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martes, 18 de agosto de 2026

Miedo, memoria y supervivencia: La anatomía del bloqueo en Cuba

 Una reconstrucción personal sobre cómo la escasez transforma el acto cotidiano de comer en una estrategia de supervivencia y deja marcas imborrables en la psique colectiva.

El gobierno de EEUU, cada administración, aprueba nuevas medidas para ahogar de hambre al pueblo cubano y hacer caer la culpa sobre el gobierno de Cuba

La relación que los cubanos de hoy mantenemos con los alimentos es muy peculiar, por no decir dramática. Como casi todo en la vida de quienes hemos nacido y crecido en la Cuba posterior a 1959, la comida está inevitablemente teñida de tintes políticos. Cuando los dioses del Mundo deciden convertir el alimento en una herramienta de  guerra o en una fuente de chantaje, el acto de comer pierde su dimensión de disfrute y regresa a su origen primitivo: la mera supervivencia.

Hoy en día, cuando salgo a comprar víveres, suelo decir que voy a «salir de cacería». Es una metáfora exacta: un acto de fe, un juego de azar, una adivinanza maquiavélica. Nunca se sabe qué se va a encontrar, ni a qué precio.

Existen miles de historias y experiencias duras que nos han marcado a los cubanos y que alimentan un miedo profundo a quedarnos sin alimentos. «Es algo normal», diría un observador externo, «en el mundo hay mucha gente que pasa necesidades». Pero no hablo de una inquietud lógica o abstracta; me refiero a un terror visceral a regresar a ese abismo en el que quedamos atrapados cuando desapareció la Unión Soviética y el país se quedó de golpe sin socios comerciales.

A continuación, comparto cuatro estampas personales. Las he reducido al mínimo de palabras para no caer en el dramatismo innecesario, aunque todas han dejado secuelas imborrables en mí y en la mayoría de mis compatriotas. Los cubanos que han emigrado a menudo rompen a llorar la primera vez que caminan por los pasillos abarrotados de un supermercado; los que seguimos en la isla acaparamos todo lo posible porque albergamos la certeza de que, más temprano que tarde, la escasez volverá a tocar la puerta. Es un ciclo inevitable.

I. Hamburguesas

Tras casi un año sin consumir proteínas, las autoridades locales anunciaron una «solución». Por aquel entonces ya se hacían evidentes los estragos de la desnutrición en la población. La medida consistió en asignar a cada manzana un restaurante estatal al que debíamos acudir, una vez cada quince días, para adquirir una hamburguesa por núcleo familiar.

El sistema funcionaba bajo una lógica estricta: una acera compraba una semana y la acera de enfrente dos semanas después. Un boleto oficial certificaba el número de integrantes de la vivienda. Acudíamos a la cita formando la cola más silenciosa y triste que recuerde.

Al principio, la gastronomía local intentó disfrazar la precariedad sirviendo el pan con semillas de ajonjolí, una rodaja de tomate y un pepinillo. Con el paso de las semanas, los vegetales desaparecieron y quedó únicamente el pan con la hamburguesa. Tiempo después, retiraron el pan y solo entregaban el disco de carne procesada. Pocos meses más tarde, la asignación desapareció por completo.

 El sentimiento: Humillación.

II.La Colada  

La llamábamos «colada». Fue la temporada, tres meses,  en que solo se conseguía col y, de manera ocasional, algún tomate. Elaborábamos una especie de estofado donde el vegetal sustituía por completo a la proteína animal.

Ese preparado constituyó nuestro almuerzo y nuestra cena de manera ininterrumpida durante casi tres meses.

 El sentimiento: Desesperación; la sensación constante de haber alcanzado el límite de las fuerzas.

III. Pierna de cerdo

Un antiguo conocido de la familia reapareció en nuestra casa tras dos años de ausencia. Necesitaba resolver un trámite personal y trajo consigo un regalo extraordinario: una pierna de cerdo. Hacía 5 años que en mi hogar no se consumía carne de cerdo ni ningún tipo de carne roja.

Mi madre preparó un bistec para cada uno. Recuerdo que el simple aroma que desprendía la sartén producía una saciedad inmediata. Lo comimos despacio, acompañado de arroz y frijoles negros, en lo que percibimos como un auténtico banquete. Aquella noche, por primera vez en años, hubo sobremesa.

Al día siguiente experimenté una sensación física extraña, similar a una descarga de energía. Los músculos respondían con otra firmeza, la visión parecía más aguda y la conversación fluía con ligereza. Vino a mi mente la lección de un profesor de medicina: el ser humano es omnívoro, pero solo logró un salto cualitativo en el desarrollo cerebral cuando incorporó la proteína cocinada a su dieta.

  El sentimiento: En un primer momento, esperanza; inmediatamente después, el temor helado a regresar a la privación.

