miércoles, 30 de noviembre de 2016

Murio Fidel (II)

Capítulo II

El silencio de un país

Acabo de regresar de la avenida 23. Por ahí pasó el cortejo fúnebre de Fidel Castro en su recorrido inverso, desandando la ruta del triunfo de 1959. Dentro de unos días llegará a Santiago de Cuba, donde sus cenizas serán depositadas en el cementerio de Santa Ifigenia, el mismo lugar donde descansan los restos de José Martí, el hombre más trascendental de la historia de Cuba.

Anoche, una vez más —quizás la última—, Fidel Castro reunió a un millón de cubanos en la Plaza de la Revolución.

Desde alrededor de las cuatro de la tarde, cubanos, visitantes, turistas, y miles de estudiantes provenientes de África, América Latina, el Caribe anglófono, Medio Oriente y Asia comenzaron a llenar la plaza y todas sus avenidas de acceso. Todo ocurrió en silencio. La luz del día fue cayendo lentamente y las lámparas de la plaza y las avenidas terminaron de darle al lugar un aire aún más solemne.

Vinieron dirigentes de todas partes del mundo. Otros llegarán a Santiago el domingo. Tal vez la idea original fue que hablara un representante por cada región geográfica, pero no pudo ser: todos querían hablar. Lo más curioso para mí fue ver en la tribuna representantes de ideologías tan distintas, de regiones tan alejadas entre sí, y sin embargo unidos por algo común: el bienestar de sus pueblos.

¿Recuerdan el dicho “dime con quién andas…”? Pues si quienes vienen a dar el último adiós son, en su mayoría, personas que se ocupan de los pobres, luchan por ellos o los protegen en sus países, entonces ahí hay un mensaje.

Anoche hablaron presidentes o representantes de Ecuador, Nicaragua, El Salvador, Haití y Dominica, Venezuela, México, Rusia, China, Vietnam, Qatar, Irán y Bielorrusia.
En Santiago de Cuba hablarán otros.

Por el momento, los ricos callan.

¿Se imaginan a Cuba en silencio durante días y noches? Es casi ir contra natura.
La única embajada que no tiene la bandera a media asta es la americana.
Los únicos que no fueron.

Quienes han estado en Cuba pueden imaginar la escena: desde la Plaza de la Revolución, bajando por Paseo, siguiendo por la avenida 23, La Rampa, el Malecón, hasta salir de la capital, y luego por los campos, a ambos lados de la carretera, cordones humanos de tres y cuatro filas en silencio. Algunos despedían con saludo militar, otros con la mano en alto, muchos con pequeñas banderas cubanas.

Y esto es solo el comienzo.

Ahora es cuando empezará a verse por qué la Revolución y Fidel han sobrevivido sesenta años, un embargo estadounidense de cincuenta y cinco, la caída del gigante soviético, “el fin de la Historia” proclamado por filósofos y economistas del Primer Mundo, más de diez presidentes americanos, una invasión y casi una guerra nuclear.

Porque aunque más del cincuenta por ciento de los que viven en La Habana provienen del interior del país, son los campesinos cubanos quienes tienen el mérito de sostener este proceso que tan pocos comprenden.

Como dijo una anciana en la televisión:
“Mis abuelos eran analfabetos. Mis padres tenían seis hermanos y todos eran analfabetos. En 1959 éramos seis hermanos y fuimos alfabetizados por un joven de quince años. Yo tuve seis hijos… y mis seis hijos son profesionales.”

Es posible que las cosas en Cuba cambien con los tiempos que corren. Lo que no sabemos es cómo cambiarán, ni cómo esos cambios terminarán influyendo en el mundo en que vivimos. Cuba puede integrarse al mundo, pero cuidado: los cambios comienzan por una célula, por una partícula, y los cubanos podemos ser muy subversivos.

