miércoles, 24 de diciembre de 2025

Agradecimiento

Agradecimiento y Conexión Humana



Cada vez que colocamos un plato de arroz sobre la mesa, se despliega ante nosotros una red de esfuerzos, de personas y de historias que, muchas veces, permanecen ocultas a nuestros ojos. Desde el  agricultor que siembra  la tierra, hasta el marinero que transporta el grano a través de mares lejanos, cada paso de este viaje es un testimonio de la interconexión humana.

En el campo, el agricultor no solo cultiva arroz, sino que también siembra paciencia, conocimiento y esperanza. Luego, el cosechador recoge con esmero cada grano, y el trabajador que elabora los insecticidas cuida la cosecha con un compromiso silencioso.

Pero el viaje del arroz no termina allí. En el camino hacia nuestra mesa, intervienen también los transportistas que, con sus camiones y barcos, hacen posible que el arroz cruce fronteras. Marineros, estibadores y conductores forman parte esencial de esta cadena, garantizando que el grano llegue en óptimas condiciones.

Al final, cuando lo cocinamos en casa, nos encontramos con el fruto de una cooperación inmensa, que trasciende la distancia y las diferencias. Este reconocimiento nos invita a un agradecimiento genuino, a valorar no solo el producto final, sino a las personas que, con su trabajo, lo hacen posible.

En este sentido, el agradecimiento se convierte en un puente que nos conecta con la humanidad, recordándonos que somos parte de una red de interdependencia que va mucho más allá de lo que vemos.

Y, al pensar en lugares como Cuba, donde las barreras comerciales y las limitaciones de importación hacen que este proceso sea aún más complejo, el valor de cada esfuerzo y de cada persona se vuelve aún más evidente.

Al final, el agradecimiento no es solo un acto de cortesía, sino un reconocimiento profundo de la conexión que compartimos con cada ser humano en esta cadena de vida.


Humberto. Tours en la Habana. Historia, Arte, Sociedad. WhatsApp+5352646921  

Instagram: humberto_habana 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Cuba, Turismo, lo que no hacemos

 Turismo: la arquitectura invisible de un sueño colectivo

El turismo no comienza con un avión aterrizando ni con una foto en Instagram. Comienza mucho antes, en un gesto mínimo: una imagen, una historia escuchada al pasar, una melodía que despierta curiosidad. El turismo es, ante todo, la creación de un sueño. Y como todo sueño poderoso, se construye desde lo pequeño hasta lo monumental, desde los detalles casi invisibles hasta las grandes narrativas que movilizan a millones de personas a cruzar fronteras.

Un destino no se “vende”; se imagina primero. Se imagina cuando alguien logra condensar la esencia de un lugar en símbolos comprensibles y deseables: una calle, un aroma, un ritmo musical, una forma de mirar al visitante. Un grupo musical que marca una época.Esa es la verdadera materia prima del turismo contemporáneo. No el hotel, no el paquete, sino la promesa de una experiencia que parece única y, al mismo tiempo, profundamente humana.

Construir un mundo coherente alrededor de esa promesa exige algo más complejo que infraestructura. Exige visión. Cada región que aspira a atraer viajeros necesita diseñar su propio universo simbólico, alineado con su historia, su carácter y sus límites reales. La música no es un adorno: es una declaración de identidad. El personal que recibe, guía y acompaña no es un recurso humano más, sino el rostro vivo del relato que se quiere contar. La eficiencia importa, pero la calidez y la inteligencia emocional importan más. Un turista puede perdonar una imperfección logística; rara vez perdona una experiencia humana vacía.

En ese mundo bien construido, las industrias locales dejan de ser secundarias y se convierten en protagonistas. La gastronomía, la artesanía, la agricultura, el diseño, el transporte, incluso los pequeños servicios cotidianos, forman parte del ecosistema del viaje. Cuando el turismo se integra de manera inteligente a la economía local, deja de ser extractivo y se vuelve regenerativo. No solo genera ingresos: refuerza el orgullo, preserva saberes y crea sentido de pertenencia. El visitante no consume un lugar; participa en él, aunque sea por unos días.