IV. El hueso

La pierna de cerdo llegó a su fin, quedando únicamente el hueso y los restos de piel. En nuestra vivienda contábamos con servicio constante de agua y electricidad, pero carecíamos de gas para cocinar. Una amiga cercana vivía en la situación opuesta: en su zona el servicio de gas no se interrumpía, pero padecía severos cortes de agua y fluido eléctrico. Establecimos una alianza práctica: ella acudía a mi casa a lavar la ropa y yo me trasladaba a la suya para cocinar.

Un día preparé la porción de frijoles para llevar a su cocina, incluyendo el hueso reservado para aportar sustancia al potaje. Antes de salir, mi madre me sugirió que, al terminar la cocción, les ofreciera a mi amiga y a su esposo el hueso por si deseaban utilizarlo en sus propios alimentos. Aceptaron de buen grado.

Al día siguiente, mientras preparaba el arroz en la misma cocina, mi amiga me comentó con naturalidad si podía entregarle el hueso a la vecina del piso superior, pues consideraba que aún podía extraerse de él algo de sabor.

 El sentimiento: La certidumbre de estar atrapado en un pozo sin salida.

Las huellas del fantasma

Como consecuencia de aquellos años , muchos desarrollamos secuelas neurológicas y físicas; en mi caso, episodios severos de migraña y parestesias en las manos que persisten hasta el presente.

Mantengo viva la memoria de estas historias no por un afán de regodearme en la adversidad, sino como un ejercicio ético para valorar cada plato de comida, reconocer el esfuerzo de quienes cultivan la tierra y entender cada alimento como un bien preciado.

Quienes me conocen saben que rara vez dejo algo en el plato. En los restaurantes —cuyos precios siguen representando un lujo inalcanzable para la gran mayoría—, mis allegados suelen retirar de antemano la porción que no consumirán para dármela. Desarrollo una conducta que califico como «limpia-pecera»: me resulta incomprensible el desperdicio o el rechazo a un alimento por un mero compromiso del paladar. Disfruto el aroma, la sazón y el espacio de socialización que se genera alrededor de la mesa. Puedo comer hasta el malestar, pero ese exceso nunca se compara con la memoria física del estómago vacío.

Los tiempos han cambiado y la crisis actual adopta otros matices, pero la sombra de la escasez sigue presente. Al mirar hacia el pasado reciente, el sentimiento predominante continúa siendo el miedo al desabastecimiento total. Ese fenómeno trágico en el que los padres renuncian a su plato para alimentar a sus hijos, o en el que los hijos fingimos una sonrisa ante los ancianos de la casa asegurándoles que ya hemos comido fuera.


Humberto. Tours en la Habana. Historia, Arte, Sociedad. WhatsApp+5352646921 

domingo, 10 de mayo de 2026

Cuando la geopolítica busca humillar al intelecto

De la Autoridad al Ocaso: La Anatomía de un Castigo Soberano

La escena ocurrió hace años, en el corazón del Periodo Especial en Cuba, pero su significado es atemporal. Un profesor universitario —un hombre que en el aula imponía una autoridad intelectual inmensa y cuya estatura moral parecía inalcanzable— se encontraba en una fila interminable para comprar pan.

Su aspecto era la antítesis de su cargo: vestía ropas raídas y el sudor de las horas bajo el sol había atraído a las "guasasas", esas pequeñas mosquitas que persiguen los olores penetrantes de la pobreza acumulada y la ropa que no conoce el jabón. Al notar la presencia de un alumno y verse reflejado en sus ojos, el profesor no reclamó su estatus ni denunció la injusticia; simplemente, con una vergüenza que lo empequeñecía físicamente, se apartó de la cola diciendo que se retiraba para "no molestar". En ese instante, el gigante académico se convirtió en un hombre derrotado, intentando ocultar su miseria a costa de su propia nutrición.

La Sanción como Represalia Directa

Esta anécdota no es un accidente de la historia, sino el resultado tangible de una estrategia de poder. Cuando una metrópolis impone sanciones económicas contra una nación, el objetivo declarado suele ser el cambio político, pero el objetivo real es la represalia contra la identidad.

El profesor representa el blanco perfecto de este castigo por tres razones fundamentales:

 El castigo al compromiso: La metrópoli no castiga al oportunista, quien siempre encontrará formas de lucrar en la crisis. Castiga al honesto, al que sacrificó tiempo y recursos por un ideal de soberanía.

 La pedagogía del arrepentimiento: El mensaje enviado desde el centro de poder es: "Tu defensa de la soberanía y tus ideales son los que te han traído a esta fila, a estas ropas raídas y a estas moscas". Se busca que el individuo sienta que su integridad fue un error histórico.

 La demolición de la ejemplaridad: Al humillar a las figuras de autoridad moral (maestros, médicos, intelectuales), se intenta demostrar que el proyecto de nación independiente es incapaz de proteger a sus mejores hombres.