Si no, basta mirar atrás y preguntarse: ¿qué otro país pequeño, en extensión y población, ha tenido tanta influencia política en el siglo XX y lo que va del XXI?

La sensación de estos días es extraña. Sería tonto pensar que todos están tristes o que ese sea el único sentimiento presente. Algunos salieron a ver pasar el cadáver de su enemigo. Otros están preocupados por perder prebendas si las cosas cambian. Otros, aún más inquietos, piensan en un Trump capaz de hacernos revivir momentos terribles, ahora sin el líder que tantas veces dio el impulso extra, eso que algunos llaman “algo más grande que uno mismo”.

Solo queda esperar. El mundo ya no es el de antes. Es más peligroso, más vacío, más ignorante y más hueco. La juventud del Primer Mundo es, quizás, la peor de los últimos cien años. La del Tercer Mundo, en cambio, sigue siendo consciente. No ha decaído.

Fidel Castro dijo una vez:
“El hombre más peligroso es el hombre consciente de la clase social a la que pertenece, o por la que quiere luchar.”

El mundo está demasiado lleno de pobres como para no pensar que, dentro de ese 99% sin poder ni recursos, la semilla de las ideas —o de la ideología— de un Fidel no termine germinando en algún corazón… o en algún cerebro.
Que no son lo mismo.
Y no se usan igual.

 Humberto. Guia y Maestro.

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instagram: humberto_habana





lunes, 28 de noviembre de 2016

Murio' Fidel (I)


Humberto, el material que entregas sí da para un capítulo potente, con identidad propia y una voz testimonial clara. No necesito añadir criterios externos ni corregir el enfoque: el núcleo está ahí. Lo que hago a continuación es convertir tu texto en un capítulo narrativo, ordenándolo, dándole respiración literaria y ritmo memorialista, sin introducir ideas que no estén ya en tu diario.

Si al terminar sientes que “esto es lo que yo quise decir, pero mejor contado”, entonces está bien y lo dejamos así.


Capítulo I

Cuando murió Fidel

Se murió el abuelo.
Se murió el padre.
Se murió el dador.

Murió el guerrillero, el Salvador, el líder mundial, el cubano más sexy de los años sesenta y setenta. Murió el macho-guerrillero que ayudó a fundar la escuela de ballet más importante del Tercer Mundo. Murió el fundador del movimiento de los Países No Alineados. El creador de guerrillas. El impulsor de misiones de alfabetización en el Tercer Mundo… e incluso en el Primero.

Murió el dictador —para algunos cubanos y muchos extranjeros— y también el creador de la Escuela Latinoamericana de Medicina, donde estudian los más pobres entre los pobres de nuestro continente. Murió el hombre que llamó a los soviéticos y a sus misiles a solo noventa millas de Estados Unidos. El que hizo de la escuela y del deporte una obsesión nacional, llevando a Cuba a estar entre los quince países más medallistas en Juegos Olímpicos sin ser una potencia rica.

Murió el que comenzó una guerrilla con solo doce hombres y tres años después había tomado el poder. El que creía que los cubanos no necesitábamos la democracia al estilo capitalista porque, para decidir, ya estaba él. El creador de un sistema de vigilancia perfecto para saber qué podía estar pensando o haciendo cada cubano.

Murió el arquitecto de la campaña de alfabetización que eliminó el analfabetismo en apenas un año. El que llevó a cubanos a guerras en África, Asia y América Latina. Murió el caballo —el número uno en la charada cubana—. El creador de la mayoría de las universidades del país. El fundador del Instituto Superior de Arte.

Murió el político que dividió familias para poder vencer. El que en su primera semana de gobierno prohibió por ley la prostitución y el juego, incluidos los casinos americanos. El que hoy critican y detestan muchos de los que se fueron bien formados hacia un mundo que no forma ni prepara a los pobres, y que gracias a esa ventaja lograron prosperar.

