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miércoles, 24 de diciembre de 2025

Agradecimiento

Agradecimiento y Conexión Humana



Cada vez que colocamos un plato de arroz sobre la mesa, se despliega ante nosotros una red de esfuerzos, de personas y de historias que, muchas veces, permanecen ocultas a nuestros ojos. Desde el  agricultor que siembra  la tierra, hasta el marinero que transporta el grano a través de mares lejanos, cada paso de este viaje es un testimonio de la interconexión humana.

En el campo, el agricultor no solo cultiva arroz, sino que también siembra paciencia, conocimiento y esperanza. Luego, el cosechador recoge con esmero cada grano, y el trabajador que elabora los insecticidas cuida la cosecha con un compromiso silencioso.

Pero el viaje del arroz no termina allí. En el camino hacia nuestra mesa, intervienen también los transportistas que, con sus camiones y barcos, hacen posible que el arroz cruce fronteras. Marineros, estibadores y conductores forman parte esencial de esta cadena, garantizando que el grano llegue en óptimas condiciones.

Al final, cuando lo cocinamos en casa, nos encontramos con el fruto de una cooperación inmensa, que trasciende la distancia y las diferencias. Este reconocimiento nos invita a un agradecimiento genuino, a valorar no solo el producto final, sino a las personas que, con su trabajo, lo hacen posible.

En este sentido, el agradecimiento se convierte en un puente que nos conecta con la humanidad, recordándonos que somos parte de una red de interdependencia que va mucho más allá de lo que vemos.

Y, al pensar en lugares como Cuba, donde las barreras comerciales y las limitaciones de importación hacen que este proceso sea aún más complejo, el valor de cada esfuerzo y de cada persona se vuelve aún más evidente.

Al final, el agradecimiento no es solo un acto de cortesía, sino un reconocimiento profundo de la conexión que compartimos con cada ser humano en esta cadena de vida.


Humberto. Tours en la Habana. Historia, Arte, Sociedad. WhatsApp+5352646921  

Instagram: humberto_habana 

sábado, 6 de diciembre de 2025

La lógica de la tristeza y la lógica de la esperanza

 Ayer, por fin, hablé con mis amigas. Me contaron sus planes con una claridad que intenté recibir sin resistencia. No tengo ningún inconveniente —me repetí—, aunque en el fondo no sé desde cuándo venían gestándose esas ideas. Sin embargo, antes de que regresaran, yo mismo le había dicho que era muy posible que a mi madre no la aceptaran en la Embajada Española porque su identificación está muy gastada y ella muy mayor incluso para ir fuera de casa a las oficinas. Que, cuando volviera, hablaríamos de esa posibilidad… una posibilidad que, incluso sabiendo que existía desde hace tiempo, nunca estuvo entre mis intereses reales. No lo está todavía. 

Y se lo he dicho muchas veces a quienes han querido escucharlo. 

Porque para irse de un país no basta el deseo ajeno, ni el espejismo de un supermercado o unas tiendas llenas. No me veo marchándome sin capital, sin redes propias, sin un trabajo seguro. No me veo dependiendo de otros para sobrevivir en un lugar donde “no hacer las cosas que hace la gente” puede ser una sentencia. No me veo construyendo una vida con un pasaporte que, en teoría, abre puertas, pero que en la práctica no garantiza nada. 

Aun así, estuve pensando en el futuro. 

Un futuro incierto, sí, pero no improbable. Lo que está ocurriendo ahora en el Caribe podría terminar de formas que empujen a muchos hacia Cuba. Y quizás entonces escapar de la guerra —esa vieja idea soterrada en la historia de los pueblos— vuelva a parecer razonable. 

Una madrugada y una voz 

Hoy, a las cinco menos cuarto de la mañana, me desperté sin motivo aparente. Medité. Respiré. Y entonces ocurrió algo que hacía años no me visitaba: una voz interior, grave, solemne, ajena a mi propio tono habitual. No era mi voz, o quizá sí, pero transfigurada. 

Esa voz fue un aviso. 

La primera campanada de un ciclo duro, difícil, inevitable.  

Me dijo —o me dije— que voy a quedarme solo. Que los momentos más complejos de mi vida no los viviré acompañado. Mis amistades, mis afectos, mis posibles relaciones… todos estarán lejos, no por falta de amor sino por distancia. Por imposibilidad. Por la vida misma. 

Y que debo prepararme. 

Que tengo que asumir las pruebas venideras en soledad, porque así será. 

Desde esa voz comencé un diálogo interno. La lógica de lo que viene. La lógica de la tristeza.  