Pero nada de esto funciona si se ignora una pregunta clave: ¿por qué la gente se mueve? Millones de personas no viajan solo por ocio. Viajan por búsqueda. Búsqueda de belleza, de sentido, de descanso mental, de autenticidad, de historias que no se parezcan a las de su vida diaria. Viajan para confirmar que el mundo es más grande que su rutina, o para sentirse, por un instante, parte de algo distinto. Los destinos que entienden esto dejan de competir solo por precios o comodidades y empiezan a competir por significado.

Los temas relevantes que atraen hoy no son superficiales: cultura viva, memoria histórica, naturaleza respetada, seguridad emocional, experiencias que estimulan la inteligencia y no solo los sentidos. El turismo moderno no quiere decorados; quiere verdad bien narrada. Quiere complejidad explicada con honestidad, no simplificada hasta el cliché.

En última instancia, el turismo es una forma de arquitectura invisible. No se construye solo con cemento, sino con ideas, relatos, personas y coherencia. Cuando un destino logra alinear lo pequeño con lo grande, lo local con lo universal, lo económico con lo simbólico, ocurre algo poderoso: el sueño deja de ser publicidad y se convierte en experiencia real. Y entonces, casi sin darse cuenta, millones de personas comienzan a moverse hacia él.

A ese marco general se le pueden añadir ejemplos muy concretos que demuestran que nada de esto es teoría abstracta, sino práctica deliberada.

Pensemos en muchos pueblos del Mediterráneo —especialmente en Grecia, Italia y el sur de España— que han entendido el turismo como una obra de diseño integral. Santorini no es solo un accidente geográfico fotogénico: es un proyecto estético sostenido en el tiempo. Las fachadas blancas no son una casualidad romántica, sino una decisión colectiva que crea unidad visual, identidad inmediata y reconocimiento global. El azul de cúpulas y ventanas dialoga con el mar, el cielo y la luz. Incluso la normativa sobre alturas, materiales y colores responde a una lógica narrativa: nada debe romper el hechizo.

Lo mismo ocurre con pueblos como Positano o Ravello, en la costa Amalfitana. Allí, el trazado urbano, las terrazas escalonadas, la vegetación integrada a la arquitectura y la iluminación nocturna están pensados para prolongar la experiencia emocional más allá del día. La noche no apaga el destino: lo transforma. Las luces cálidas, discretas, dirigidas, convierten calles y escaleras en escenarios íntimos. El visitante no camina: deambula, se deja llevar, siente que forma parte de una postal viva.

En España, lugares como Mijas o Frigiliana han convertido el cuidado extremo del detalle en política cultural. Macetas, flores, rejas, empedrados, todo responde a una estética coherente que mezcla tradición, limpieza visual y sensación de orden. No es lujo ostentoso; es armonía. Y esa armonía transmite un mensaje silencioso pero poderoso: aquí hay identidad, aquí hay cuidado, aquí hay intención.

Incluso fuera del Mediterráneo europeo, el principio se repite. Marrakech, por ejemplo, ha logrado que su caos aparente funcione como experiencia dirigida. La música, los aromas, los colores, los ritmos del comercio y la hospitalidad están orquestados para generar inmersión sensorial. Nada es neutral: todo comunica. El turista no solo compra; interpreta, compara, recuerda.

Estos ejemplos tienen algo en común: no dejan nada al azar. El turismo funciona porque hay una visión compartida entre autoridades, empresarios y comunidad local. La iluminación no es solo funcional, es emocional. La pintura de una fachada no es solo mantenimiento, es lenguaje. El silencio o la música en ciertos espacios no son casuales, son decisiones estratégicas.

Ahí se entiende con claridad una idea central: los destinos que atraen millones no son necesariamente los más ricos en recursos naturales, sino los más inteligentes en la construcción de su mundo. Han comprendido que el turismo no es un flujo espontáneo, sino una coreografía delicada entre estética, cultura, economía local y psicología colectiva. Y cuando esa coreografía está bien ejecutada, el sueño no solo se imagina: se vive.