Murió el hombre que no confiaba en los imperialistas porque, según él, eran egoístas y solo deseaban la destrucción de quien no fuera como ellos. El que no nos dejaba viajar a países capitalistas porque pensaba que contaminaban el espíritu. El de los discursos interminables de seis y ocho horas. El que jugaba béisbol, ajedrez y practicaba la caza submarina.

Murió el amigo de Mandela, de Indira Gandhi, de Allende. El cercano a Graham Greene y a Gabriel García Márquez. El hombre rodeado de una lista interminable de lo que el mundo llama “gente progresista y de bien”. Murió el odiado por dos millones de cubanos y sus descendientes en Estados Unidos.

Murió el que decidió dar solo una entrevista al año cuando comprendió que, dijera lo que dijera a un periodista occidental, siempre sería desvirtuado. Por eso tenía sus propios técnicos para grabar. El que dejó de fumar en público porque la Organización Mundial de la Salud se lo pidió, consciente de que era imitado en todo el mundo.

Murió el hombre del que nunca supimos cuántos hijos tuvo realmente ni quién era su esposa hasta mucho después, cuando la enfermedad hizo visible a la mujer que no se separó de su lado. El que cada año, antes de la Asamblea General de la ONU, recibía a los líderes del Tercer Mundo que pasaban primero a saludar antes de seguir hacia Estados Unidos.

Murió el orador que impulsó con sus discursos la entrada de China al Consejo de Seguridad… y que años después la atacó cuando ese gigante invadió Vietnam. El hombre bajo cuyo gobierno se erradicaron enfermedades como la poliomielitis y la tuberculosis. El creador de frases como: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora la injusticia, tiembla.”

Murió el líder que llevó a juicio y mandó a fusilar a uno de sus militares más queridos, el único con la medalla de Héroe de la República, por considerar que había puesto en peligro la imagen de la Revolución. El que participaba en todos los congresos de maestros. El que creyó que nacer y crecer después de 1959 bastaba para crear al Hombre Nuevo… hasta las grandes decepciones de 1980 y 1994.

Murió el creador de un sistema de inteligencia tan sólido que los rusos venían cada seis meses a intercambiar información. El ateo que logró que los últimos tres Papas visitaran Cuba. El que envió médicos a Haití mucho antes de que los terremotos y huracanes obligaran al mundo a mirar hacia ese país abandonado.

Murió el hombre que dijo que la universidad era solo para los revolucionarios. Al que no le gustaban los guardaespaldas y al que intentaron matar más de mil veces. El que durmió en un hotel de Harlem cuando Estados Unidos le canceló la reserva oficial como Jefe de Estado.

Murió el que eliminó la Navidad y el Día de Reyes del calendario por considerarlos fechas mercantiles más que religiosas. El que le dijo “no” a Estados Unidos tantas veces que nos bloquearon y vaciaron mesas y tiendas durante casi seis décadas.

Murió el hombre al que muchos emigrados culpan por separarse de sus familias, cuando —según pienso— la mayoría solo obedeció a corazones impulsados por el dinero, sin la dignidad de luchar por lo que aman, sea familia o país, que al final es lo mismo.

Murió el que vetó a Julio Iglesias por cantar en Sun City, el cabaret racista de Sudáfrica. El que las nuevas generaciones solo conocían por los libros de historia. El que nació con un nombre que, traducido al latín, significa “Fiel al Ejército”.

Murió el que resistió la caída de la URSS y desde sus cenizas impulsó una segunda ola de gobiernos de izquierda en América Latina. El que dijo que Cuba sería un país de hombres de ciencia porque no teníamos petróleo, sino cerebros que exportar.

Murió el que reconoció su propia decepción al ver que, cincuenta años después, los negros seguían siendo mayoría en las cárceles y minoría en las universidades. El que las mujeres culpan por la precariedad de las cocinas, pero al que agradecen ser hoy casi el sesenta por ciento de los profesionales del país.

