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miércoles, 22 de abril de 2026

Si EEUU quisiera, Cuba pudiera



La idea de que todo se resuelve levantando el embargo es cómoda. Es simple, cabe en un eslogan, y tiene la virtud de descargar la responsabilidad en un solo actor. Pero la realidad, como casi siempre, es bastante más complicada que eso.

Muchas de estas vías chocan con intereses muy arraigados dentro de Estados Unidos, con desconfianzas históricas que no se disuelven con buenas intenciones, y con una arquitectura legal que hace difícil mover cualquier ficha sin mover el tablero entero. Aun así, si hubiera voluntad real, estas son diez vías que podrían funcionar:

1. Flexibilizar las exportaciones sin tocar formalmente el embargo

Estados Unidos ya permite exportar alimentos y medicinas a Cuba, pero las trabas financieras hacen ese permiso casi ilusorio. Bastaría con habilitar mecanismos de crédito o financiamiento directo para que esa puerta, que existe en el papel, se abra en la práctica. Ganan los agricultores estadounidenses. Gana Cuba con precios más accesibles.

2. Inversión limitada en sectores estratégicos

Nadie está hablando de entregar la economía cubana al capital privado estadounidense. Pero sectores como las energías renovables o la agricultura podrían abrirse a inversión acotada, con reglas claras. Estados Unidos gana un mercado cercano; Cuba mejora infraestructura sin que eso implique cambiar una coma de su sistema político.

3. Cooperación energética

Este es, quizás, el punto más urgente y el más ignorado. Cuba atraviesa una crisis eléctrica que tiene consecuencias humanas muy serias. Estados Unidos podría facilitar tecnología, piezas y conocimiento técnico para redes eléctricas o energías limpias. Estabiliza un problema crítico al sur de Florida y abre negocios reales para empresas estadounidenses. No parece un mal trato para ninguno de los dos lados.

4. Acuerdos migratorios estables y predecibles

La migración irregular cubana es hoy un dolor de cabeza político para Washington. Más visas legales y procesos ordenados reducirían esa presión de manera concreta, sin necesidad de grandes gestos diplomáticos. Es, curiosamente, una medida que beneficia más a Estados Unidos de lo que muchos están dispuestos a admitir.

5. Ampliar el turismo estadounidense

No hace falta eliminar todas las restricciones de golpe. Ampliar categorías de viaje autorizadas ya generaría ingresos directos para la economía cubana y oportunidades reales para operadores turísticos estadounidenses. Es una de las medidas más sencillas sobre la mesa y, sin embargo, sigue bloqueada por razones que tienen más que ver con la política interna de Florida que con cualquier principio.

6. Remesas y servicios financieros

Permitir canales más directos para el envío de remesas, incluyendo plataformas fintech reguladas, dinamizaría el consumo en Cuba y crearía un mercado financiero nuevo para empresas estadounidenses. El dinero ya fluye, pero por caminos tortuosos que encarecen el proceso y dejan fuera a los intermediarios formales.

7. Cooperación científica y médica

Cuba tiene capacidades reales en biotecnología y medicina que serían de genuino interés para instituciones estadounidenses. Un intercambio honesto en estas áreas, sin agenda ideológica, beneficiaría a ambos países y, de paso, a pacientes en ambos lados del estrecho.

8. Conectividad digital

Licencias para infraestructura de internet, acceso a satélites, servicios digitales. Esto modernizaría la economía cubana y abriría mercado para empresas tecnológicas de Estados Unidos. Sin embargo, hay que ser honestos: esta medida requiere un nivel de confianza que hoy no existe. Mientras Estados Unidos siga viendo la conectividad como una palanca de cambio de régimen, Cuba la verá como un caballo de Troya. Y no sin razón. Esta es una puerta que solo puede abrirse después de un período sostenido de no interferencia en los asuntos internos cubanos.

