Sueños y recuerdos: los que nacen y mueren soñando
Hay dos palabras que a veces se usan como si fueran iguales para todos, y no lo son: recuerdos y sueños. No significan lo mismo para todo el mundo. No pesan igual. No se consiguen igual. Y desde hace un tiempo pienso en eso, en cómo se reparten, en quién los tiene y quién apenas los imagina.
Hay un porcentaje pequeño de la humanidad que tiene los recuerdos que hoy se consideran válidos. Los días de universidad, los viajes a otros países, las experiencias tecnológicas, los días de compra, las fiestas con la familia con todo iluminado y sin estar en peligro. Eso se llama recuerdo. Eso se guarda. Eso se cuenta. Y hay otro porcentaje enorme, un setenta por ciento, que sueña con todo eso. Y sueña con la mitad, porque los sueños son en cantidad la mitad de los recuerdos. Se sueña con lo que se conoce, y si vives una vida de pobreza o de mediocridad material, tus sueños son limitados. Soñás con lo que viste. Y si viste poco, soñás poco. O soñás con lo que la publicidad te muestra, o con lo que el vecino que le va bien dejó entrever. Pero eso no es soñar: eso es mirar el sueño de otro.
Ahora, eso no significa que los que sueñan no tengan nada. Significa que tienen otra cosa. Tienen sueños, que no es poco. Y algunos tienen recuerdos que no se miden en viajes ni en compras, sino en cosas más hondas. Cuba, por ejemplo. Cuba es un país donde falta lo material, eso no se puede negar. Falta comida, falta medicina, falta luz, falta transporte. Pero Cuba tiene un basamento educativo e intelectual que no se cae. Y Cuba tiene recuerdos que no son de consumo, sino de solidaridad. Recuerdos de haber salido a enseñar a otros países, a alfabetizar, a curar. Recuerdos de haber ido a terremotos y epidemias a ayudar. Recuerdos de haber luchado por la independencia de otros pueblos y haberla logrado. Eso también son recuerdos. Y son recuerdos grandes. De los que no se compran. De los que no se pueden quitar con un bloqueo.
Entonces la cosa no es solo que unos sueñan y otros recuerdan. Es que hay recuerdos que no se valoran. Hay recuerdos que no entran en el porcentaje pequeño. Hay vidas enteras que son un recuerdo vivo para otros pueblos, y que sin embargo se miran desde afuera como si fueran solo carencia. Como si soñar y dar no contara. Como si solo contara tener.
Y no es lo mismo escribir sobre eso que vivirlo. Eso lo tengo claro. Yo puedo escribir esto y después salir a ver si hay agua, si hay pan, si hay corriente. Otros están igual o peor. Todos estamos adentro. Nadie mira desde afuera. Y aun así hay gente sensible que se da cuenta. Aquí y allá. Gente que ve cómo se puede vivir o no vivir en sociedades que solo sueñan. Gente que entiende que soñar no es lo mismo cuando sabes que no se va a cumplir. Pero lo importante no somos los que escribimos. Lo importante son esos seres que están limitados al nacer y morir soñando. Esos son los que importan. Los que nacen con el sueño ya recortado y mueren sin haberlo tocado.
He pensado mucho en esto. En cómo los sueños no son iguales para todos. Uno cree que soñar es libre, que nadie te puede quitar lo que imaginás. Mentira. Sueñas con lo que conocés. Sueñas con lo que viste. Y aquí, ¿qué viste? Entonces sueñas con eso. Soñás con que se vaya la cola, con que vuelva la luz, con que el que se fue escriba. No suoñas con lo que no conocés. No sueñas con París no sabes que existe o nunca has visto una foto. Y si la viste, la viste en una pantalla prestada, en un video que se corta, en algo que no es tuyo. Eso no es soñar. Eso es mirar el sueño de otro. Y encima te dicen que tienes la culpa. Que si no tienes recuerdos es porque no te esforzaste. Y uno a veces lo cree. Eso es lo peor. Que uno a veces lo cree.
Después están los otros. Los que tienen los recuerdos válidos. Los que viajaron, los que estudiaron, los que compraron, los que festejaron con la familia y con todo iluminado y sin estar en peligro. Y no digo que sean malos. No todos. Hay gente sensible ahí adentro. Gente que se da cuenta. Que ve la grieta. Que siente que sus recuerdos lindos se sostienen sobre los sueños rotos de otros. Lo sienten. Lo dicen a veces. Lo escriben. Lo denuncian. Pero después siguen adentro. Porque salir significa renunciar a los propios recuerdos. Y eso nadie lo hace. Yo tampoco. Yo estoy escribiendo esto desde adentro de un país que sueña y que también ha dado recuerdos. No me engaño.