Murió el que abandonó La Habana para construir en el campo. El que puso a Cuba entre los diez países con menor mortalidad infantil del mundo, repitiendo que nada era más importante que un niño. El libertador para Angola y Namibia. El hombre que durante veinte años trajo a Cuba a niños afectados por Chernóbil.

Murió el creador de la libreta de racionamiento para que todos recibieran lo mismo, no solo los que tenían dinero. El que nunca entendió de marcas ni glamour, y por eso cada generación de jóvenes tuvo problemas para aceptarlo… hasta que maduraba y elegía un camino: derecha o izquierda.

Murió el que decía que las únicas comunistas reales que conocía eran las monjas. El que abrió los aeropuertos cubanos el 11 de septiembre para recibir aviones desviados y alojó gratis a los pasajeros. El que para los amigos fue Fidel, y para los enemigos, Castro.


Hoy salí de mi casa como siempre. Antes de abrir la puerta me puse los audífonos y caminé rápido con la música nueva que me habían pasado al teléfono. Al rato noté algo extraño: un silencio que se escuchaba a través de la música.

La ciudad estaba en silencio. Incluso en las casas de quienes no simpatizaban con él hubo respeto. Tres días de silencio. Sé que muchos dirán que fue miedo, pero el pueblo cubano siempre ha sido respetuoso.

Banderas a media asta. Duelo oficial. ¡Cuba sin música durante nueve días! Parecía el fin del mundo, pero sabíamos que no lo era. La vida es más grande que cualquier hombre.

De ser presente, pasó a ser pasado.
Ya está en la Historia.


Humberto, Guia y Maestro en la Habana.

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sábado, 5 de noviembre de 2016

HAVANA: A WONDERFUL CITY

For some people who has recently  visited Cuba, Havana is the loveliest city in the world. The capital’s ability to seduce all never fails to astonish every one, thus they  feel it only right to reflect on its charms.




A defining feature of Havana’s appeal has been its singular mix of ethnicities, beliefs, traditions, smells and contrasting colors since November 16, 1519, when - after having had three different locations - the Villa de San Cristóbal de La Habana was officially established, at the site where the Plaza de Armas, El Templete and its revered ceiba tree, are found today.
However, Havana is currently more popular than ever as confirmed by the third edition of the Seven Wonder Cities of the World competition, organized by the New7Wonders Foundation based in Switzerland, in 2014. Havana placed among the top wonder cities of the world, alongside Beirut (Lebanon), Doha (Qatar), Durban (South Africa), Kuala Lumpur (Malaysia), La Paz (Bolivia) and Vigan (The Philippines).
It is worth highlighting that the competition featured 1,200 cities from 220 countries, while Havana also featured among the 25 most photographed places in the world. According to the President of New7Wonders, Bernard Weber, the title of Wonder City of the World will be awarded to the Cuban capital on June 7, as a symbol of the global diversity of urban society and because everything – tangible or intangible – included within the 726.75 square kilometer area is Cuba.

THE KEY TO A NEW WORLD

Although there are many stories about how the city got its name, the most widely accepted is that relating to the Taíno chief Habaguanex. Boasting an advantageously positioned port and enviable geographic location, Havana became the most prized of Spain’s colonies throughout the Americas during the colonial period, and subsequently became known as the “Key to the New World and Rampart of the West Indies.”
Officially declared a city on December 20, 1592, by King Philip II of Spain, and following the relocation of the Spanish government headquarters to the area in 1593, from Santiago de Cuba, Havana became the island’s capital. The city currently covers 0.7% of the country’s surface area and has, among its extraordinary relics, over 30 National Monuments.
With its unique natural environment, Havana will forever be remembered as the “city of architecture, poetry, rebellions; the conspiring city, of great heroics, and of course, of culture.”
Diría Xonia Beltrán, director of Tourism for the popular city destination of Havana, noted that efforts are underway to further develop varied events and protect cultural, patrimonial and educational treasures; with work focused on cultural and scientific activities, which include the majority of the island’s professionals.
But despite the fact that one fifth of the island’s total population and 30% of its professionals live in Havana, and although the city generates over half of the country’s tourism revenue and Gross Domestic Product, the capital lacks mobility.