Humberto. Tours en la Habana. Historia, Arte, Sociedad. WhatsApp+5352646921  

Cuba, turismo, lo que debemos hacer


Reconstruir el deseo: una estrategia basada en la creación de un sueño

Partamos de una premisa incómoda pero necesaria: si Cuba decide relanzar su turismo en serio, no puede apoyarse únicamente en la nostalgia ni en lo que “siempre funcionó”. Las condiciones internas y externas obligan a asumir que, en muchos aspectos, se comienza casi desde cero. Eso no es solo una desventaja; también es una oportunidad rara: la posibilidad de rediseñar el relato, el ritmo y la experiencia sin el peso de inercias agotadas.

El objetivo central no debe ser “traer turistas”, sino reconstruir el deseo de ir a Cuba. Y el deseo, como vimos, se construye como un sueño coherente.


1. Definir el sueño: ¿qué Cuba se quiere contar?

Suposición a cuestionar: “Cuba se vende sola”.
Eso fue parcialmente cierto en otro contexto histórico. Hoy no lo es.

El primer paso no es logístico, es conceptual. Cuba necesita decidir qué historia quiere que el visitante imagine antes de llegar. No una caricatura congelada en los años 50, ni un discurso épico-político, sino una narrativa más compleja y honesta:

  • Cuba como isla cultural viva, no museo.
  • Cuba como lugar de pensamiento, arte y conversación, no solo ocio pasivo.
  • Cuba como experiencia humana intensa, con contradicciones explicadas, no ocultadas.

Ese sueño debe ser claro, repetible y reconocible en cada punto del viaje.


2. Microdiseño del entorno: empezar por lo pequeño

Lección mediterránea aplicada: el detalle crea credibilidad.

Antes de grandes inversiones, hay que intervenir quirúrgicamente espacios clave:

  • Zonas piloto en La Habana, Trinidad, Santiago, Cienfuegos: pocas calles, bien escogidas.
  • Fachadas con paletas de color coherentes (no “arreglar todo”, sino armonizar).
  • Iluminación nocturna cálida y narrativa: plazas, fachadas históricas, calles caminables.
  • Control visual: cables, carteles improvisados, ruido innecesario.

No se trata de lujo, sino de orden simbólico. Un visitante tolera carencias materiales; no tolera abandono visual.


3. Cultura como eje, no como adorno

Suposición errónea frecuente: la cultura es “extra” para el turista.
En realidad, es el producto principal.

Música

  • No música genérica “para turistas”, sino curaduría musical por zonas y horarios.
  • Espacios pequeños, íntimos, bien sonorizados.
  • Relación clara entre música y contexto histórico del lugar.

Artes visuales

  • Talleres abiertos, galerías vivas, artistas trabajando frente al público.
  • Rutas del arte contemporáneo y del arte popular explicadas, no improvisadas.

Literatura y pensamiento

  • Lecturas, tertulias, cafés culturales.
  • Cuba no solo como ritmo, sino como isla que piensa.

4. Historia narrada con inteligencia

Riesgo a evitar: propaganda o silencio.

La historia cubana es uno de los activos más potentes… si se cuenta bien.

  • Guías formados en historia crítica, no en consignas ni folclor.
  • Rutas temáticas: colonial, republicana, revolucionaria, contemporánea.
  • Espacios para preguntas incómodas. El visitante culto valora la honestidad más que la perfección.

La historia no debe imponer una conclusión, sino invitar a comprender procesos.


5. El factor humano: el verdadero lujo

Aquí no hay atajos.

  • Selección cuidadosa de personal turístico: actitud, curiosidad, lenguaje, criterio.
  • Formación en psicología del visitante, narrativa, manejo del conflicto.
  • El guía, el camarero, el recepcionista deben sentirse anfitriones, no empleados subordinados.

Un turista olvida una habitación; no olvida una conversación inteligente.


6. Industrias locales integradas al relato

El turismo no puede verse como un enclave separado.

  • Gastronomía con relato: origen de los platos, adaptaciones, historia.
  • Agricultura local conectada a restaurantes y experiencias.
  • Artesanía con autor identificado, no souvenirs anónimos.