9. Acuerdos ambientales y de gestión de desastres

Los huracanes no respetan fronteras ni ideologías. La cooperación en protección marina, cambio climático y respuesta a desastres reduce costos para toda la región, incluidos Florida y el Golfo de México. Es difícil encontrar un argumento serio en contra de esto.

10. Comercio bilateral en nichos específicos

Productos culturales, agrícolas o farmacéuticos cubanos en mercados limitados de Estados Unidos. No es una apertura total ni una rendición de nadie. Es simplemente reconocer que hay intercambios posibles que benefician a ambas partes sin que ninguno tenga que cambiar su bandera.

Ahora bien, hay que nombrar el elefante en la habitación.

Todo lo anterior descansa sobre una premisa que no es obvia: que Estados Unidos estaría dispuesto a actuar guiado por beneficios mutuos aunque el sistema político cubano no cambie. Eso es, históricamente, mucho pedir. Washington ha condicionado casi siempre sus aperturas a transformaciones internas, no solo con Cuba. Estas medidas no son técnicas, son profundamente políticas.

Y sin embargo, hay otra lectura posible, más pragmática y menos ideológica: Estados Unidos podría ganar estabilidad regional, menos presión migratoria y oportunidades económicas concretas sin necesidad de proclamar ninguna victoria ideológica. El verdadero obstáculo no es la falta de opciones. Es la falta de alineación entre intereses políticos reales y voluntad de actuar en consecuencia.

¿Y si Estados Unidos tuviera un presidente que supiera leer el tablero?



Imaginemos a alguien que no busca el gesto histórico ni la foto para los libros de texto, sino resultados reales con el menor costo político posible. Un estratega, no un ideólogo.

Ese presidente no daría un paso que polarice, que pueda ser leído como rendición o como traición a los exiliados históricos. En cambio, comenzaría por donde nadie puede objetar: cooperación en desastres naturales, salud pública, algo con cara humanitaria y difícil de rechazar sin quedar mal. En paralelo, movería licencias económicas de forma discreta, sin romper formalmente el bloqueo, pero generando resultados visibles a corto plazo.

Con eso se proyectaría como estadista: alguien capaz de desactivar tensiones, atraer inversión y abrir negociación sin ceder en lo ideológico. No como el presidente que normalizó a Cuba, sino como el que demostró que se puede avanzar sin perder.

El rédito sería doble. Hacia adentro, desactiva un tema que solo le cuesta votos y energía. Hacia afuera, construye un modelo exportable: que los objetivos se alcanzan mejor con precisión quirúrgica que con confrontación ruidosa. Que el liderazgo real no se mide por la dureza del discurso, sino por la inteligencia con que se mueven las piezas.

Eso, en el fondo, es lo que distingue a un político de un estadista. Y también es, lamentablemente, lo más escaso en este momento de la historia.

https://habana-havana.blogspot.com/2026/04/cabezas-de-playa-ideologicas-cuba-eeuu.html


¿Y si Cuba simplemente quiere que la dejen en paz?

Hay una pregunta que el debate sobre las relaciones Cuba-Estados Unidos esquiva sistemáticamente: ¿y si lo que Cuba quiere no es alejarse del mundo ni cerrarse en sí misma, sino precisamente lo contrario, normalizarse, abrirse, relacionarse, pero en sus propios términos y sin tutores? ¿Y si la aspiración cubana no es el aislamiento sino la soberanía real, esa que incluye el derecho a decidir con quién se acerca y con quién no, incluido Estados Unidos?

No es una pregunta retórica. Es, posiblemente, la más honesta que se puede hacer en este debate.

Porque hay una diferencia enorme entre un país que no quiere relacionarse y un país que exige relacionarse como igual. Cuba no ha pedido que la dejen sola. Ha pedido, de maneras distintas y en momentos distintos, que cesen las condiciones, las presiones y las interferencias que convierten cualquier acercamiento en una negociación desigual. Eso no es aislacionismo. Es, en todo caso, la definición más básica de lo que debería ser una relación entre estados soberanos.