A HISTORIC CITY
What is more, as the city celebrates its 490th anniversary, Havana “is rundown in many places, in ruins in others, often the victim of neglect, negligent tendencies and lack of appreciation for the symbolic value of a city that was able to announce a new order which it has maintained for over half a century with the noble character of our own people.” Unlike many places throughout the Americas, Havana has successfully preserved its colonial architectural heritage.
The world famous Old Havana, which includes the city’s historic center and network of forts declared World Heritage sites by UNESCO in 1982, is interwoven among former palaces, mansions, small and large squares, cobblestone streets, churches, saints and lofty balconies filled with a mixture of people, voices, and flavors. Cuba’s oldest square, Plaza de Las Armas; that known as Plaza Vieja; Plaza San Francisco de Asís and Plaza de la Catedral, which were built at the end of the 16th century, have all become important icons of the area.

In addition to the San Carlos de la Cabaña Fort, which protected Spanish forces after the British navy captured Havana in 1762, and which still symbolically guards the bay, the city is home to castles built to ward off corsairs and pirates, while it also boasts some of the oldest forts in the Americas including the Real Fuerza (1577), San Salvador de La Punta (1600) and Tres Reyes Magos del Morro (1630).
One hundred and forty structures dating from the 16th-17th centuries still stand in the historic center, almost all military or religious buildings; as well as some 200 from the 18th century, the majority civil infrastructure spaces; and over 450 from the 19th century, during which urbanization greatly expanded. The city continued to develop rapidly expanding beyond the perimeters of the defensive wall constructed to protect it. Almost 100 years later, around 1863, that wall began to be demolished.

BEYOND THE WALLS
Havana began to grow rapidly during the first half of the 20th century. The city expanded from east to west in a rapid process of addition rather than substitution, over less than six decades. With the triumph of the Revolution the idea was now to focus on investing in the rest of the country in order to reduce the historic disparity between the capital and the rest of the island
Pre-1990s migration figures show that Havana had a sustainable migration rate. However, with the on set of the Special Period, this trend shot up and the city become an even more diverse place.
This is the same city that is home to the stunning Playas del Este beaches; whose Parque Metropolitano represents the enormous green lung of the capital; which today still features the first promenade built in the city; as well as Paula street, along which a young Martí would stroll, and the University of Havana stairway, where the most radical and authentic revolutionary ideals were formulated; which among Daiquirís and other alcoholic beverages guards the memory of visits by Ernest Hemingway to the El Floridita bar and restaurant, and Creole cuisine and wall scribblings at the La Bodeguita del Medio.
Havana also boasts the majestic Colon Cemetery and exquisite Hotel Nacional, which has seen important figures from the arts, culture and politics, parade along its hallways; ancestral Asian culture brought over by the Chinese from 1847; the grand neo-classical buildings which surround the Capitolio, the memorial at the Plaza de la Revolución, or the talented artists who have performed on stages such as that of the Alicia Alonso Grand Theater of Havana, the National Fine Arts Museum and Paseo del Prado.

To the west of the city the streets begin to widen leading to the busy neighborhood of Vedado, then onto the dazzling Tropicana Cabaret and 5th Avenue, whose elegance has seen it become a diplomatic and business center, until the Havana Convention Center, which hosts a wide variety of events.
It was to this Havana that the rebel soldiers entered in 1959, and where almost half of all visitors to the island come every year. Havana is quite simply the sui géneris mother of the social, cultural, economic and political evolution of a country committed to its people’s wellbeing.
Protected to the north by a eight  kilometer-long sea wall (the Malecón), the warm and welcoming city, the inspiration for many poems and songs, greets visitors with the open arms of its Christ, and watched over by the La Giraldilla weathervane. Havana is the traditional melting pot, as described by Fernando Ortiz; a city which belongs to its residents and to all Cubans.







