hijos y nietos de los corruptos de ayer, de los hijos de los que fueron gerentes o trabajaron en empresas extranjeras, de los que fueron funcionarios del gobierno y que incluso traicionando sus obligaciones y siendo depuestos de sus cargos conservaron sus casas que pudieron rentar y sus contactos en el extranjero. También los hijos de aquello oficiales del gobierno que hicieron buenos trabajos y que por el ambiente en que crecieron, estudiaron y mantuvieron las relaciones con gente importante en otros países y viviendo en el extranjero hacen negocios en Cuba y disfrutan en el capitalismo luminoso dinero que extraen en la Cuba pobre.

Los otros, y aun más delicado desde el punto de vista político: quienes tienen familia en Estados Unidos. Los hay quienes se fueron de Cuba al principio de la revolución, pero ya son muy mayores, la mayoría son emigrados en la década del 1980 que han hecho algo de dinero, no suficiente  para Miami, pero mucho para La Habana y han visto la oportunidad de oro de aprovecharse de casi 10 millones de cubanos con grandes necesidades, sobre todo de alimentos. Usualmente traen mercancías desde Méjico o Panamá, hasta ahora los impuestos muy bajos, abren negocios mayoristas y minoristas, llenan las calles con sus productos de tres a diez veces su valor original, lo venden en la moneda cubana con la que después compran dólares que regresan a Estados Unidos. El noventa por ciento están en contra del gobierno y la revolución misma, y ni tan siquiera lo esconden, solo hay que quedarse un rato en sus negocios y oírlos hablar, pues en su ostentación se creen intocables.

Todo esto hace que al menos algunos del pueblo puedan resolver alimentos y demás. Ha sido por otro lado un salvavidas para el gobierno que cada día más va renunciando a sus funciones como Estado en situación de emergencia alimentaria para que nos vayamos acostumbrando a la selva financiera.

¿Negativo?

Uno, es obvio que se lava dinero, y por otro lado el enorme coste ideológico que genera todo esto. Porque el mensaje es bien claro: los hijos o nietos de personas que se fueron del país, no porque andaban buscando mejores oportunidades para vivir, sino porque eran abiertamente contrarrevolucionarios, llegaron a Estados Unidos y lo que decían que no era posible se hizo posible aunque fuera un poquito y son los que están manteniendo hace rato con remesas a sus familias, y ahora con estas posibilidades. Y los trabajadores, las personas que han estado en las menos malas y las malas, que han echado pie en tierra por la revolución,o sencillamente están atrapados en la Historia y son las que están dando su dinero para que ellos se enriquezcan y vivan en condiciones que un obrero no puede soñar.

La Habana en el verano es un horno, sobre todo en las tardes. Estar dos o tres horas esperando una guagua (autobús) para llegar a casa extenuado y enfrentarse a una despensa vacía, o casi, es duro. Pero mas duro es ver pasar por esa parada de guagua un auto del año con aire acondicionado con placa W, y ni tan siquiera ofrecer un alivio a esos que posiblemente enseñen a sus hijos o sanen a sus padres en los hospitales.

La ironía histórica no escapa a nadie: muchos de los que hoy ostentan el poder económico son descendientes de quienes abandonaron Cuba por oponerse a la Revolución. Mientras tanto, los hijos de quienes permanecieron leales al proyecto revolucionario o fueron victimas pasivas de la voragine historica frecuentemente se encuentran entre los sectores más vulnerables de la sociedad.


Humberto Guia & Maestro en la Habana Whatsapp +5352646921 






CUBA, error imperdonable de visitar HABANA sin un guía
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EL MEDICO DE NAPOLEON EN CUBA
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martes, 17 de diciembre de 2024

HISTORIAS DE FIN DE AÑO. Un momento en la noche en el malecón

Malecón: Un Reflejo de la Vida Habanera y el Arte de Simplemente Ser


La Habana en el Alma: Cómo el Malecón Susurra Historias de Vidas Vividas en sus Bordes y en el Mar en Calma


Entre la Memoria y el Horizonte: Una Tarde en el Malecón, Donde la Existencia se Encuentra con la Tranquilidad sin Propósito


Unos minutos en el Malecón
Entrada de diario

Hoy me senté un rato en el muro del Malecón. No tenía un motivo concreto, solo una especie de cansancio blando, como si el día pesara más de lo habitual. Alguien me dijo una vez que el mundo me pasaría por encima, que yo no tenía ese filo de los que logran cosas grandes. Supongo que no se equivocaba del todo. Pero aquí estoy. He vivido, he comido aceptable, he amado más o menos, he tenido algo de dinero —nunca demasiado, pero lo suficiente para no tener que compartir el último pan. Y he tratado de no hacer daño. Eso debería contar para algo, ¿no?