Esto crea dos efectos simultáneos:

  1. Valor económico real.
  2. Sensación de autenticidad, que hoy es escasa y valiosa.

7. Segmentación clara: no todo el mundo es el público

Error clásico: querer atraer a “todos”.

Cuba debería priorizar:

  • Viajeros culturales.
  • Personas con interés en historia, arte, procesos sociales.
  • Turismo intelectual, creativo, de conversación.
  • Públicos de Canadá, Europa y América Latina con sensibilidad cultural.

Menos volumen, más densidad experiencial.


8. Comunicación: menos promesa, más atmósfera

La campaña internacional no debe gritar “ven”, sino sugerir.

  • Imágenes lentas, silencios, detalles.
  • Historias pequeñas: una calle, una charla, una canción.
  • Menos eslóganes, más sensación.

El sueño no se impone; se insinúa.


9. Coherencia política mínima (sin idealismos)

Aquí conviene ser brutalmente honesto:
ningún sueño turístico sobrevive si el visitante percibe arbitrariedad, maltrato o desorden extremo.

No se necesita perfección, pero sí:

  • Reglas claras.
  • Trato digno.
  • Sensación básica de seguridad y respeto.

El turismo no ignora la realidad política; la lee.


Cierre: de destino a experiencia significativa

Reanimar el turismo en Cuba no es reconstruir hoteles; es reconstruir sentido.
Es aceptar que el mundo cambió, que el visitante cambió, y que el valor ya no está en lo exótico barato, sino en lo auténtico bien pensado.

Si Cuba logra articular cultura, historia, arte, detalle urbano y calidad humana en un relato coherente, el sueño puede volver a existir. No como repetición del pasado, sino como algo más raro y más valioso: una experiencia que deja huella intelectual y emocional.

Y cuando eso ocurre, el turismo deja de ser solamente salvavidas económico y se convierte en lo que siempre debió ser: una forma de diálogo profundo entre un país y el mundo.

Humberto. Tours en la Habana. Historia, Arte, Sociedad. WhatsApp+5352646921  


miércoles, 10 de diciembre de 2025

Recuerdos. 1

Diario de una Habana que se apagaba despacio (fragmento, 1970)


Nací en La Habana cuando aún humeaban los rescoldos de una ciudad que había sido famosa por sus noches interminables. Nadie lo decía ya en voz alta, pero quedaban, desparramados como pruebas de otro tiempo, los vestigios de aquella capital que presumía de tener más cines que París y donde los grandes cabarets competían con los hoteles por las madrugadas. Una ciudad que servía de laboratorio para las compañías norteamericanas y de trampolín para los europeos que ansiaban seducir al mercado del norte a través del gusto exigente —y sorprendentemente americano— de nuestra clase media.


Yo vine al mundo cuando esa Habana aún no se había terminado de borrar.


En las fachadas de edificios y casonas, algunas de ellas ya fatigadas, sobrevivían placas corroídas que anunciaban consultorios de médicos ilustres: especialistas de renombre continental cuyos métodos terapéuticos habían sido noticia en revistas extranjeras, cirujanos discretos que reconstruían la virginidad de muchachas asustadas, doctores que amasaron fortunas atendiendo a estadounidenses que buscaban en La Habana aquello que su propio país les prohibía. Todavía estaban allí, sostenidas por tornillos herrumbrosos, como si se resistieran a desaparecer del todo.


Lo mismo ocurría con los viejos bancos: nombres solemnes incrustados en bronce sobre las paredes, testigos mudos de una prosperidad que había cambiado de dirección. Las aceras de granito de Centro Habana, con sus mosaicos de colores y letras incrustadas como tatuajes urbanos, marcaban espacios donde alguna vez corrieron cantidades de dinero que hoy nos resultarían inverosímiles.


Y los autos. Si ahora los clásicos son orgullo turístico, imagino que en mi infancia eran simplemente los únicos que quedaban. Eran reliquias vivas que se negaban a morir, fantasmas mecanizados de una época que no alcanzamos a conocer. Tener un auto privado ya no era signo de estatus, sino de supervivencia. Mi generación crecío aprendiendo a distinguir marcas y modelos que en otras partes del mundo eran piezas de museo.