El problema de negociar con alguien que no confía en ti

Toda la arquitectura de posibilidades descrita en el artículo anterior parte de una premisa implícita: que Cuba estaría dispuesta a sentarse a negociar, a intercambiar, a construir algún tipo de relación con Estados Unidos si las condiciones fueran razonables. Esa disposición existe. Pero viene acompañada de una memoria histórica que Washington prefiere ignorar y que La Habana no puede, ni tiene por qué, olvidar.

Cuba lleva más de sesenta años observando a Estados Unidos desde una posición muy particular. Ha visto administraciones demócratas y republicanas. Ha visto períodos de deshielo y períodos de endurecimiento. Ha visto acuerdos firmados y acuerdos desmantelados en el siguiente ciclo electoral. Ha visto cómo lo que era política de estado un lunes podía ser declarado error histórico el siguiente martes.

Desde La Habana, eso no se lee como inestabilidad coyuntural. Se lee como un patrón. Y los patrones, cuando se repiten durante décadas, dejan de ser anécdotas y se convierten en datos.

¿Cómo construyes una relación económica sostenible con un país donde el color político de un solo estado, Florida en este caso, puede revertir años de acercamiento diplomático de la noche a la mañana? ¿Cómo firmas acuerdos de inversión con un socio que puede congelarlos, sancionarlos o criminalizarlos dependiendo de quién gane una primaria?

La respuesta cubana a esa pregunta ha sido, en la práctica, una sola: no firmes nada que no puedas sostener solo. No porque Cuba rechace la normalización, sino porque normalizar relaciones con un actor tan volátil políticamente exige garantías que ese actor, hasta ahora, no ha sido capaz de ofrecer.

La soberanía como posición estratégica, no como slogan

Se habla mucho de soberanía en el discurso político cubano, y hay quienes lo leen como retórica, como escudo ideológico, como excusa para no reformar. Puede que en algunos contextos lo sea. Pero hay otra lectura posible, más fría y más estratégica, que merece tomarse en serio.

Un país pequeño, bloqueado económicamente, con recursos limitados y rodeado de una geopolítica que no controla, tiene muy pocas cartas en la mano. Una de las pocas que tiene es la capacidad de decir no. De no depender de un solo actor. De no poner todos los huevos en una canasta que otro puede patear.

Desde esa lógica, mantener distancia con Estados Unidos mientras persiste la presión no es rechazo a la normalización. Es una forma elemental de diversificación del riesgo. Si tus relaciones económicas están distribuidas entre varios actores, ninguno tiene palanca suficiente para asfixiarte completamente. El bloqueo duele, y mucho, pero precisamente porque duele es que Cuba ha tenido que construir, a trancas y barrancas, vínculos con actores que Washington preferiría que ignorara.

La paradoja es brutal: es la propia presión estadounidense la que ha empujado a Cuba hacia los brazos de los rivales geopolíticos que Washington dice temer.

China, Rusia y el elefante en la sala

Aquí es donde la conversación se pone verdaderamente incómoda para la narrativa estadounidense.

Estados Unidos ve las relaciones de Cuba con China y Rusia como amenazas estratégicas, como prueba de mala fe, como razón suficiente para mantener la presión. Pero esa lectura invierte la causalidad de manera bastante conveniente.

Cuba no se acercó a China o Rusia porque comparte con ellos una visión del mundo. Se acercó, en gran medida, porque eran los únicos dispuestos a comerciar, invertir y relacionarse sin exigir a cambio una transformación política interna. El bloqueo no alejó a Cuba de Washington para acercarla a Moscú o Pekín por afinidad ideológica. La empujó hacia allá por necesidad económica. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas, y confundirlas deliberadamente es un ejercicio de mala fe analítica.

