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domingo, 20 de septiembre de 2026

Recuerdos vs Sueños

Sueños y recuerdos: los que nacen y mueren soñando

calles y sombras reflejando la espera, la memoria y la esperanza.


Hay dos palabras que a veces se usan como si fueran iguales para todos, y no lo son: recuerdos y sueños. No significan lo mismo para todo el mundo. No pesan igual. No se consiguen igual. Y desde hace un tiempo pienso en eso, en cómo se reparten, en quién los tiene y quién apenas los imagina.

Hay un porcentaje pequeño de la humanidad que tiene los recuerdos que hoy se consideran válidos. Los días de universidad, los viajes a otros países, las experiencias tecnológicas, los días de compra, las fiestas con la familia con todo iluminado y sin estar en peligro. Eso se llama recuerdo. Eso se guarda. Eso se cuenta. Y hay otro porcentaje enorme, un setenta por ciento, que sueña con todo eso. Y sueña con la mitad, porque los sueños son en cantidad la mitad de los recuerdos. Se sueña con lo que se conoce, y si vives una vida de pobreza o de mediocridad material, tus sueños son limitados. Soñás con lo que viste. Y si viste poco, soñás poco. O soñás con lo que la publicidad te muestra, o con lo que el vecino que le va bien dejó entrever. Pero eso no es soñar: eso es mirar el sueño de otro.

Ahora, eso no significa que los que sueñan no tengan nada. Significa que tienen otra cosa. Tienen sueños, que no es poco. Y algunos tienen recuerdos que no se miden en viajes ni en compras, sino en cosas más hondas. Cuba, por ejemplo. Cuba es un país donde falta lo material, eso no se puede negar. Falta comida, falta medicina, falta luz, falta transporte. Pero Cuba tiene un basamento educativo e intelectual que no se cae. Y Cuba tiene recuerdos que no son de consumo, sino de solidaridad. Recuerdos de haber salido a enseñar a otros países, a alfabetizar, a curar. Recuerdos de haber ido a terremotos y epidemias a ayudar. Recuerdos de haber luchado por la independencia de otros pueblos y haberla logrado. Eso también son recuerdos. Y son recuerdos grandes. De los que no se compran. De los que no se pueden quitar con un bloqueo.

Entonces la cosa no es solo que unos sueñan y otros recuerdan. Es que hay recuerdos que no se valoran. Hay recuerdos que no entran en el porcentaje pequeño. Hay vidas enteras que son un recuerdo vivo para otros pueblos, y que sin embargo se miran desde afuera como si fueran solo carencia. Como si soñar y dar no contara. Como si solo contara tener.

Y no es lo mismo escribir sobre eso que vivirlo. Eso lo tengo claro. Yo puedo escribir esto y después salir a ver si hay agua, si hay pan, si hay corriente. Otros están igual o peor. Todos estamos adentro. Nadie mira desde afuera. Y aun así hay gente sensible que se da cuenta. Aquí y allá. Gente que ve cómo se puede vivir o no vivir en sociedades que solo sueñan. Gente que entiende que soñar no es lo mismo cuando sabes que no se va a cumplir. Pero lo importante no somos los que escribimos. Lo importante son esos seres que están limitados al nacer y morir soñando. Esos son los que importan. Los que nacen con el sueño ya recortado y mueren sin haberlo tocado.

He pensado mucho en esto. En cómo los sueños no son iguales para todos. Uno cree que soñar es libre, que nadie te puede quitar lo que imaginás. Mentira. Sueñas con lo que conocés. Sueñas con lo que viste. Y aquí, ¿qué viste?  Entonces sueñas con eso. Soñás con que se vaya la cola, con que vuelva la luz, con que el que se fue escriba. No suoñas con lo que no conocés. No sueñas con París no sabes que existe o nunca has visto una foto. Y si la viste, la viste en una pantalla prestada, en un video que se corta, en algo que no es tuyo. Eso no es soñar. Eso es mirar el sueño de otro. Y encima te dicen que  tienes la culpa. Que si no tienes recuerdos es porque no te esforzaste. Y uno a veces lo cree. Eso es lo peor. Que uno a veces lo cree.