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GUIDE IN HAVANA( WALKING TOURS IN OLD HAVANA):

Humberto Linares

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miércoles, 2 de noviembre de 2016

41 COSAS QUE HACER EN LA HABANA [sugerencias]

La Habana tiene su son, su ron, su ropa vieja, sus mojitos, sus atardeceres en El Malecón... Un paraíso cubano robado al tiempo en el que solo puedes dejarte llevar...




1. Deambular y dejarte llevar sin plano por las coloridas calles del centro y otras más alejadas y descubrir rincones con un encanto indescriptible.


2. Hacer una pausa en la barra del bar La Lluvia de Oro. El barman con su amplia sonrisa te preparará unos mojitos mientras te explica el secreto de su cocktail.

3. Salir de fiesta en La Fábrica de Arte Cubano (F.A.C) un espacio cultural interactivo de lo más vanguardista.

4. Tararear sin parar alguna de las canciones pegadizas que oirás sin cesar como El bodeguero: “Siempre en su casa, presente está… el bodeguero y el cha cha cha, vete a la esquina y lo verás…” y que acabe formando parte de la banda sonora de tu viaje.

5. Ver el atardecer desde El Malecón y no querer marcharte; los pescadores habaneros de fondo, alguna música lejana y la estampa de los niños saltando desde las rocas al mar…

6. Tomar una piña colada en el mítico Hotel Nacional de Cuba de los años 30, declarado Memoria del Mundo por la UNESCO. Mientras la degustas frente al mar Caribe, un grupo toca la maravillosa melodía Yolanda de Pablo Milanés.

7. Malanga todos los días, desde por la mañana hasta por la noche; es un tubérculo parecido al boniato que utilizan a menudo como guarnición.

8. Broncearte en una tumbona de la azotea del bonito Hotel Saratoga y darte un refrescante chapuzón en su piscina desde donde disfrutarás de la magnífica vista del Capitolio.

9. Tomarte una Tukola (la Coca Cola local) en Variedades Obispo (Complejo Comercial Gastronómico), una especie de diner cubano situado en el casco histórico de la Habana Vieja.

10. Tomar una piña colada en el mítico Hotel Nacional de Cuba de los años 30, declarado Memoria del Mundo por la UNESCO. Mientras la degustas frente al mar Caribe, un grupo toca la maravillosa melodía Yolanda de Pablo Milanés.

11. Malanga todos los días, desde por la mañana hasta por la noche; es un tubérculo parecido al boniato que utilizan a menudo como guarnición.

12. Broncearte en una tumbona de la azotea del bonito Hotel Saratoga y darte un refrescante chapuzón en su piscina desde donde disfrutarás de la magnífica vista del Capitolio.

13. Tomarte una Tukola (la Coca Cola local) en Variedades Obispo (Complejo Comercial Gastronómico), una especie de diner cubano situado en el casco histórico de la Habana Vieja.

14. Ojear los libros de la revolución; sobre del Che Guevara, Fidel Castro o Camilo Cienfuegos, en los puestos de la preciosa Plaza de Armas.

15. Las amantes de la moda, recorrerán de arriba abajo a modo de pasarela, el arbolado Paseo del Prado, donde se celebró el último desfile crucero de Chanel.

16. Dejarte impresionar por la Plaza de la Revolución concebida en los años 20 por el arquitecto paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier, en la que se encuentra la sede del Gobierno Cubano.

17. Dormir en un agradable hotel boutique como Casa Vedado del residencial barrio de Vedado y que la encantadora casera te prepare sonriente el desayuno por la mañana.

18. Refrescarse del calorín tomando uno o varios daiquiris en el mítico y agitado Floridita, mientras un grupo de música cubana anima el ambiente.