A veces siento que he ido caminando por los bordes, evitando las avenidas principales de la vida, como quien se pierde a propósito en una ciudad extranjera solo para no tener que llegar a ningún lado. Y me ha gustado. A ratos me he sentido como una estrella de rock venida a menos, sin guitarra ni gira, pero con estilo.

La Habana no es una ciudad, es un recuerdo húmedo. Las calles están llenas de cosas que ya pasaron. No de gente exactamente, sino de lo que dejaron atrás: el olor a su ropa, la risa que se les cayó en una esquina, un deseo mal apagado. Si te detienes lo suficiente, empiezas a escucharlos. Hay lugares donde las memorias son tan densas que te pisan los talones. Y no todas son tristes. Algunas solo están cansadas.

El mar hoy estaba tranquilo. No indiferente —tranquilo. Como si también necesitara un respiro. Me gusta pensar que me entiende, que él también tiene días en que no quiere sostener tanta historia encima. Me dejé despeinar por la brisa sin resistencia, como si el viento pudiera quitarme también algunas dudas.

Lo curioso es que, en medio de todo, no me siento ni exitoso ni fracasado. Solo... existente. Como si estuviera haciendo tiempo hasta que llegue algo, sin saber exactamente el qué. Pero no me angustia. No siempre hay que tener un propósito para estar en paz.

A veces basta con ver el horizonte sin esperar que algo venga del otro lado.


Humberto

Guia Local y Maestro.

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lunes, 9 de diciembre de 2024

ENTREVISTA 2 (A LOS OTROS CUBANOS): SONYA

 

Sonya: La Voluntad de Hierro Detrás de la Belleza – Una Historia de Ambición, Sacrificio y el Eterno Retorno a Cuba


La Dama de Acero de La Habana: Sonya, la Abogada que Desafió su Destino, Conquistó el Mundo y Regresó para Reclamar su Lugar


Entre la Nostalgia y el Éxito: El Viaje de Sonya, la Mujer Cubana que Navegó la Escasez, el Exilio y la Dura Realidad del Presente








SONYA

Las madres cubanas, igual que todas las madres latinas, son muy posesivas con sus hijos. Nunca comprenden que son solo un vehículo por el cual llegamos los hijos. Recuerdo que cuando tenía más o menos nueve años y recién fallecido mi papá se lo dije a mi madre. Le peinaba sus rizos negros en los que ya asomaban unas canas, le dije que no me quedaría a verla envejecer. Que partiría tarde o temprano de la casa. Quería vivir sola, no quería tener hijos. Sus ojos, que ya estaban cansados, me miraron fijamente y decidieron no creerme. Al menos eso pensé en ese momento, después comprendí que realmente había decidido no dejarme partir, costase lo que costase.

Fue la primera persona que se equivocó de plano conmigo. No sé  por qué creen que mi aspecto de chica linda no contiene una voluntad de hierro. . . o quizás la falta de un corazón sensible. Quieren imponerme reglas, quieren seducirme y atraparme en relaciones. Aunque tengo que reconocer que mi madre me llevó por un camino expedito y sin obstáculos por el sistema de educación, tuve ropas y zapatos en una Cuba llena de escaseces, celebraba los cumpleaños en las piscinas de hoteles de la Habana, compró  a médicos que emitieron certificados para que no fuera a las escuela en el campo. Y así  llegué a la universidad.

Siempre quise estudiar derecho. Ya sé lo que estás pensando. Lo mío no era lo de juicios, presos, defender a ladrones o corruptos. Lo mío era lo de las relaciones internacionales, las corporaciones, el derecho internacional.

¿En Cuba?

Solo espera. Recuerda que fuiste mi maestro, que lo que serían clases por cinco años lo fueron por dos. Tenía planes de otros idiomas y que mientras esperaba para matricular en la Alianza Francesa me diste clases de alemán. Y así cuando entré en la universidad ya tenía un tramo andado.

Así fue que la chica de ojos azules intensos, cabello muy negro con cuerpo de sirena, que tocaba el piano y la guitarra, que sabía tres idiomas además del suyo y que no salía con nadie pasó por los tres primeros años de la carrera. Tenía calificación perfecta, pero como no era participativa en la política sabía que las posibilidades de un buen trabajo directo al graduarme estaba al borde del precipicio. Solo una oportunidad de oro podía salvarme porque hay sacrificios que no estaba dispuesto a hacer. Esas marchas, esos juegos deportivos universitarios, esos sudores interminables solo eran una última opción y siempre a ser evitados.