Después están los otros. Los que tienen los recuerdos válidos. Los que viajaron, los que estudiaron, los que compraron, los que festejaron con la familia y con todo iluminado y sin estar en peligro. Y no digo que sean malos. No todos. Hay gente sensible ahí adentro. Gente que se da cuenta. Que ve la grieta. Que siente que sus recuerdos lindos se sostienen sobre los sueños rotos de otros. Lo sienten. Lo dicen a veces. Lo escriben. Lo denuncian. Pero después siguen adentro. Porque salir significa renunciar a los propios recuerdos. Y eso nadie lo hace. Yo tampoco. Yo estoy escribiendo esto desde adentro de un país que sueña y que también ha dado recuerdos. No me engaño.

Y hay algo más, algo que casi no se dice. Las dictaduras. Sí, las dictaduras. A los países pequeños, a los países con otra historia, les acusan de tener dictaduras. Y es verdad. Las tienen. Pero un dictador dura lo que dura un cuerpo. Se muere. Lo matan. Se va. Un dictador pone sueños, sí, pero por un tiempo. Tiene fecha de vencimiento. En cambio una potencia grande, un país fuerte, una máquina poderosa, no tiene fecha. Puede eliminar los sueños por generaciones. Por generaciones enteras. Y los que vienen detrás, los que heredan los recuerdos maravillosos, entienden —aunque no lo digan— que para que ellos sigan teniendo esos recuerdos, otros tienen que seguir sin sueños. Y contribuyen. Una y otra vez. Sin querer, a veces. Queriendo, otras. Pero contribuyen. Y desde siempre, pero más desde un tiempo para acá, hay naciones y pueblos que apoyan a gobiernos para que rompan los sueños de otros pueblos y naciones. Y esos pueblos destruidos, que logran tener algunos sueños hechos realidad y convertidos en recuerdos, de repente lo pierden. Pierden a sus hijos, pierden sus casas, pierden lo poco que tenían. Y la nación que se lo arrebata se siente orgullosa de ser más fuerte. Se siente orgullosa de haber convertido sueños y recuerdos en cenizas.

Pero no todos los sueños se convierten en cenizas. Hay sueños que se convierten en recuerdos aunque nadie los vea. Hay recuerdos que se sostienen aunque todo esté en contra. Hay países que dan al mundo lo que no tienen, y eso es un recuerdo que no se borra. Y hay seres, sobre todo hay seres, que nacen y mueren soñando, limitados desde el principio, y que aun así sostienen la esperanza sin haberla tocado nunca.

Y entonces llegamos a esto. A lo que pasa hoy. A la culminación de todo esto en los tiempos modernos: la emigración. Porque todo lo que dije antes —los que sueñan, los que acumulan recuerdos, los que limitan los sueños de otros, los que convierten sueños y recuerdos en cenizas— todo eso desemboca en esto. En gente que agarra y se va. Que arriesga la vida. Que cruza mares, selvas, desiertos, muros. Que se mete en un bote, en un tren, en un camión, en lo que sea. Para lograr los sueños que tiene en mente. Sueños que a veces vienen cubiertos de oropel, de revistas de moda, de viajes, de cosas que brillan y que no son lo esencial. Pero otras veces son sueños más hondos: la familia, el futuro, la posibilidad de que sus hijos vivan algo distinto, inclusive el futuro del país que dejan. Porque muchos se van pensando en volver. O en mandar. O en que algún día esto cambie.

Y esas personas, esos pueblos, esas naciones que durante generaciones, durante siglos, han tenido limitada su capacidad de soñar, llegan a las naciones poderosas. Y esas naciones poderosas lo son, entre otras cosas, precisamente porque limitaron a otros su capacidad de soñar y de tener recuerdos. Eso no se puede separar. La prosperidad de unas se sostiene sobre los sueños rotos de otras. Y ahora los que soñaron tanto llegan allí. Y al llegar, interfieren. Porque compiten. Porque trabajan. Porque estudian. Porque a veces superan a los que están. Y allí está la tensión que casi nadie nombra: el emigrante no solo busca; también irrumpe. Y los que ya estaban, que heredaron recuerdos construidos sobre sueños ajenos, sienten que ahora les tocan su parte. Se quejan. Se cierran. Levantan muros. Votan por los que prometen expulsar. Y no ven, o no quieren ver, que ellos también fueron parte de esa máquina que empujó a esos pueblos a soñar sin recuerdos. Es la rueda girando. Es la culminación de todo esto.