Cuando la tristeza hace cuentas 

Mi corazón esta entre pecho y espalda. Pero mi cerebro está donde siempre ha estado, y nunca me ha fallado. La mente opera con ecuaciones simples: dos más dos es cuatro. 

Así funciona la intuición cuando la vida te ha mostrado suficientes patrones. 

No es visión ni profecía: es lógica emocional en un país que ha aprendido a vivir entre despedidas. 

La “lógica de la tristeza” es esa ecuación invisible que guía a quienes creen que otra vida afuera significa felicidad. Y sí, quizás coman mejor, se vistan mejor, respiren con más holgura. Pero si la felicidad consiste solo en eso, entonces basta con ropa linda y comida abundante. 

Yo, si, siento una contentura cuando uso la ropa que me mandan mis amigos, cuando entro a la escuela bien presentado y mis alumnos me miran con ese “wow” que me devuelve un pedazo de autoestima. Es ego, lo sé, pero también es pertenencia.  Pero la felicidad es cuando enseño, ayudo, tomo manos de gente necesitada entre las mias. 

Y la misma lógica me dice tambien: el olvido es inevitable. Las personas prometen recordar, pero una vez resuelven sus necesidades, el olvido llega con la misma naturalidad con que llega el desayuno.  

La voz de esta madrugada fue clara:prepárate para el olvido. 

Porque vendrá. 

Porque siempre viene.  

Las lágrimas serán amargas, y solas. No habrá a quién recurrir dentro del desastre de salud pública, ni a quién llamar cuando llegue la hora oscura.  

La lógica de la esperanza 

Pero no todo es un cálculo frío. 

Existe también esa otra lógica: la esperanza. 

No funciona con operaciones exactas. 

No es cuatro ni seis ni ocho. 

La esperanza es 2 + 2 = ?

Un signo de interrogación que cabe dentro del pecho humano. 

Es esa voz —menos solemne pero más terca— que te dice que si eres una buena persona, si eres honesto, si te esfuerzas por los tuyos (y los míos son poquísimos), las cosas deberían salir bien. 

La experiencia dice que no siempre es así. 

Pero aun así existe ese motorcito, ese comodín emocional, esa pequeña modificación del banco duro que permite aguantar las diez horas.  

La esperanza es eso: 

no cambia la espera, pero amortigua.   

Comprender no es resignarse 

El amanecer de hoy me trajo estas meditaciones. 

Tristes, sí. 

Pero también iluminadoras. 

Es como cuando a un enfermo de cáncer le dicen que no hay nada que hacer. No es resignación, es comprensión. No se renuncia a vivir; se asume la verdad con la dignidad posible.  

Así estoy yo: 

entre la lógica de la tristeza y la lógica de la esperanza. 

Entre lo que sé y lo que deseo. 

Entre lo que ocurrirá y lo que todavía sueño.  

Lo único que queda es observar cómo se desarrollan los acontecimientos, con la serenidad de quien ya ha entendido que la vida, incluso en su forma más dura, sigue siendo vida. 

Y que mientras exista un 2 + 2 = ?, quizás todavía hay algo por lo que esperar. 

Humberto. Maestro y Guía de turismo. Tours en la Habana. Historia, Arte, Sociedad. 

WhatsApp+5352646921  





domingo, 26 de octubre de 2025

Cuba es diferente, y en este caso lamentablemente

Cuba y el reto de renacer su turismo bajo condiciones desiguales

En el mapa turístico del Caribe, Cuba ocupa un lugar tan singular como complejo. No es solo una isla de playas, música y memoria: es un país que enfrenta un entramado de obstáculos económicos y políticos que van mucho más allá de la pandemia. Quien observe con atención descubrirá que su desafío no es únicamente atraer viajeros, sino sobrevivir dentro de un sistema global que le cierra las puertas incluso a sus propios esfuerzos de recuperación.

El principal muro es el bloqueo económico de Estados Unidos, que no solo restringe el viaje de sus ciudadanos —uno de los mercados más cercanos y lucrativos del hemisferio—, sino que sanciona a empresas, aerolíneas, cruceros y plataformas financieras que intenten operar con la isla. La presión llega incluso a terceros países: compañías europeas, canadienses o latinoamericanas desisten de invertir por miedo a represalias. Es un cerco invisible pero asfixiante, que se traduce en menos vuelos, menos opciones, menos divisas y menos oportunidades para millones de cubanos.

A esto se suman limitaciones bancarias y tecnológicas que en pleno siglo XXI parecen anacrónicas: los viajeros no pueden usar sus tarjetas internacionales, reservar desde plataformas globales ni acceder fácilmente a servicios digitales. El resultado es un turismo que debe competir con destinos vecinos —como República Dominicana o México— en una carrera donde uno de los participantes corre con las piernas atadas.