Y hay algo más, algo que casi no se dice. Las dictaduras. Sí, las dictaduras. A los países pequeños, a los países con otra historia, les acusan de tener dictaduras. Y es verdad. Las tienen. Pero un dictador dura lo que dura un cuerpo. Se muere. Lo matan. Se va. Un dictador pone sueños, sí, pero por un tiempo. Tiene fecha de vencimiento. En cambio una potencia grande, un país fuerte, una máquina poderosa, no tiene fecha. Puede eliminar los sueños por generaciones. Por generaciones enteras. Y los que vienen detrás, los que heredan los recuerdos maravillosos, entienden —aunque no lo digan— que para que ellos sigan teniendo esos recuerdos, otros tienen que seguir sin sueños. Y contribuyen. Una y otra vez. Sin querer, a veces. Queriendo, otras. Pero contribuyen. Y desde siempre, pero más desde un tiempo para acá, hay naciones y pueblos que apoyan a gobiernos para que rompan los sueños de otros pueblos y naciones. Y esos pueblos destruidos, que logran tener algunos sueños hechos realidad y convertidos en recuerdos, de repente lo pierden. Pierden a sus hijos, pierden sus casas, pierden lo poco que tenían. Y la nación que se lo arrebata se siente orgullosa de ser más fuerte. Se siente orgullosa de haber convertido sueños y recuerdos en cenizas.
Pero no todos los sueños se convierten en cenizas. Hay sueños que se convierten en recuerdos aunque nadie los vea. Hay recuerdos que se sostienen aunque todo esté en contra. Hay países que dan al mundo lo que no tienen, y eso es un recuerdo que no se borra. Y hay seres, sobre todo hay seres, que nacen y mueren soñando, limitados desde el principio, y que aun así sostienen la esperanza sin haberla tocado nunca.
Y entonces llegamos a esto. A lo que pasa hoy. A la culminación de todo esto en los tiempos modernos: la emigración. Porque todo lo que dije antes —los que sueñan, los que acumulan recuerdos, los que limitan los sueños de otros, los que convierten sueños y recuerdos en cenizas— todo eso desemboca en esto. En gente que agarra y se va. Que arriesga la vida. Que cruza mares, selvas, desiertos, muros. Que se mete en un bote, en un tren, en un camión, en lo que sea. Para lograr los sueños que tiene en mente. Sueños que a veces vienen cubiertos de oropel, de revistas de moda, de viajes, de cosas que brillan y que no son lo esencial. Pero otras veces son sueños más hondos: la familia, el futuro, la posibilidad de que sus hijos vivan algo distinto, inclusive el futuro del país que dejan. Porque muchos se van pensando en volver. O en mandar. O en que algún día esto cambie.
Y esas personas, esos pueblos, esas naciones que durante generaciones, durante siglos, han tenido limitada su capacidad de soñar, llegan a las naciones poderosas. Y esas naciones poderosas lo son, entre otras cosas, precisamente porque limitaron a otros su capacidad de soñar y de tener recuerdos. Eso no se puede separar. La prosperidad de unas se sostiene sobre los sueños rotos de otras. Y ahora los que soñaron tanto llegan allí. Y al llegar, interfieren. Porque compiten. Porque trabajan. Porque estudian. Porque a veces superan a los que están. Y allí está la tensión que casi nadie nombra: el emigrante no solo busca; también irrumpe. Y los que ya estaban, que heredaron recuerdos construidos sobre sueños ajenos, sienten que ahora les tocan su parte. Se quejan. Se cierran. Levantan muros. Votan por los que prometen expulsar. Y no ven, o no quieren ver, que ellos también fueron parte de esa máquina que empujó a esos pueblos a soñar sin recuerdos. Es la rueda girando. Es la culminación de todo esto.
Y sin embargo, hay algo que no se puede negar. Esos que emigran llevan consigo lo que son. Llevan sueños, sí. Pero también llevan recuerdos que no se miden en compras ni en viajes. Llevan lo que aprendieron. Llevan lo que dieron. Llevan la solidaridad, la enseñanza, la salud, la capacidad de levantarse después de cualquier cosa. Y eso, aunque no se valore, aunque no entre en el porcentaje pequeño de los recuerdos válidos, es un recuerdo grande. Es de los que no se borran. Es de los que sostienen.
Así que la pregunta final no es quién tiene más recuerdos. La pregunta es quién sostiene los sueños cuando todo está en contra. Y ahí, en esa respuesta, están esos seres que nacen y mueren soñando. Esos son los importantes. No los que escribimos sobre ellos. No los que los estudiamos. No los que nos compadecemos. Ellos. Los que nacen con el sueño recortado y mueren sin haberlo cumplido del todo, pero habiéndolo sostenido. Y los que se van, arriesgando todo, para que sus hijos tengan aunque sea un recuerdo. Esos también. Esos sobre todo.
Quizá el único recuerdo que les podemos dar es nombrarlos. Decir que estuvieron. Decir que soñaron. Decir que no todo fue ceniza. Decir que, incluso en la rueda que gira, incluso en la máquina que mueve y tritura, hubo quienes sostuvieron el sueño hasta el final. Y que eso, aunque el mundo no lo cuente, es un recuerdo. Y es de los grandes.