Y sin embargo, hay algo que no se puede negar. Esos que emigran llevan consigo lo que son. Llevan sueños, sí. Pero también llevan recuerdos que no se miden en compras ni en viajes. Llevan lo que aprendieron. Llevan lo que dieron. Llevan la solidaridad, la enseñanza, la salud, la capacidad de levantarse después de cualquier cosa. Y eso, aunque no se valore, aunque no entre en el porcentaje pequeño de los recuerdos válidos, es un recuerdo grande. Es de los que no se borran. Es de los que sostienen.

Así que la pregunta final no es quién tiene más recuerdos. La pregunta es quién sostiene los sueños cuando todo está en contra. Y ahí, en esa respuesta, están esos seres que nacen y mueren soñando. Esos son los importantes. No los que escribimos sobre ellos. No los que los estudiamos. No los que nos compadecemos. Ellos. Los que nacen con el sueño recortado y mueren sin haberlo cumplido del todo, pero habiéndolo sostenido. Y los que se van, arriesgando todo, para que sus hijos tengan aunque sea un recuerdo. Esos también. Esos sobre todo.

Quizá el único recuerdo que les podemos dar es nombrarlos. Decir que estuvieron. Decir que soñaron. Decir que no todo fue ceniza. Decir que, incluso en la rueda que gira, incluso en la máquina que mueve y tritura, hubo quienes sostuvieron el sueño hasta el final. Y que eso, aunque el mundo no lo cuente, es un recuerdo. Y es de los grandes.

viernes, 22 de mayo de 2026

La fábrica del desarraigo: Por qué Disney te dice "vete"

Había una vez un niño que creció viendo películas en las que los personajes más valientes eran siempre los que se iban. Los que se quedaban en casa eran los cobardes, los conformistas, los grises. El mensaje era sencillo, repetido millones de veces, disfrazado de música, colores y magia: tu vida verdadera vida está en otro lugar. Ese niño creció, hizo sus maletas, y dejó atrás a sus padres, su barrio, sus raíces. Cumplió exactamente el guion que le habían escrito.

Lo que Disney le dice a los niños


No es un cuento. Es la historia de millones de personas en el mundo entero. Y tiene autores concretos, empresas concretas, y una lógica económica muy bien calculada detrás.

 I. El negocio de la insatisfacción.

Para entender la relación entre los medios audiovisuales y la destrucción del tejido familiar, hay que empezar por una pregunta incómoda: ¿a quién le conviene que la gente esté insatisfecha?

La respuesta es brutal en su simplicidad: a quien vende cosas. Una persona satisfecha con su vida, con su familia, con su comunidad, consume poco. Una persona que siente que le falta algo, que su vida es mediocre comparada con lo que ve en las pantallas, que sus sueños están en otra parte… esa persona consume sin parar. Compra, migra, busca, se reinventa. Y en cada etapa de esa búsqueda, hay alguien esperando para venderle algo.

Los medios audiovisuales —la televisión, el cine, las plataformas de streaming, los videojuegos— no son simplemente entretenimiento. Son máquinas de fabricar deseos. Su función económica más profunda no es divertirte, sino crear en ti una brecha entre lo que tienes y lo que crees que mereces tener. Esa brecha se llama, en el lenguaje del marketing, «aspiración». En el lenguaje del mundo real, se llama infelicidad programada.

«No te venden una película. Te venden una versión de ti mismo que solo puede existir si lo abandonas todo y empiezas de nuevo en otro lugar.»