El Ataque a la Dignidad como Herramienta Política:

El ataque a la dignidad humana en estos contextos funciona como una tortura social de baja intensidad. No se busca la eliminación física, sino la degradación pública del ser humano:

 1. La reducción biológica: La sanción obliga a mentes brillantes a consumir toda su capacidad intelectual en resolver la supervivencia básica. Un profesor que piensa en el pan no puede pensar en la libertad o la ciencia.

 2. La inversión de la culpa: El sistema de presión busca que la víctima sienta vergüenza de su condición, desplazando la responsabilidad del agresor (la metrópoli que asfixia) hacia el agredido (que no puede proveerse lo básico).

 3. El quiebre de la agencia: Cuando el profesor se retira de la fila por vergüenza, la metrópoli ha logrado un triunfo táctico: ha hecho que el hombre se sienta un estorbo en su propia tierra, castigándolo por su honestidad de no "aplastar a otros" para sobrevivir.

Conclusión: El Valor de la Resistencia Íntima


Sin embargo, hay una lectura de resistencia en este drama. El hecho de que el profesor prefiriera pasar hambre antes que perder su sentido de la decencia frente a los demás demuestra que, aunque la metrópoli logró destruir su fachada externa, no pudo colonizar su ética interna.

El castigo a la dignidad de los más humildes y honestos es la prueba más clara de que las sanciones no son herramientas de justicia, sino mecanismos de venganza contra quienes se atrevieron a imaginar un destino propio. El profesor con sus ropas raídas es, al mismo tiempo, el testimonio de un crimen y el último baluarte de una soberanía que se niega a ser comprada, incluso al precio de la humillación.


Humberto. Profesor y guía en La Habana. Un análisis desde la experiencia y la realidad cubana. WhatsApp: +5352646921


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viernes, 13 de junio de 2025

Dos Cafés y cuatro Pastelillos



1 café expreso en La Habana usualmente cuesta como promedio 50 centavos de dólar. Un pastelillo de calidad cuesta como promedio 30 centavos de dólar. Una botella de agua mineral de las pequeñas unos 55 centavos de dólar.

Por lo tanto dos cafés , 4 pastelillos   y una botella de agua cuestan mas o menos 3.30 de dólar.

Cada dólar  cuesta  380 pesos normales hoy, en aquel momento unos 50, no quiero imaginar lo que sucedería hoy en día.
Mi salario era entonces de 550 pesos normales mensuales.

Cuando mi padre enfermó a finales del 2008 y casi muere yo rogaba  que no sufriera. Que prefería verlo partir antes de verlo sufrir. Sentado al pie de la cama trataba de reconocer, en aquel anciano que perdía peso cada día  porque casi no comía, y que entre mi mamá y yo cambiábamos  varias veces durante la noche por la incontinencia , a mi padre.
Y un día se durmió. Ya no sufría en apariencia. Y entonces  rogué ques me guiara en el camino de su regreso a nosotros. Porque tampoco lo quería dormido, vegetando. Y fueron visitas y visitas de médicos, y me quedé sin un centavo porque cada semana era un tratamiento diferente, una esperanza diferente.
Algunos me decían, la mayoría, que ya todo había acabado. Solo uno me dijo que lo tomara de la mano y le hablara. Que un día despertaría.
Y así lo hice.
Y un día despertó.
 A los seis meses justos.
Atontado y distante aun no me reconocía. Preguntaba cuando regresaría a su casa.
Pero poco a poco le fuimos ganando terreno a lo imposible, dejando como secuela cierta debilidad motora.
Pero claro, ya no podía salir a sus diarias y  largas  caminatas 'el solo.
Entonces una vez a la semana salíamos juntos.
Por un lado yo , por el otro su bastón .
Y nos sentamos a tomar su café en la avenida 23, céntrica, llena de vida,  y es increíble como la mirada de un anciano se puede parecer a la de un niño curioso. Y con cierta malicia y cara de goloso me pregunta si  sería posible comprar dos pastelillos “para acompañar el cafecito”.
La gente lo mira un poco extrañado porque como tenia una traqueostomía permanente daba la impresión de que dice algo muy importante y secreto cuando me habla.
“Y claro papá, siempre hay pastelillos por acá”
Y nos tomamos nuestros cafés , nuestra botella de agua natural, y los 4 pastelillos cada semana.
 Regresamos a casa tomados de la mano (¡tenia pavor de que se me cayera!).
Son dos horas de paseo con alguien que con amor traje de vuelta de algún lugar misterioso y oscuro.
Y por el camino de regreso ya me iba rompiendo la cabeza , pensando como mantener ese ritmo.
Porque cada semana eran pesos normales que debia convertir en dólares .
Cada mes muchos pesos pesos de mi salario de 550
Y solamente para dos horas cada semana entre un padre y su hijo, un instante en la eternidad y solo  un grano de arena en las montañas de problemas que tiene  esta humanidad.