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domingo, 10 de mayo de 2026

Cuando la geopolítica busca humillar al intelecto

De la Autoridad al Ocaso: La Anatomía de un Castigo Soberano

La escena ocurrió hace años, en el corazón del Periodo Especial en Cuba, pero su significado es atemporal. Un profesor universitario —un hombre que en el aula imponía una autoridad intelectual inmensa y cuya estatura moral parecía inalcanzable— se encontraba en una fila interminable para comprar pan.

Su aspecto era la antítesis de su cargo: vestía ropas raídas y el sudor de las horas bajo el sol había atraído a las "guasasas", esas pequeñas mosquitas que persiguen los olores penetrantes de la pobreza acumulada y la ropa que no conoce el jabón. Al notar la presencia de un alumno y verse reflejado en sus ojos, el profesor no reclamó su estatus ni denunció la injusticia; simplemente, con una vergüenza que lo empequeñecía físicamente, se apartó de la cola diciendo que se retiraba para "no molestar". En ese instante, el gigante académico se convirtió en un hombre derrotado, intentando ocultar su miseria a costa de su propia nutrición.

La Sanción como Represalia Directa

Esta anécdota no es un accidente de la historia, sino el resultado tangible de una estrategia de poder. Cuando una metrópolis impone sanciones económicas contra una nación, el objetivo declarado suele ser el cambio político, pero el objetivo real es la represalia contra la identidad.

El profesor representa el blanco perfecto de este castigo por tres razones fundamentales:

 El castigo al compromiso: La metrópoli no castiga al oportunista, quien siempre encontrará formas de lucrar en la crisis. Castiga al honesto, al que sacrificó tiempo y recursos por un ideal de soberanía.

 La pedagogía del arrepentimiento: El mensaje enviado desde el centro de poder es: "Tu defensa de la soberanía y tus ideales son los que te han traído a esta fila, a estas ropas raídas y a estas moscas". Se busca que el individuo sienta que su integridad fue un error histórico.

 La demolición de la ejemplaridad: Al humillar a las figuras de autoridad moral (maestros, médicos, intelectuales), se intenta demostrar que el proyecto de nación independiente es incapaz de proteger a sus mejores hombres.

El Ataque a la Dignidad como Herramienta Política:

El ataque a la dignidad humana en estos contextos funciona como una tortura social de baja intensidad. No se busca la eliminación física, sino la degradación pública del ser humano:

 1. La reducción biológica: La sanción obliga a mentes brillantes a consumir toda su capacidad intelectual en resolver la supervivencia básica. Un profesor que piensa en el pan no puede pensar en la libertad o la ciencia.

 2. La inversión de la culpa: El sistema de presión busca que la víctima sienta vergüenza de su condición, desplazando la responsabilidad del agresor (la metrópoli que asfixia) hacia el agredido (que no puede proveerse lo básico).

 3. El quiebre de la agencia: Cuando el profesor se retira de la fila por vergüenza, la metrópoli ha logrado un triunfo táctico: ha hecho que el hombre se sienta un estorbo en su propia tierra, castigándolo por su honestidad de no "aplastar a otros" para sobrevivir.

Conclusión: El Valor de la Resistencia Íntima


Sin embargo, hay una lectura de resistencia en este drama. El hecho de que el profesor prefiriera pasar hambre antes que perder su sentido de la decencia frente a los demás demuestra que, aunque la metrópoli logró destruir su fachada externa, no pudo colonizar su ética interna.

El castigo a la dignidad de los más humildes y honestos es la prueba más clara de que las sanciones no son herramientas de justicia, sino mecanismos de venganza contra quienes se atrevieron a imaginar un destino propio. El profesor con sus ropas raídas es, al mismo tiempo, el testimonio de un crimen y el último baluarte de una soberanía que se niega a ser comprada, incluso al precio de la humillación.


Humberto. Profesor y guía en La Habana. Un análisis desde la experiencia y la realidad cubana. WhatsApp: +5352646921


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viernes, 13 de junio de 2025

Dos Cafés y cuatro Pastelillos



1 café expreso en La Habana usualmente cuesta como promedio 50 centavos de dólar. Un pastelillo de calidad cuesta como promedio 30 centavos de dólar. Una botella de agua mineral de las pequeñas unos 55 centavos de dólar.

Por lo tanto dos cafés , 4 pastelillos   y una botella de agua cuestan mas o menos 3.30 de dólar.

Cada dólar  cuesta  380 pesos normales hoy, en aquel momento unos 50, no quiero imaginar lo que sucedería hoy en día.
Mi salario era entonces de 550 pesos normales mensuales.

Cuando mi padre enfermó a finales del 2008 y casi muere yo rogaba  que no sufriera. Que prefería verlo partir antes de verlo sufrir. Sentado al pie de la cama trataba de reconocer, en aquel anciano que perdía peso cada día  porque casi no comía, y que entre mi mamá y yo cambiábamos  varias veces durante la noche por la incontinencia , a mi padre.
Y un día se durmió. Ya no sufría en apariencia. Y entonces  rogué ques me guiara en el camino de su regreso a nosotros. Porque tampoco lo quería dormido, vegetando. Y fueron visitas y visitas de médicos, y me quedé sin un centavo porque cada semana era un tratamiento diferente, una esperanza diferente.
Algunos me decían, la mayoría, que ya todo había acabado. Solo uno me dijo que lo tomara de la mano y le hablara. Que un día despertaría.
Y así lo hice.
Y un día despertó.
 A los seis meses justos.
Atontado y distante aun no me reconocía. Preguntaba cuando regresaría a su casa.
Pero poco a poco le fuimos ganando terreno a lo imposible, dejando como secuela cierta debilidad motora.
Pero claro, ya no podía salir a sus diarias y  largas  caminatas 'el solo.
Entonces una vez a la semana salíamos juntos.
Por un lado yo , por el otro su bastón .
Y nos sentamos a tomar su café en la avenida 23, céntrica, llena de vida,  y es increíble como la mirada de un anciano se puede parecer a la de un niño curioso. Y con cierta malicia y cara de goloso me pregunta si  sería posible comprar dos pastelillos “para acompañar el cafecito”.
La gente lo mira un poco extrañado porque como tenia una traqueostomía permanente daba la impresión de que dice algo muy importante y secreto cuando me habla.
“Y claro papá, siempre hay pastelillos por acá”
Y nos tomamos nuestros cafés , nuestra botella de agua natural, y los 4 pastelillos cada semana.
 Regresamos a casa tomados de la mano (¡tenia pavor de que se me cayera!).
Son dos horas de paseo con alguien que con amor traje de vuelta de algún lugar misterioso y oscuro.
Y por el camino de regreso ya me iba rompiendo la cabeza , pensando como mantener ese ritmo.
Porque cada semana eran pesos normales que debia convertir en dólares .
Cada mes muchos pesos pesos de mi salario de 550
Y solamente para dos horas cada semana entre un padre y su hijo, un instante en la eternidad y solo  un grano de arena en las montañas de problemas que tiene  esta humanidad.