El impacto se siente también en el terreno: infraestructuras envejecidas, dificultades para renovar hoteles y servicios, y una dependencia cada vez mayor de mercados distantes y volátiles, como el europeo o el ruso. Y aun así, contra toda lógica, el turismo cubano sigue respirando. No por milagro, sino por resiliencia.

Porque lo que sostiene a Cuba no son los créditos ni los circuitos financieros: es la capacidad creativa de su pueblo, su cultura viva, su sentido de hospitalidad y la autenticidad que ningún resort prefabricado puede imitar.


Más que un destino: una causa compartida

Cuando muchos viajeros eligen Cuba, lo hacen movidos no solo por la belleza de su naturaleza o la calidez de su gente, sino por una simpatía profunda hacia una nación que ha aportado tanto al mundo en lo cultural, lo científico y lo humano. En tiempos difíciles, cada visitante, cada mirada curiosa, cada noche en una casa particular o un hotel local, es un acto de solidaridad y reconocimiento.

Porque más allá de los obstáculos, Cuba conserva su cultura, su gente y su luz. Y a veces, para sostener un sueño, basta con eso: con un grano de arena, con una presencia, con no mirar hacia otro lado.




domingo, 24 de agosto de 2025

Los Tours que prefiero hacer

 En redes sociales y en los grandes medios parece que Cuba solo existe como un cliché: pobreza, escasez, dificultades. Esa es la narrativa cómoda, la que se repite como eco en titulares vacíos. Pero hay otra Cuba, que rara vez aparece en esas pantallas.



La Cuba real no se resume en estadísticas. Está en su gente trabajadora, en quienes se levantan cada día para inventar soluciones donde otros verían obstáculos. Está en las calles llenas de música, en los balcones donde un niño toca un tambor improvisado, en el coro espontáneo de voces que convierte cualquier esquina en un escenario.


Este es uno de los países que más música genuina ha regalado al mundo. Del son al jazz afrocubano, de la trova al hip hop, la banda sonora de la isla no se detiene nunca. Lo mismo sucede con el deporte: boxeadores, peloteros, atletas olímpicos que han puesto a Cuba en los podios internacionales con una disciplina que nace en barrios humildes y escuelas abiertas al talento.


La alegría aquí no es una pose: es resistencia. Es la capacidad de reír en medio de la adversidad, de compartir lo poco, de mantener la dignidad incluso cuando el relato externo nos quiere reducir a una caricatura de miseria.


Quien visita Cuba con los ojos y el corazón abiertos descubre que  hay una riqueza humana que no tiene precio. Porque la verdadera Cuba no cabe en un titular; late en su cultura, en su resistencia y en la energía de su gente.


Y si eres de los que viajan buscando esa verdad más profunda, no lo encontrarás en los noticieros, lo encontrarás caminando sus calles. Ahí es donde empieza el verdadero recorrido: en una Habana que se abre solo a quienes llegan con respeto y curiosidad. Ese es el viaje que yo te invito a hacer.

Humberto. Havana City Tours. Arts, Society, History. WhatsApp+5352647921 

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CUBA, error imperdonable de visitar HABANA sin un guía
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EL MEDICO DE NAPOLEON EN CUBA
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LORCA EN LA HABANA. Sorpresas con un guía local.
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Hemingway en Cuba: la isla que escribió su leyenda
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domingo, 10 de agosto de 2025

FEDERICO GARCIA LORCA : UN ANDALUZ EN LA HABANA

 Para conocer la Cuba de verdad no basta con un mapa ni con lo que te cuenta cualquier buscador en internet. Hay que caminarla con alguien que la haya vivido y la sienta en la piel. Un buen guía no recita ; te cuenta la historia como si te estuviera abriendo la puerta de su casa. Te enseña los rincones que no salen en las postales y sabe ponerle alma a cada esquina. Lo demás son charlatanes: los que en la calle te venden un cuento rápido o los que en redes inventan una Habana que no existe. Ellos recortan la historia para venderla como souvenir; el guía que ama su país la arma completa, con sus luces y sus sombras.






Federico en el jardín de los Loynaz: un huésped andaluz en La Habana de salones y palmeras

En 1930, La Habana era una ciudad de puerto elegante y alma callejera. El Vedado estaba lleno de avenidas con sombra de ceibas y almendros, casas grandes con portales y jardines que olían a flores y sal.