Nací cuando el embargo apenas cumplía una década, aunque su sombra ya era larga. Aun así, la gente vestía ropa que venía del pasado: vestidos que habían sobrevivido a varias dueñas, camisas que guardaban la textura de una era distinta. Y, sin embargo, casi todo el mundo tenía a alguien en el extranjero: un primo que se fue, un amigo que no volvió, un silencio que empezaba a convertirse en costumbre.


Desde 1963, una palabra lo había cambiado todo: nacionalización. Primero los grandes negocios, después los medianos, más tarde los pequeños. Yo crecí creyendo —y quizá no me equivocaba— que la propiedad privada era un concepto de los libros, algo que mis padres recordaban y yo solo podía imaginar.


Pero no todo era pérdida. Para muchos, aquellos años se veían como una época heroica. Se hablaba con orgullo de los jóvenes que marcharon a erradicar el analfabetismo, de las reformas agrarias que prometieron devolver tierras robadas por generaciones, de las leyes de vivienda que, al menos en el discurso, ponían techo sobre las cabezas que lo habían esperado toda una vida. Era un país nuevo, aunque aún no supiéramos qué significaba exactamente esa novedad.


“Alea jacta est”, dirían algunos. La suerte estaba echada. Mi generación crecería bajo un rigor que querían llamar espartano: privaciones que se asumían como parte de una épica necesaria, austeridades que con el tiempo se volvieron paisaje. El tiempo pasaba, sí, pero lo hacía a un ritmo extraño. Lo advertíamos porque nuestros padres envejecían y nuestros abuelos morían; fuera de eso, todo permanecía igual: las casas, los carros, las ropas gastadas, la ausencia de novedades tecnológicas, la idea de que vivir era resistir en una cápsula de tiempo.


Y un día llegaron otros rubios. No los anglosajones del pasado, sino eslavos de gesto opaco, hombres que no venían por los cabarets sino por razones menos fáciles de explicar a un niño. Entendimos —sin que nadie lo explicara— que ya no estábamos solos en el mapa: éramos una pieza en un tablero inmenso llamado Guerra Fría.


Así crecimos: entre ruinas que no sabíamos que eran ruinas, entre épicas contadas en voz baja, entre un pasado que todavía respiraba y un futuro que todavía no tenía forma. Y así aprendimos que cada ciudad tiene dos historias: la que se vive y la que, años después, se recuerda. Esta es la mía.

Humberto. Tours en la Habana. Historia, Arte, Sociedad. WhatsApp+5352646921  





sábado, 6 de diciembre de 2025

La lógica de la tristeza y la lógica de la esperanza

 Ayer, por fin, hablé con mis amigas. Me contaron sus planes con una claridad que intenté recibir sin resistencia. No tengo ningún inconveniente —me repetí—, aunque en el fondo no sé desde cuándo venían gestándose esas ideas. Sin embargo, antes de que regresaran, yo mismo le había dicho que era muy posible que a mi madre no la aceptaran en la Embajada Española porque su identificación está muy gastada y ella muy mayor incluso para ir fuera de casa a las oficinas. Que, cuando volviera, hablaríamos de esa posibilidad… una posibilidad que, incluso sabiendo que existía desde hace tiempo, nunca estuvo entre mis intereses reales. No lo está todavía. 

Y se lo he dicho muchas veces a quienes han querido escucharlo. 

Porque para irse de un país no basta el deseo ajeno, ni el espejismo de un supermercado o unas tiendas llenas. No me veo marchándome sin capital, sin redes propias, sin un trabajo seguro. No me veo dependiendo de otros para sobrevivir en un lugar donde “no hacer las cosas que hace la gente” puede ser una sentencia. No me veo construyendo una vida con un pasaporte que, en teoría, abre puertas, pero que en la práctica no garantiza nada. 

Aun así, estuve pensando en el futuro. 

Un futuro incierto, sí, pero no improbable. Lo que está ocurriendo ahora en el Caribe podría terminar de formas que empujen a muchos hacia Cuba. Y quizás entonces escapar de la guerra —esa vieja idea soterrada en la historia de los pueblos— vuelva a parecer razonable. 