Pero hay algo más importante aún: incluso si el bloqueo desapareciera mañana, Cuba tendría todo el derecho del mundo a mantener relaciones comerciales y diplomáticas con China, con Rusia, con Venezuela, o con quien considere conveniente para sus intereses nacionales. Del mismo modo en que Estados Unidos comercia con países con los que tiene profundas diferencias políticas sin que nadie le exija coherencia ideológica, Cuba tiene derecho a construir su política exterior según sus propios criterios.

Pedirle a Cuba que abandone sus vínculos con actores que Washington considera rivales, como condición previa para reducir la presión económica, no es diplomacia. Es extorsión con mejor presentación.

Lo que Cuba quiere, dicho sin rodeos

Si uno escucha con atención, más allá de los discursos de ambos lados, emerge una posición cubana que es bastante más modesta y bastante más razonable de lo que el debate habitual sugiere.



Cuba quiere normalización. Pero entiende por normalización algo muy distinto a lo que Washington suele ofrecer. No quiere una apertura condicionada a reformas políticas internas. No quiere una relación en la que cada concesión económica venga atada a una exigencia de cambio de sistema. No quiere integrarse al orden económico internacional de rodillas.

Lo que Cuba quiere, en su versión más desnuda, es esto: que cesen las medidas coercitivas unilaterales, que se respete su derecho a relacionarse con el mundo según sus propios criterios, y que cualquier acercamiento con Estados Unidos ocurra entre iguales, sin agenda oculta, sin plazos políticos internos estadounidenses, y sin la amenaza permanente de que el próximo ciclo electoral lo deshaga todo.

Eso incluye el derecho a comerciar con China sin que eso sea leído como una provocación. El derecho a tener relaciones con Rusia sin que eso justifique más sanciones. El derecho a construir una integración regional latinoamericana y caribeña sin que cada paso sea interpretado como un movimiento en el tablero de la Guerra Fría, que, por cierto, terminó hace más de treinta años para casi todo el mundo, excepto, al parecer, para la política exterior estadounidense hacia Cuba.


El problema con esa posición, visto desde Washington

Hay que ser justos: la posición cubana también tiene sus complejidades.

Exigir el cese de la presión sin ofrecer gestos recíprocos es políticamente invendible para cualquier administración estadounidense, independientemente de su color político. No porque sea moralmente incorrecto, sino porque la política exterior no funciona en el vacío, funciona dentro de sistemas de incentivos domésticos muy concretos, y en Estados Unidos esos incentivos tienen nombre, apellido y código postal en el sur de Florida.

Además, hay sectores dentro del propio sistema político estadounidense que genuinamente creen, con o sin razón, que cualquier alivio económico para Cuba fortalece a un gobierno que ellos consideran ilegítimo. Discutir si esa creencia es correcta es otro artículo. Pero ignorar que existe, y que tiene peso electoral real, sería ingenuo.

El problema de fondo es que Estados Unidos ha convertido su política hacia Cuba en un instrumento de política doméstica durante tanto tiempo que ya casi nadie dentro de ese sistema sabe cómo desactivarla sin pagar un costo político que ningún presidente está dispuesto a asumir voluntariamente.

Entonces, ¿hay salida?

Sí, pero requiere que ambas partes abandonen posiciones que les han resultado cómodas durante demasiado tiempo.

Requiere que Estados Unidos acepte que el objetivo de cambiar el sistema político cubano mediante presión económica ha fracasado de manera rotunda durante más de seis décadas, y que seguir repitiendo la misma fórmula esperando resultados distintos no es firmeza ideológica, es terquedad disfrazada de principio.

Y requiere que Cuba encuentre formas de señalar, de manera creíble, que la normalización que busca no es una trampa ni una rendición, sino una apuesta genuina por relacionarse con el mundo, incluido Estados Unidos, desde una posición de igual a igual.

Porque si algo ha quedado claro en este largo y costoso impasse es que ninguno de los dos gobiernos ha pagado el precio real de su intransigencia. Ese precio lo han pagado, y lo siguen pagando, las personas comunes. Los cubanos que viven las consecuencias cotidianas de una economía estrangulada desde afuera. Y los ciudadanos estadounidenses que financian con sus impuestos una política que lleva décadas sin producir ninguno de los resultados que prometía.

