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sábado, 25 de julio de 2026

Decepción y lecciones

La mayor decepción de Cuba este 2026 no ha sido la escasez de combustible, sino el silencio del mundo

Reflexión sobre la solidaridad histórica y el panorama social en Cuba.


Los pueblos verdaderamente valientes son pocos. Los gobiernos valientes, todavía menos.

Quizá ese fue nuestro mayor error de cálculo. Pensar que la solidaridad genera solidaridad. Creer que quienes un día recibieron una mano tendida estarían dispuestos a tender la suya cuando llegara nuestro momento más difícil.

Cuba envió maestros donde no había escuelas. Envió médicos donde no había hospitales. Alfabetizó a quienes nunca habían sostenido un libro. Devolvió la vista a millones de personas. Compartió lo poco que tenía, incluso cuando tampoco le sobraba. Y, en algunos lugares, hubo cubanos que dejaron hasta su propia vida convencidos de que ayudar a otros pueblos era también una forma de defender la dignidad humana.

Por eso duele.

No porque esperáramos que el mundo resolviera nuestros problemas. Ningún pueblo digno puede construir su futuro esperando que otros lo hagan por él. Duele porque, cuando llegó el momento de la reciprocidad, descubrimos que las palabras son mucho más abundantes que el valor.

Cada año se escuchan discursos, declaraciones y votos de apoyo. Pero cuando llega la hora de dar un paso que implique asumir un costo político o económico, la inmensa mayoría prefiere guardar distancia. El miedo suele ser más fuerte que las convicciones.

No es un fenómeno exclusivo de Cuba. Basta mirar el sufrimiento del pueblo palestino para comprobar que la indignación internacional rara vez se transforma en acciones capaces de cambiar la realidad. Los que dan un paso al frente suelen ser los más humildes, los que menos poder tienen y, paradójicamente, los que más arriesgan.

Aun así, no somos un pueblo que se rinda fácilmente.

Ya atravesamos una etapa muy dura en los años noventa. Sabemos lo que significa vivir con enormes carencias. Aquella experiencia nos enseñó a resistir, a improvisar, a compartir y a seguir adelante cuando parecía que no quedaban fuerzas.

Esta vez también saldremos adelante. No será fácil. Será una batalla larga por la soberanía, pero también contra el cansancio, la desesperanza, la apatía y el desgaste que producen tantos años de dificultades. Algunos quedarán en el camino, no necesariamente porque les falte amor por su país, sino porque ningún ser humano es inmune al agotamiento.

Ojalá algún día el mundo comprenda que la verdadera solidaridad no consiste en pronunciar discursos ni en aprobar resoluciones. La verdadera solidaridad empieza cuando defender un principio exige asumir algún riesgo.

Mientras ese día llega, los cubanos seguiremos haciendo lo que hemos hecho durante generaciones: resistir, trabajar, cuidar de los nuestros y confiar en que la historia, tarde o temprano, termina distinguiendo a quienes tuvieron el valor de actuar de quienes solo encontraron palabras.