19. Hospedarse en casas particulares para vivir de cerca la experiencia cubana y poder compartir la estancia con los propietarios y el resto de los viajeros.

20. Tomar un bicitaxi y recorrer la bonita avenida de Carlos III, llena de comercios, carteles, viejos cines… y literalmente no poder para de hacer fotos.

21. Dar una vuelta con el pelo al viento en uno de los preciosos coches americanos de los 50; como un Chevrolet descapotable y que al final del paseo te digan que perteneció al famoso cantante Benny Moré.

22. Enterarte de la diferencia de uso de las dos monedas oficiales, el CUP, peso cubano y elCUC peso convertible, destinado a los extranjeros.

23. Una comida cubana en el balcón del Paladar los Mercaderes, no por sus manjares, aunque te prometan lo contrario, sino por su estilo, en el que parece que no ha pasado el tiempo.

24. Conseguir aprender a tomar un taxi colectivo, como si fueras un local. Compartirás la carrera con otras personas que van en la misma dirección por sólo un CUC. Una vez dentro, solo debes seguir las normas del conductor, que con un gesto te dirá dónde sentarte dependiendo del lugar a donde vayas.

25. Tomar pollo grillé, en todos y cada uno de los restaurantes y casas y que cada vez te vendan que es su especialidad y que está exquisito.

26. Disfrutar de un viaje 100% détox digital (sin una pizca de Internet) y notar lo bien que sienta.

27. Volverte a refrigerar en el rooftop de una de las moradas del Hemingway en el Hotel Ambos Mundos, con una espectacular vista de la Habana Vieja.

28. Intentar bailar salsa con más o menos gracia en algún bar, soltarte la melena y sentir que no lo haces tan mal.

29. Una cena de lo más romántica en La Guarida, un impresionante paladar con un encanto indescriptible al que accedes por un portón desvencijado y una escalinata. Puedes acabar la noche copeando en su espectacular terraza que domina la ciudad.

30. Conseguir esquivar con elegancia a los “jineteros” que te perseguirán con una persistencia infinita por todas las calles de la ciudad para intentar venderte cualquier cosa.

31. Probar la ropa vieja, uno de los platos cubanos más típicos

32. Hacer fotos de cada rincón y no poder parar porque absolutamente todo es “fotografiable”.

33. Tomar unas mariquitas (snack de plátano frito) y una cerveza Cristal al caer la tarde en alguna de las terrazas de la Plaza Mayor.

34. Fumarte un Habano, un Montecristo, un Churchill de Romeo y Julieta o un Lancero de Cohíba frente al Parque Central en el famoso Hotel Inglaterra como en la época dorada de los años 30.

35. Pasear por el barrio residencial de Vedado, entre sus casas coloniales con jardín e impresionantes edificaciones; seguir paseando y no cansarte.

36. Tomar taxis antiguos de colores improbables, rosa chicle, verde manzana, celeste, amarillo crema…

37. Descubrir la arquitectura y vegetación del Vedado con algún experto que te cuente su origen y anécdotas.

38. Tomar un vaso de agua filtrada por los métodos antiguos en la singular Casa del Agua La Tinaja

39. Disfrutar de la arquitectura cubana, como el Edificio Bacardí, el Teatro Fausto o el Teatro América.

40. “Hacer la cola” al estilo cubano, con mucho orden y relax; debajo de un árbol, en un parque, o desde un banco a unos metros del lugar, sabiendo que nadie se va a colar porque has pedido la vez. (Para la organización, la idea es que cada persona memorice la cara del anterior).

41. Terminar la estancia con una impresionante panorámica desde La Torre, el restaurante de la planta 33 del mítico edificio Focsa, una de las 7 maravillas de la ingeniería civil cubana y una gran innovación de los años 50.




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GUIA EN LA HABANA (Recorridos de Ciudad en la Habana Vieja):
Humberto Linares
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