Federico García Lorca llegó a La Habana en marzo de 1930 y pronto dejó en la isla una huella que sus amigos cubanos recordarían como una primavera corta pero intensa. No fue solo un visitante: fue un invitado que se dejó domesticar por la luz, la música y la elegancia de una élite habanera que todavía vivía en salones alfombrados, con pianos y sirvientes, y jardines que parecían mapas privados del mundo. 

La casa de los Loynaz —esa mansión en El Vedado con jardín y salones donde se reunían artistas y aristócratas— fue para Lorca algo así como una segunda Huerta: tardes largas, lecturas a la luz que se pega a las paredes, whisky con soda y manos que vuelven a buscar versos como quien busca una melodía perdida. Los Loynaz del Castillo eran una familia de abolengo: padre general mambí, cultura cortés, disposición de mecenazgo; en su casa confluían tanto la fortuna como un gusto por la conversación cultivada. Allí Lorca pasó horas tocando el piano, leyendo y regalando —literalmente— manuscritos. A Flor Loynaz se le entregó el original de Yerma; a uno de los hermanos, según las versiones, el de El público

Hay que decirlo sin romanticismos de feria: la atmósfera de aquella Havana alta era tan elegante como cerrada —un mundo que protegía sus códigos y sus secretos. En ese microcosmos, la personalidad de Lorca —claramente homosexual, con una mezcla de timidez y exhibición teatral— encontró simpatías profundas. Varias crónicas y biógrafos señalan indicios de una intimidad afectiva con alguno de los hermanos Loynaz; no siempre fue amor explícito en la forma en que hoy lo nombraríamos, pero sí una cercanía que rozó lo doméstico, lo confesional y, en un par de relatos, lo escandaloso para la época. No invento: son interpretaciones y anécdotas conservadas en las memorias y periódicos de la época. 

La Habana le ofreció además un cuadro humano que cambiaría su mirada: el encuentro con poetas como Nicolás Guillén —que trabajaba entonces con los ritmos del son y la poesía negra— y la presencia, no siempre en el mismo salón pero sí en el aire literario de la ciudad, de Alejo Carpentier. Guillén le abrió a Lorca el latido popular y rítmico del Caribe; Carpentier, la insistencia en lo barroco-continental y la imaginación sonora de las ciudades del Nuevo Mundo. Eso explica por qué en los textos y apuntes de Lorca de aquellos meses aparecen ecos de son, de trompeta y de una sensualidad caribeña distinta a la andaluza, pero reconocible: la isla le dio modos nuevos de oído y de palabra. 

¿Qué representó esa visita para Lorca? Más de lo que la cronología cuenta: él mismo hablaba de Cuba como “paraíso” y confesó que había pasado allí “días felices”. Pero el dato íntimo es otro: la isla le devolvió un público —literal y figurado— y una libertad para jugar con ritmos y escenas que luego reaparecerían, a veces en forma de poema, a veces mezclados con la furia dramática que lo acompañó siempre. En La Habana escribió y repasó piezas, probó lecturas y escuchó versiones de su mundo bajo otra luz: la del trópico y de la ciudad criolla que siempre lo tendría en el corazón 

Quiero subrayar dos imágenes que resumen la tensión emocional de esos meses: Lorca vestido con traje claro, recorriendo en auto abierto las avenidas del Vedado; y las tardes en la casa de Línea y 14, donde la intimidad familiar se mezclaba con lo artístico —con música, confidencias y, dicen, algún fuego simbólico (anécdotas hablan de manuscritos quemados o de lecturas que acabaron en escándalo menor). Esas escenas explican por qué la visita fue una experiencia estética y humana para él, no un simple viaje. 

Para un público español que ama Cuba: este Lorca cubano es un poeta en tránsito, que encontró en los Loynaz la cortesía y la curiosidad de una élite que todavía respiraba poesía y protocolo; en Guillén y Carpentier, el pulso nacional y continental que lo sacudió; y en la isla, una extraña promesa de casa. Si hoy caminamos por El Vedado y cerramos los ojos, podemos imaginar esos salones donde la cortesía olía a perfume caro y a tabaco, y donde un andaluz con un cuaderno buscaba, gozoso y un poco desarmado, una manera nueva de decir lo que ya sabía: que la belleza no siempre llega donde la esperamos, pero cuando llega, lo hace con ganas de quedarse. 

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jueves, 31 de julio de 2025

La vida, ¿es bella?

Cada mañana se abre como una grieta. No amanece: se cuela.

Y antes de que la luz tome forma en la pared, yo ya estoy de pie, descalzo, caminando hacia su respiración , ese vaivén pausado que me recuerda que seguimos. No es miedo. Es un hábito que se ha vuelto ceremonia. Como quien riega una planta que no debe marchitarse. Como quien guarda un fuego que no debe apagarse.