Eso, al final, es lo más difícil de justificar de todo este asunto. Y también lo más urgente de cambiar.

Humberto. Tours en la Habana. Historia, Arte, Sociedad. WhatsApp+5352646921  

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viernes, 18 de febrero de 2022

LA SEMILLA (II) o GATTACA

Paciencia , más adelante le encontraran la lógica.

Gattaca es una película de ciencia ficción, y es una de las que más me gustan. Se desarrolla en un futuro cercano, en la frontera del tiempo de la ciencia cuando ya se comenzaba a poder tener hijos modificados genéticamente, es decir, los padres podían decidir el color de los ojos, la estatura, tipo y color de cabellos. Pero era todavía la frontera del tiempo, es decir, era un procedimiento caro, y solo los muy ricos podían hacerlo.

El personaje principal nace unos años antes de que este procedimiento fuera el habitual. A los pocos meses se le detecta una enfermedad del corazón. Pasó toda su infancia en hospitales o de cuidado. Al ir creciendo se volvió una obsesión el espacio, las estrellas, el viajar en una nave espacial y servir a la humanidad. Han pasado los años y muchos ahorros y sus padres deciden tener otro hijo. Esta vez van al seguro y recurren a la eugenesia. Querían un hijo sano, sin defectos genéticos y tuvieron otro chico, este perfecto.

Esta película es la historia de la perseverancia. Es la historia de la no aceptación de un destino escrito por otros, de que los sueños hay que perseguirlos y se tiene el talante necesario hasta morir arriesgar la vida por ellos.

Andrés fue mi alumno por tres años del preuniversitario. En esos tres años no perdió una sola décima en mis asignaturas. Su caligrafía perfecta, sin faltas de ortografía. Sus análisis libres de prejuicios me deleitaban como maestro. Y Andrés  llegó con un sueño : quería ser diplomático de carrera.

Sus padres, ingenieros los dos, daban mucho énfasis en las asignaturas de ciencia. Cálculo, física, química e incluso biología. Lo distraían de su hábito de lectura de libros más allá de la ciencia. Y eso me extrañaba mucho. En cada reunión con los padres, cada último viernes de cada mes, era una delicia verlos orgullosos de las calificaciones de su hijo, saber que era el primer expediente de la escuela y posiblemente del municipio, pero había una sombra de preocupación en sus ojos. Hasta un día que me senté a conversar con ellos. Y tenia que ver con el futuro de Andrés.

El Instituto de Relaciones Internacionales es donde se forman los diplomáticos de carrera en Cuba. La matrícula es de solo veinte estudiantes de toda Cuba cada año. Los exámenes de ingreso no solo son escritos, sino también incluyen entrevistas, conocimientos de la realidad política del mundo, hay que saberse los nombres completos de los gobernantes del país y sus trayectorias y de al menos 30 países más. Literatura, música, pintura, y entonces exámenes escritos de lengua española, idiomas extranjeros (mínimamente inglés fluido), física, matemática, computación.

Y además de todo eso hay que tener una salud perfecta. Los estudios incluyen preparación militar, y el primer año de la carrera es en Guantánamo, haciendo rondas con los guardafronteras  frente a la base militar de Estados Unidos. Un lugar lleno de minas terrestres de ambos lados y desde donde se intercambian disparos “perdidos” cada cierto tiempo. Es un lugar inhóspito donde no te puede dar asma, no puedes ser diabético o hipertenso, donde tendrás que mojarte durante días, donde tendrás que resistir inclemencias y durezas. No importa si eres chico o chica, debes ser un roble.