Una madrugada y una voz 

Hoy, a las cinco menos cuarto de la mañana, me desperté sin motivo aparente. Medité. Respiré. Y entonces ocurrió algo que hacía años no me visitaba: una voz interior, grave, solemne, ajena a mi propio tono habitual. No era mi voz, o quizá sí, pero transfigurada. 

Esa voz fue un aviso. 

La primera campanada de un ciclo duro, difícil, inevitable.  

Me dijo —o me dije— que voy a quedarme solo. Que los momentos más complejos de mi vida no los viviré acompañado. Mis amistades, mis afectos, mis posibles relaciones… todos estarán lejos, no por falta de amor sino por distancia. Por imposibilidad. Por la vida misma. 

Y que debo prepararme. 

Que tengo que asumir las pruebas venideras en soledad, porque así será. 

Desde esa voz comencé un diálogo interno. La lógica de lo que viene. La lógica de la tristeza.  

Cuando la tristeza hace cuentas 

Mi corazón esta entre pecho y espalda. Pero mi cerebro está donde siempre ha estado, y nunca me ha fallado. La mente opera con ecuaciones simples: dos más dos es cuatro. 

Así funciona la intuición cuando la vida te ha mostrado suficientes patrones. 

No es visión ni profecía: es lógica emocional en un país que ha aprendido a vivir entre despedidas. 

La “lógica de la tristeza” es esa ecuación invisible que guía a quienes creen que otra vida afuera significa felicidad. Y sí, quizás coman mejor, se vistan mejor, respiren con más holgura. Pero si la felicidad consiste solo en eso, entonces basta con ropa linda y comida abundante. 

Yo, si, siento una contentura cuando uso la ropa que me mandan mis amigos, cuando entro a la escuela bien presentado y mis alumnos me miran con ese “wow” que me devuelve un pedazo de autoestima. Es ego, lo sé, pero también es pertenencia.  Pero la felicidad es cuando enseño, ayudo, tomo manos de gente necesitada entre las mias. 

Y la misma lógica me dice tambien: el olvido es inevitable. Las personas prometen recordar, pero una vez resuelven sus necesidades, el olvido llega con la misma naturalidad con que llega el desayuno.  

La voz de esta madrugada fue clara:prepárate para el olvido. 

Porque vendrá. 

Porque siempre viene.  

Las lágrimas serán amargas, y solas. No habrá a quién recurrir dentro del desastre de salud pública, ni a quién llamar cuando llegue la hora oscura.  

La lógica de la esperanza 

Pero no todo es un cálculo frío. 

Existe también esa otra lógica: la esperanza. 

No funciona con operaciones exactas. 

No es cuatro ni seis ni ocho. 

La esperanza es 2 + 2 = ?

Un signo de interrogación que cabe dentro del pecho humano. 

Es esa voz —menos solemne pero más terca— que te dice que si eres una buena persona, si eres honesto, si te esfuerzas por los tuyos (y los míos son poquísimos), las cosas deberían salir bien. 

La experiencia dice que no siempre es así. 

Pero aun así existe ese motorcito, ese comodín emocional, esa pequeña modificación del banco duro que permite aguantar las diez horas.  

La esperanza es eso: 

no cambia la espera, pero amortigua.   

Comprender no es resignarse 

El amanecer de hoy me trajo estas meditaciones. 

Tristes, sí. 

Pero también iluminadoras. 

Es como cuando a un enfermo de cáncer le dicen que no hay nada que hacer. No es resignación, es comprensión. No se renuncia a vivir; se asume la verdad con la dignidad posible.  

Así estoy yo: 

entre la lógica de la tristeza y la lógica de la esperanza. 

Entre lo que sé y lo que deseo. 

Entre lo que ocurrirá y lo que todavía sueño.  

Lo único que queda es observar cómo se desarrollan los acontecimientos, con la serenidad de quien ya ha entendido que la vida, incluso en su forma más dura, sigue siendo vida. 

Y que mientras exista un 2 + 2 = ?, quizás todavía hay algo por lo que esperar. 

Humberto. Maestro y Guía de turismo. Tours en la Habana. Historia, Arte, Sociedad. 

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