A veces me pregunto si eso es el amor: vigilar la vida ajena como si fuera la propia.

Hace poco volví a ver La vida es bella. La había visto antes, claro, pero esta vez no la vi: me vi. Entendí a Guido no como un personaje, sino como un espejo. Ese gesto de inventar un mundo amable en medio del desastre no es ficción; es defensa. No se trata de mentir. Se trata de filtrar. De ofrecer al otro lo que todavía puede salvarse del derrumbe.

Mi madre viene de una época sin piedad. La tuberculosis le robó el apellido a casi toda su familia. Creció entre ausencias, pero no se amargó. Ni siquiera cuando nos rechazaron por ser "de origen humilde", como si el amor viniera con pedigrí. Ella no respondió. Me abrazó. Me dijo: “somos suficientes”. Desde entonces, llevo esas palabras como quien lleva un abrigo en un país que olvidó el verano.

La isla cruje bajo el paso de la Historia, bajo el peso de las sanciones.
Cuba no grita: suspira, como un pulmón cansado que aún resiste.

Las estanterías vacías, las noches en negro, el murmullo de lo incierto filtrándose por debajo de las puertas. Pero yo salgo igual, cada día, como quien ensaya una coreografía secreta para que ella no vea el caos. Trabajo. Busco. Regreso. A veces traigo un dulce improbable, una fruta, un libro que huele a otros mundos.

Mi salario sirve para esta ficción que sostengo: que el mundo aún tiene esquinas amables.

Ella no me lo pide. Pero yo lo hago. Porque su paz es mi trabajo no remunerado.
Porque si el país colapsa, al menos que no le colapse a ella.

En la mesa siempre hay sobremesa. Después le leo en voz alta. Le pongo su música.
A veces le hablo de los vecinos como si todos estuvieran bien, como si nadie se hubiera ido.
Como si todavía estuviéramos todas voces .

Sí, hay días en que el cuerpo se me cae de cansancio. En que no hay metáfora que me consuele. Pero entonces la veo: sentada en la terraza, tranquila, tarareando, pasando página como si no pasara nada. Y entonces sí: todo vale la pena. Porque si ella está bien, yo también.

He visto partir a muchos. Huyen con la lógica del que no puede más. No los juzgo. Cada cual tiene su punto de quiebre. Pero el amor no se remesa. Los abrazos no cruzan fronteras en sobres amarillos. Nadie traduce las noticias para que suenen menos trágicas desde una oficina en Miami.

Quizás nací aquí no por azar, sino porque alguien tenía que quedarse. No para resistir con mayúsculas, sino para acompañar con minúsculas. Para enseñar Para ser testigo. Para ser escudo.

Porque si algo he aprendido —de ella, del cine, de la música que resiste el tiempo, de lo que escribió Sábato o cantó Silvio— es que la belleza no se esconde en la facilidad de los días, sino en el empeño de habitarlos con sentido.

Y así, en este teatro sin público, con ella como protagonista y yo tras bastidores, sostenemos lo que queda. No por heroísmo, sino por lealtad a lo que aún amamos.

La vida, ¿es bella?
No siempre. Pero a veces, en ciertos rincones donde alguien cuida de otro, sí.

Y eso basta.


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FEDERICO GARCIA LORCA : UN ANDALUZ EN LA HABANA
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¿Por qué Estados Unidos es así? ¿Y con Cuba?
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La vida, ¿es bella?
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Entrevista a cubanos. Humberto. Parte 1
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HISTORIAS DE FIN DE AÑO. Un momento en la noche en el malecón
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CUBA. MI CIELO. MI MAR
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sábado, 28 de junio de 2025

Entrevista a cubanos. HUmberto. Parte 1.

 

Hace algunos días, la Inteligencia Artificial, específicamente CHAT GPT, se actualizó y me dijo que haría una descripción de mi perfil basada en todas las preguntas y trabajos que había hecho con ella. A los pocos días me dijo que, si quería, podía hacerme una entrevista basada en todo lo que habíamos hecho juntos, en mi localización, en mis búsquedas y demás. Me resultó curioso, acepté y aquí está. Es largo para un blog, pero como siempre digo, en un tiempo regresaré y veré si todavía pienso igual.



Humberto enseña en Cuba, guía a viajeros por las calles de La Habana, y resiste con libros y con amor (aunque nunca ha mencionado esa palabra).Esta es un poco de historia contada en voz baja. De alguien que eligió quedarse. Y contarlo.