Pero esa es solo la razón primaria. Cuba, al considerarse hace mucho un país sitiado por más de sesenta años traslada eso a sus embajadas. No importan las guerras, los desastres naturales, las hostilidades en terreno enemigo (léase ataques de cubanos en otras partes del mundo) las embajadas cubanas nunca cierran, sus diplomáticos nunca abandonarán su embajada. Cada una de ellas, en sus sótanos, están preparadas para resistir por meses con avituallamiento de agua y comida, equipos de comunicación y demás. Así ha pasado siempre desde casi el comienzo de la revolución. Una embajada es la línea del frente. Sucedió así en Iraq, cuando el golpe de estado en Chile, cuando la invasión americana en Granada y muchas otras veces. ¡Y ay del que ose penetrar en una de las embajada!, se encontrará a personas dispuestas a todo, e insisto, a todo. El que abandone es considerado traidor a la patria, como un militar, y debe asumir las consecuencias. Y ciertamente personas enfermas son un problema en situaciones de crisis.

Y esa era la sombra en los ojos de los padres de Andrés. El sueño de su hijo era imposible: Andrés es diabético. Y de los que se inyectan insulina en los muslos. Desde pequeño aprendió a manejarse solo y nunca la consideró una limitación. Pero lo es.

Entonces en algún momento sus padres, algunos amigos y quien escribe esto nos sentamos a elaborar un plan para que el sueño de Andrés se hiciera realidad. Teníamos que ser muy cuidadosos, sobre todo en el último año de la preparación, en doce grado. Nadie, ni sus compañeros de clase, ni sus amigos nuevos podían saber de su enfermedad porque no se podría saber con antelación quien sería un competidor en esa carrera y pudiera usar la información. Mi trabajo sería por tres años. Prepararlo en las asignaturas de letras, en los idiomas (me encargaría del inglés y el alemán, y otro profesor particular del francés). Yo debía ser justo, estar en “perfil bajo” sin la tentación de ser demasiado benevolente, en realidad me volví un látigo ante cualquier error. Andrés  se convirtió en una semilla que debía germinar en ocho años si todo iba bien. Tres años de preuniversitario y cinco de carrera. Como esas flores del desierto que esperan la lluvia quinquenal.

Sin embargo lo más difícil estaba por venir. Mantener el entusiasmo, dinero para poder pagar a profesores particulares de francés, cursos de introducción a la música y la pintura, mejorar la dicción, y lo más delicado comprar la salud. Aprender a comer y cocinar alimentos que no le perjudicaran en la diabetes. Cada detalle debía ser cubierto. Se necesitaban dos documentos: un certificado médico del comité militar que confirmara que se consideraba apto para ser miembro del ejército en el  que se  dijera que Andrés era completamente libre de enfermedades que pudieran comprometer su integridad física en situación de peligro o de condiciones ambientales peligrosas. Y finalmente el consentimiento de los padres ante notario confirmando todo lo anterior.

Fue caro y difícil. Pero lo logramos. Andrés  terminó como el primer expediente de la provincia La Habana empatado con otros diez estudiantes. Era el único de los diez que quería esa carrera. La competencia nacional estaba por comenzar. Las entrevistas y exámenes se hacen dos meses antes de que cierre el curso porque se presentan muchos estudiantes y solo veinte en toda Cuba son escogidos cada curso , así los eliminados pueden presentarse en los exámenes para otras carreras.

Eso al menos para los hijos de Liborio (personaje de caricatura que se identificaba en los años cincuenta como el cubano pobre, de a pie).

Y Andrés entró en la universidad en pos de su sueño. Pasó todos los exámenes, estuvo en la frontera, y se graduó como expediente de Oro. No fui a la discusión de su tesis que fue durante la COVID. No lo permiten, pero en los agradecimientos de la tesis, al final, en la última línea dice: Gracias a Humberto.

Fue una semilla que germinó.

Y recuerden, la película se llama Gattaca.


LA SEMILLA (I)

https://habana-havana.blogspot.com/2022/01/la-semilla-i.html


LA SEMILLA III