 II. Disney: la academia del abandono,

 pocas empresas han influido tanto en la psicología colectiva de la humanidad como The Walt Disney Company. Sus películas han formado a varias generaciones en todos los continentes. Han definido lo que significa ser valiente, lo que significa amar, lo que significa tener éxito. Y casi siempre, el héroe o la heroína de esas historias sigue el mismo arco narrativo:

Un joven —o una joven— que vive en un lugar pequeño, con una familia que no lo comprende del todo, siente que hay algo más grande esperándolo en el mundo. Contra la voluntad de los mayores, contra la tradición, contra las expectativas, se lanza a la aventura. Al final, triunfa. Los que se quedaron atrás quedan como un telón de fondo borroso.

Este esquema no es inocente. Es la plantilla del héroe que huye, repetida en La Sirenita, en Aladín, en Moana, en Ratatouille, en Coco —curiosamente esta última ambientada en México, un país con altísimas tasas de emigración—, en Encanto, en prácticamente toda la filmografía de la empresa.

¿Qué le dice Disney a un niño?

Le dice que sus padres no lo entienden. Que el lugar donde nació es demasiado pequeño o pobre para él. Que sus sueños son más importantes que cualquier vínculo previo. Que la familia verdadera no es la de sangre, sino la que uno «elige» en el camino. Que quedarse en casa es rendirse.

Esas ideas, repetidas desde los tres años de edad a través de personajes queridos, melodías pegajosas y emociones amplificadas al máximo, no quedan como simples historias. Quedan como valores. Se instalan en la estructura más profunda de cómo una persona entiende su propia vida.

Más de 70 años de producción continua de relatos donde el protagonista triunfa al alejarse de su origen. Generación tras generación, el mismo mensaje: vete.

El problema no está en que los personajes sean aventureros. El problema está en lo que queda fuera del cuadro: los padres que envejecen solos, los hermanos que no supieron cómo llenar ese espacio, la comunidad que se vacía poco a poco, el padre que mira la silla vacía en la mesa cada noche y no sabe exactamente cuándo fue que perdió a su hijo o hija.

III El relato de la quimera y sus víctimas reales,

 Una quimera, en la mitología griega, era un monstruo que escupía fuego. Con el tiempo, la palabra pasó a significar algo más sutil: un sueño hermoso que no puede realizarse. Los medios audiovisuales son, en gran medida, fábricas de quimeras.

Al niño del tercer mundo se le muestra, repetidamente, un primer mundo luminoso, limpio, lleno de posibilidades. Al joven del campo se le muestra la ciudad deslumbrante. Al trabajador humilde se le muestra la vida del millonario. Y siempre, siempre, con la misma promesa implícita: eso puede ser tuyo si eres suficientemente valiente para dejar lo que tienes.

Lo que no se muestra es la otra cara. El inmigrante que trabaja doce horas diarias en un trabajo que ningún nativo quiere hacer. La soledad feroz del que llega a una ciudad nueva sin red de apoyo. El momento en que la quimera se desvanece y lo único que queda es la distancia de lo que se dejó atrás, ya irrecuperable.

La trampa del «sueño americano» audiovisual

Hollywood —con Disney como buque insignia— ha sido el mayor exportador del llamado «sueño americano» en la historia, y Europa se beneficia por carambolas. Ese sueño tiene una estructura muy precisa: el individuo que triunfa por mérito propio, en tierra extraña, rompiendo con su pasado. Es exactamente el relato que una potencia emigratoria necesita para alimentarse de talento, juventud y fuerza de trabajo de todo el mundo.

No es casualidad que los países que más consumen cine de Hollywood sean también los que más emigran hacia los Estados Unidos. La película va primero. El avión viene después.

El primer colonizador que llega a un territorio no trae soldados. Trae películas. Trae canciones. Trae sueños prefabricados que hacen que los jóvenes de ese lugar quieran vivir en otra parte.

IV. El tejido roto: familia, comunidad y pertenencia

Durante miles de años, el ser humano vivió en comunidades donde tres o cuatro generaciones compartían espacio, tiempo y destino. Los abuelos criaban a los nietos. Los jóvenes cuidaban a los viejos. El conocimiento se transmitía de cuerpo a cuerpo, de voz a voz. La familia no era solo un sentimiento: era una estructura de supervivencia.