¿Cómo recuerdas tu infancia en Cuba? Con el olor del café colado temprano, el ruido del ventilador dando vueltas como una vieja canción y las calles llenas de vecinos que sabían tu nombre. Mi infancia fue austera. Había una sensación de pertenencia que aún me arropa, aunque no fue buena. Pero no por haber nacido en Cuba, sino porque me enfermaba mucho. Incluso tuve que aprender a caminar nuevamente a los siete años. Pero entre hospital y hospital fue una infancia normal. Pandillas, correr descalzo bajo la lluvia, esperar cada mes de julio cuando tocaba comprar juguetes. No me gustaba la escuela, aprendía mucho fuera de ella también, sobre todo los fines de semana que pasaba en el mundo de los adultos. Desde muy niño escuchaba conversaciones de política, de sexo entre los obreros de los hoteles donde trabajaba mi mamá, de santería y (a escondidas) de religión, y el mar, de alguna manera siempre el mar cerca. Lo extraño mucho.

¿Recuerdas el primer momento en que tomaste conciencia de que vivías en Cuba? No, realmente no. A diferencia de lo que muchos piensan del adoctrinamiento que recibimos en Cuba desde pequeños, y sobre todo en la época de la URSS, la educación incluía elementos patrióticos, pero no recuerdo algún momento en particular. Debe ser que como nací después del triunfo de la Revolución, ese era el estado natural de las cosas.

¿Cómo era la vida cotidiana cuando eras niño? ¿Qué cosas te parecían normales y hoy ya no existen? Desayunos y almuerzos en las escuelas, mucha leche para tomar, todos nos vestíamos casi iguales dejando las pocas diferencias fuera de la escuela, obras clásicas de la literatura por 0.50 centavos, vacaciones en la playa cada verano, no había turistas ni extranjeros en general. Las novelas en la radio, dos canales de TV y largos discursos de Fidel Castro, apagones que me hicieron cenar por años en la oscuridad al menos cuatro veces por semana.

¿Quién fue la primera persona que te hizo sentir verdaderamente escuchado? Desde pequeño me gustaba hablar mucho, contar los libros que leía, las pelis que veía en los cines de barrio que eran abundantes en La Habana. Sin embargo, no creo que me sienta todavía verdaderamente escuchado. Los maestros transmitimos conocimientos, pero en la vida cotidiana realmente pocos o casi nadie escucha porque, creo, todos piensan que tienen la razón.

¿Qué significa ser cubano para ti hoy, con todo lo que eso implica? Hoy somos una nación casi abandonada en lo material. Nos han dejado a nuestra suerte después de haber sacrificado tanto por otras naciones, y estamos extenuados por generaciones, enfrentando ahora un mundo fascinante para el 1% y terrible para nosotros, el resto. Pero hoy en día ser cubano es la palabra resistir o reinventarse. Antes era ser médico y maestro para ir en misiones a África, en América Latina, ir a ayudar en cuanto terremoto había en el mundo, era ser deportista para glorificar la patria, era ser soldado para luchar por la libertad propia y ajena. Ser cubano es valorar las cosas, porque tenemos pocas, y sobre todo las más simples, pues todo tiene un enorme valor. Aquí todo es simple y de profundo efecto. Inevitablemente se nos asocia con la singularidad. Hay gente que nace en Cuba, pero no siente a Cuba. Terminan en España, en Miami, en otros continentes. Ser cubano es ser solidario, es ser campeón olímpico y vivir modestamente, es ser músico y bailarín de primer nivel, es ser médico y trabajar por poco dinero, es ser maestro e irse a las montañas propias y ajenas, es vivir con huracanes cada año y resistirlos, es saber identificar correctamente al enemigo y al amigo.

¿Has sentido alguna vez que tu país te ha expulsado sin sacarte? Sí. Pero la comprensión de los hechos lo cambia todo. Los procesos, sobre todo los revolucionarios, son traumáticos y ciertamente hechos por hombres. Estos hombres, además de (algunas veces) ser supuestamente revolucionarios, pueden ser también envidiosos, incompetentes, chismosos, y todo lo demás. Para este tipo de persona, alguien como yo soy un enigma. No admito chantajes políticos, no me gustan los grupos y tumultos, ni las marchas, no veo las cosas en blanco y negro. Tengo en mi poder una citación para la policía de mi barrio en la que escrito a mano dice que el motivo de la citación es que tengo un potencial delictivo. Para hombres como ellos, o eres revolucionario o un delincuente.