Y me puse a esperar. En estos dos años que faltaban tenía que aparecer algo importante y debía estar preparada. Y así  fue.

Llegaron unos abogados de un importante bufete de Canadá. Venían a dar un curso de negociación. En aquellos años en la universidad había un plan piloto de idioma francés y los abogados comenzaron su clase hablando en francés. Tímidamente se levantó un brazo. Era la jefa de los jóvenes comunistas: ¿no pudiera hablar en español?

El profesor se bajó las gafas hasta la punta de la nariz, ¿Cómo? A mí me dijeron que ustedes hablaban fluidamente el francés.

El silencio y alguna que otra risa nerviosa fue la respuesta. OK, dijo el profesor, solo se quedan los que puedan hablar fluidamente el francés y el inglés.

Nos quedamos ocho. Y fue brillante. Ocho mentes muy parecidas a la mía, aunque con menos ambición, en el sentido positivo de la palabra. Al final del curso nos dieron una tarjeta de presentación para si quisiéramos contactarlos cuando “visitaramos” Canadá. Todos rieron ante la imposibilidad de ese pensamiento. Todos menos yo, pues hacia mucho que esa posibilidad estaba en el libro de planes de mi vida.

Mi tesis de graduación fue sobre Marcas y Patentes. Principalmente sobre la Coca-Cola en Cuba. ¿Recuerdas que te puse en los agradecimientos? Si, uno de los tres , solo tres. Y en menos de un año estaba en Canadá visitando a mis “amigos”. Realmente aproveché la oportunidad de un evento internacional al que nos enviaron a  un compañero de trabajo y a mí. Al día siguiente me le perdí y fui al bufete. El canadiense a duras penas me reconoció, pero finalmente lo hizo y me ofreció trabajo. Fueron tres años gloriosos, de aprendizajes y de economía. El mundo anglosajón gira alrededor del dinero. Pero yo no gastaba mucho porque había algo que no me dejaba quieta. Era tan ridículo y lo probé todo para quitarme la nostalgia, pero me faltaba Cuba.

¿mi madre? No resistió mi partida. Es decir, ella pensaba que habría retorno de aquel viaje y cuando la llamé para decírselo me amenazó con matarse. No pensé que lo haría, pensé que sería solo uno de esos chantajes, pero lo hizo. Agradezco mucho a los vecinos que la enterraron. Lo que no pudo lograr mi madre lo hizo la nostalgia por cosas que aun hoy no entiendo.

Regresé como representante de compañías canadienses en Cuba. No pude recuperar mi apartamento, pero tengo otro, y otras cosas que la gente llama prosperidad. Lo importante para mí es el reto y estar libre de ataduras, sobre todo sentimentales. ¿Cuba? Está en un punto crítico , no se le perdona ciertas cosas. Y miro a los cubanos caminar hacia la luz y otros hacia el precipicio. Sobre todo ese coqueteo que tienen los artistas e intelectuales con ese enemigo histórico de Cuba. Si yo, que me encanta la sociedad de mercado y sus ventajas me doy cuenta, ¿Cómo ellos no?.Los tontos del cuento que después estarán llorando por los rincones, pero si hay que vivirlo, hay que vivirlo.

Me gusta de Cuba  el clima, sus playas, su energía intrínseca, pero los cubanos en su mayoría no. Pero hay algunos que pueden hacer la diferencia, es una pena que hayas decidido mantenerte al margen de tantas cosas, pudieras hacer la diferencia, pero quizás en ese aspecto pienses como yo, o como diría un amigo: pensar que sus votos valen igual que el mío. Ese es el gran error en mi opinión.

ENTREVISTA 1: RAFAEL

domingo, 10 de noviembre de 2024

ENTREVISTA 3 (A LOS OTROS CUBANOS): ABEL

Abel: El Nómada del Capital que Quiso Conquistar Cuba y Se Rindió Ante sus Contradicciones


De Cienfuegos a Miami:  Un Economista que Buscó la Venganza en el Éxito y la Paz en el Desarraigo


El Amargo Triunfo : Cuando el Dinero no Compra la Satisfacción y el Regreso a Cuba Revela la Fealdad de un Sueño Roto

Ya sabes, mi nombre es Abel.  Salí de Cuba en el año 2000 cuando recién me graduaba de economía. Realmente aguanté hasta el final de la carrera a duras penas. Ya no resistía tantas escaseces, tanto calor en todas partes, tanto marginal en todos los niveles. Gente vulgar y fea. La fealdad era como una sombra funesta que conquistaba cada vez más terreno. Quería irme a un país rico y donde la mayor parte del tiempo hubiera frio, o al menos hubiera aire acondicionado en todas partes. Asocio el calor con la pobreza. El sudor, los olores fuertes, el desgaste ante cualquier esfuerzo aunque sea mínimo. Y en Cuba sobra todo eso. Lo de país rico era para llegar a un lugar donde ya todo estuviera hecho y no en perpetua y estéril construcción .