Ese modelo es exactamente lo que el capitalismo de consumo necesita destruir para funcionar. Una familia multigeneracional cohesionada produce mucho de lo que consume, intercambia sin dinero de por medio, cuida a sus propios enfermos y ancianos, y tiene una resistencia natural frente a la alienación y el consumismo. Es, desde el punto de vista del mercado, ¨extremadamente ineficiente¨.

¨El padre torpe, la madre castrante, el abuelo irrelevante¨

Hay un patrón que se repite en casi todo el cine y la televisión occidental: los adultos mayores son mostrados como obstáculos, no como guías. El padre es torpe, autoritario o simplemente ausente. La madre sobreprotege o no entiende. Los abuelos, cuando aparecen, son pintorescos pero prescindibles.

Esta representación sistemática cumple una función muy concreta: deslegitimar la autoridad y la sabiduría de las generaciones anteriores. Si los viejos son tontos, si los padres no entienden, entonces el joven no tiene por qué escucharlos. No tiene por qué quedarse. Su marcha no es abandono: es liberación. 

 V. Migración como narrativa, migración como tragedia. 

La emigración no es en sí misma algo malo. Los seres humanos siempre se han movido. El problema no es el movimiento: es el relato que lo impulsa y las condiciones en que ocurre.

Cuando un joven emigra persiguiendo una imagen construida por Hollywood —esa ciudad brillante, esa vida de posibilidades ilimitadas— no está tomando una decisión informada. Está siguiendo un guion. Y ese guion generalmente omite los capítulos más duros: la discriminación, la soledad, la pérdida de identidad, la culpa de haber dejado atrás a quienes dependían de él.

Y en el otro extremo, los que se quedan: los padres que aprenden a hablar por videollamada con hijos que ya no recuerdan exactamente el olor de la cocina de casa. Los hermanos que crecen sin hermanos. Los abuelos que mueren esperando una visita que no llega. Las comunidades que se vacían de jóvenes y se llenan de silencio.

La violencia invisible del «sigue tu sueño»

«Sigue tu sueño» es el mandato moral central del cine de masas contemporáneo. Suena hermoso. Pero esconde una crueldad silenciosa: asume que los sueños son individuales, que no tienen costo colectivo, que perseguirlos no daña a nadie.

En realidad, cuando un hijo se va y no vuelve, alguien paga ese precio. Cuando una comunidad pierde a sus jóvenes más capaces porque fueron educados para desearla, esa comunidad se empobrece. Cuando una cultura pierde sus portadores naturales porque aprendieron a avergonzarse de ella, esa cultura muere. Nadie hace una película sobre eso. No es rentable.

 VI. ¿Qué hacer con todo esto?

La primera respuesta ante un análisis como este suele ser la desesperanza. «Son empresas gigantescas, ¿qué puede hacer una familia normal?» Más de lo que parece.

La conciencia es ya una forma de resistencia. Cuando un padre o una madre sabe que la película que están viendo juntos lleva dentro un mensaje sobre el abandono, puede hablar de eso. Puede abrir el espacio para que el niño no solo sienta la emoción de la historia, sino que también la piense.

Las culturas que mejor han resistido la colonización audiovisual son las que han mantenido vivos sus propios relatos. Sus propias canciones, sus propias historias, sus propios héroes que no huyen sino que transforman el lugar donde nacieron. Contar historias propias es un acto político de primer orden.

El contra-relato necesario

Necesitamos relatos donde quedarse también sea valioso. Donde cuidar a los padres sea heroico. Donde construir en el lugar de origen sea un acto de valentía, no de conformismo. Donde la raíz no sea una cadena, sino una fuente de fuerza.

Esos relatos existen. Están en la música popular de nuestros pueblos. Están en los viejos que aún cuentan historias. Están en las madres que preservan recetas, canciones, formas de mirar el mundo que ningún algoritmo ha podido catalogar todavía. Están esperando ser contados en voz alta, con orgullo, sin pedir disculpas.

Porque el día en que dejemos de contarlos, habremos terminado de perder lo que más importa: no el territorio, sino el vínculo. No la tierra, sino los que caminan sobre ella juntos.

Humberto Linares

Profesor y Guia de ciudad en la Habana

whatssap +53 52646921

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