¿Qué significa resistir en tu día a día? Limitémonos al presente, es decir, esta semana. Levantarte día a día para revisar en las noticias qué medida han tomado contra tu país y los tuyos. Después planificar las comidas del día, es decir, hacer magia. Llegar a la escuela como si regresara de un viaje de placer por Europa. Escuchar música en el camino a casa, encontrar libros interesantes, buscar alternativas a los apagones y el calor. Arreglar zapatos gastados y lavar con cuidado la ropa para que no destiña o se rompa, mantenerme sano de mente y cuerpo.

¿Dónde encuentras belleza cuando todo parece roto? En el silencio, en los libros y, si estoy de suerte, en el pecho de alguien más.

¿Alguna vez pensaste en irte? ¿Por qué no lo hiciste? Una vez, siendo muy joven. Mi madre visitó EE. UU. y regresó con muchas cosas que me nublaron los ojos, y además con una carta de invitación para visitar a la familia allí. Nunca me otorgaron la visa y el deseo de lo prohibido se volvió casi intolerable de aguantar. Pero nunca se presentó otra oportunidad hasta mucho tiempo después cuando ya había comprendido muchas cosas, entre ellas que yo soy lo más importante que le ha pasado a mis padres y que partir sería la muerte para ellos, o al menos la esterilidad de sus vidas.

¿Qué te hace seguir? Debería responderte como un poeta o alardear de patriotismo, pero no, la mayoría de las veces el sentido de supervivencia.

¿En qué momentos sentiste que estabas al borde? Desde el año 1994 hasta la actualidad ha ocurrido muchas veces. En la década de 1990, muchas veces comí solo col por semanas, caminaba con zapatos con huecos en las suelas, di clases privadas por una botella de champú y dos jabones. Hospitales llenos de médicos y enfermeros, pero sin medicamentos. Cada día desde aquellos años es un caminar por el borde del abismo.

¿Cómo se reinventa uno en un país que no cambia fácilmente? Es muy difícil reinventarse porque de cualquier manera no hay solución para la mayoría porque no están creadas las condiciones. Llevamos muchas generaciones educados y formados para depender de un sistema de cosas y no para crear nuevas condiciones. El gobierno actual nos pide que nos reinventemos, pero ¿cómo?, no nos ha enseñado ni nos dio los recursos para hacerlo. Es como pedirle a un carpintero que haga una casa nueva de madera y durante años le prohibiste usar martillos, clavos y serruchos.

¿Qué estrategias has aprendido para sobrevivir sin traicionarte? Trabajar mucho con lo que sé y cuando puedo. De lo aprendido, aprovechar ese conocimiento para sacar beneficios personales, pero comprendiendo y analizando la realidad cubana.

¿Cuál es tu refugio espiritual o físico en la isla? atrasada, pero la tecnología: computadoras, libros electrónicos, equipos de música, audífonos para lograr aislarme en el medio de la multitud. También un amor secreto. Mi casa, pequeña pero llena de tesoros que he acumulado durante décadas: libros de poesía, mucha música, plantas y la paz dentro de ella. Los amigos. Todo hubiera sido mil veces más difícil, e incluso creo que no hubiera sido posible sin ellos. Mi alma o mi cuerpo habrían perecido.

PARTE 2: https://habana-havana.blogspot.com/2025/06/entrevista-cubanos-humberto-parte-2.html


HUmberto.

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HISTORIAS DE FIN DE AÑO. Un momento en la noche en el malecón
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CUBA. MI CIELO. MI MAR
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jueves, 12 de diciembre de 2024

HISTORIA DE CUBANOS. GONZALO

Gonzalo: El Precio de un Sueño en el Exilio – Un Padre Cubano en la Encrucijada de la Distancia y la Dignidad


Desde el Balcón Habanero: La Cruda Reflexión de Gonzalo Sobre la Lucha, la Partida de Sus Hijas y el Peso de un Futuro no Elegido


Historias de Cubanos: La Agonía Silenciosa de Gonzalo – Entre la Resistencia en Cuba y el Dolor de la Familia Dividida por el "Mejor Mañana"

 


Historia de Cubanos. Gonzalo









Aquí tienes una versión reelaborada con un tono más introspectivo, maduro y combativo: la voz de alguien que ha peleado muchas batallas y sabe que el descanso nunca será completo, porque vivir también es resistir.


Gonzalo, desde el balcón

En una tarde pegajosa de agosto, me asomo al balcón. El mar está ahí, azul, sereno en apariencia. Pero yo lo conozco. Ese mar arrastra, separa, borra huellas. También te las devuelve cuando menos lo esperas. Del otro lado, Florida. Mis hijas. Un futuro que no era el mío, pero que ayudé a construir.