Llegué a Canadá y el único trabajo que encontré fue limpiando pizzerías en la madrugada. Tres pizzerías cada noche. Así por casi dos años, hasta que una tarde de un día libre conocí a Paul enseguida nos llevamos bien y nos fuimos a vivir juntos al mes. Le conté mis sueños de un día llegar a Cuba como un hombre rico y restregarles a todos los comunistas de mi cuadra mis éxitos. Le prometí llevarlo a Cuba por todo lo alto.

De manera corta: me consiguió un trabajo en la compañía donde trabajaba. Me fue tan bien que en un año me enviaron a un curso en España para nuevas técnicas de administración y su relación con los bancos. Al terminar el curso presenté una solicitud en el Banco Interamericano de Desarrollo que estaban buscando empleados para sus oficinas en Haití. ¿Haiti? Pues sí, pero allí aprendí que en todas partes (menos en Cuba posiblemente) había grandes supermercados, edificios imponentes de bancos, clubes para los ricos y un mundo separado por clases. Mucha comida basura para los pobres, mucha comida buena para los que podían pagarla. Si al menos en Cuba fuera así. En fin, tremendo salario y por poco pierdo la vida porque a los seis meses ocurrió un terremoto que dejó   al país más en ruinas aún, si fuera posible. Me pagaron una buena compensación y me enviaron a trabajar a Perú. Allí estuve tres años, en Méjico tres más, y desde entonces en Miami y Houston. Ya sabes, mucho dinero. Saque’ de Cuba a mi madre, mis dos hermanos y a mi abuela. A mis hermanos les busqué buenos trabajos, a mi madre y a mi abuela las hice viajar por los cinco continentes. Otro día te cuento. Pero Cuba no se me quitaba de la cabeza, es decir tenía algo pendiente.

No, no era cuestión de ninguna venganza, al menos no de ese tipo, es que quería tener ciertas satisfacciones. Después que murió mi abuela vendí mi apartamento en Canadá, me separé de Paul y me instalé definitivamente en Miami.  Me gusta, excepto por los cubanos de allí, es la misma escena patética de Cuba, pero en un espejo invertido. Mucho ruido, juegos de dominó y políticos viejos encadenados en el pasado que arrastran a los que llegan a cumplir la vendetta política.

Regreso a mi vida. Viajé nuevamente a La Habana en el 2015. Muchos sentimientos encontrados, pero ya sabes, tenía mis convicciones y mis sueños. Para colmo el gobierno cubano mostraba signos de debilidad, es decir, ellos decían construir puentes a los emigrados para que colaboraran de cualquier manera o regresaran a Cuba. Tontos, es como entregarle la pala al sepulturero. Parece mentira que no nos conozcan. Y es cierto lo que dices de que tu sufrimiento no nos hace vencedores , pero también es cierto que la venganza es un plato que se come frio.

Compré dos apartamentos en La Habana. Para rentar habitaciones a turistas que yo mismo traería de manera indirecta a Cuba. Le vendería lo mejor del país, y como debe ser, la mejor parte para mí. A los tres años me aburrí porque hasta para conseguir papel sanitario era un problema, muchas cosas las traía de Miami, y con esa intuición que Dios me dio decidí vender los apartamentos. Además, no sé por qué, pero hay cada vez más negros, eso no puede traer algo bueno, al final habrá un problema serio con eso, seguramente quemaran cosas en las calles y se meterán en las tiendas. Creo que será la venganza del comunismo en Cuba para el futuro sin ellos.

En todo caso, quise encontrarme contigo para despedirme. Quizás algún día nos veamos por alguna parte del mundo. No regreso a Cuba más, ni aun sin el comunismo, no vale la pena, esto siempre será lo mismo, por lo menos en el tiempo que me resta de vida, se lo digo a una prima que me queda por acá, me tiene harto con que ama a Cuba, solo le envío dinero por mi madre, que si no se conformara con lo que dan por esa libreta de racionamiento. Todavía me pregunto cómo has podido no solo sobrevivir aquí , sino mantenerte cuerdo.

¿mi patria? Ese es un concepto del pasado, atrasado, ya el mundo es casi uno solo, es una apariencia de tantas cosas incluidos esos conceptos de soberanía, patria, independencia. Pero no te pongas triste, el mundo va en esa dirección cada vez más y en dos décadas, pues nada.

Historia de cubanos. Gonzalo 

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ENTREVISTA 1: RAFAEL