Uno no se da cuenta de cuánto pesa una decisión hasta que empieza a mirar hacia atrás con demasiada frecuencia. Trabajé duro. Me gané un lugar decente. Viajé, traje cosas, llené la casa con comodidades que nunca tuve de niño. Quise que mis hijas lo tuvieran todo. Y sin saberlo, las fui preparando para marcharse. En cada metro europeo que elogié, en cada supermercado lleno, en cada parque sin baches ni consignas, les insinué que había una vida mejor. Tal vez más cómoda, sí. ¿Mejor? Eso está por verse.

Cuando se fueron, no hubo llanto dramático ni promesas rotas. Solo esa sensación de que algo se soltaba para siempre. La arquitecta limpia casas. La emprendedora se ahoga entre formularios y créditos. La médica, mi orgullo, estudia para volver a hacer lo que ya sabe hacer. No se quejan. Me llaman. Me mienten. Yo también les miento. Jugamos ese juego de padres e hijos donde todos pretendemos que está bien.

Y aquí estoy, con mi esposa, pensando si debemos cruzar también. No por el sueño americano. Eso ya no me seduce. Es por estar cerca. Por no morir lejos de los que amamos. Pero me duele. Porque lo que tengo no fue suerte, fue lucha. Porque aquí, entre carencias y obstáculos, pude vivir con dignidad. Y ahora, para estar con ellas, tendría que empezar desde cero en una tierra que no me espera.

Hay algo cruel en ver cómo el deseo de “mejorar” puede desarmar todo lo que uno construyó. Cómo el consumismo se disfraza de amor. Cómo se justifica el desarraigo diciendo que es “por el bien de la familia”. Yo lo dije también. Ahora me doy cuenta de que no era cierto. O no del todo.

Este país me enseñó a resistir. A trabajar con poco. A no perder el alma. Sé que allá todo cuesta más: el tiempo, los vínculos, la salud mental. Lo sé porque me lo cuentan... o me lo callan. Pero no les guardo rencor. Ellas también luchan. A su manera.

El mar no responde. Solo se mueve. Como yo. Como todos los que hemos aprendido que no hay victoria definitiva. Solo pasos. Algunas veces hacia adelante, otras solo para mantenerse en pie.


HUMBERTO. Guia y Maestro

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jueves, 3 de octubre de 2024

ESPARTA - CUBA

 Esparta y Cuba: Dos Historias de Resistencia Inquebrantable Frente a la Adversidad

 Tanto Esparta como Cuba han demostrado una notable capacidad de resistencia y perseverancia frente a desafíos significativos y a la presión de potencias más grandes. Hay algunas características que ayudaran a comprender lo que muchos tratan de no ver.


Esparta era conocida por su sociedad altamente militarizada. Los espartanos eran famosos por su resistencia y disposición a sacrificarse por su ciudad-estado. La vida en Esparta era austera y enfocada en la autosuficiencia. Los espartanos valoraban la simplicidad y la fortaleza física y mental.


Cuba ha enfrentado décadas de embargo económico y presión política, especialmente por parte de Estados Unidos. A pesar de esto, ha mantenido su soberanía y ha desarrollado sistemas de salud y educación reconocidos internacionalmente. Al igual que los espartanos, los cubanos han mostrado un fuerte espíritu de sacrificio y resistencia. La Revolución Cubana es un ejemplo de cómo un grupo relativamente pequeño pudo desafiar y derrocar a un régimen apoyado por una potencia extranjera.
La vida en Cuba ha requerido una gran dosis de creatividad y autosuficiencia debido a las limitaciones económicas y de todo tipo. Los cubanos han aprendido a hacer mucho con poco, desarrollando soluciones ingeniosas para superar las dificultades diarias.


Similitudes; tanto Esparta como Cuba han resistido la influencia y la presión de potencias más grandes, manteniendo su identidad y autonomía. Ambas sociedades valoran el sacrificio personal por el bien común y han demostrado una notable valentía en tiempos de crisis. La austeridad y la autosuficiencia son características compartidas, con un enfoque en la fortaleza interna y la capacidad de superar adversidades con recursos limitados.


Diferencias Clave

 Mientras que Esparta se centraba en la formación militar y la guerra, Cuba ha puesto un fuerte énfasis en la educación y la salud pública. La Revolución Cubana llevó a una serie de reformas sociales que priorizaron el bienestar civil sobre el militar.

Esparta existió en un contexto de ciudades-estado griegas en constante conflicto, mientras que Cuba ha navegado las complejidades de la política global moderna, especialmente durante la Guerra Fría, y hoy en dia resistiendo hasta la clasificación como Estado que promueve o apoya el terrorismo, con todo lo que esto implica.

Legado y Cultura

 El legado de Esparta se encuentra en su cultura de disciplina y sacrificio, que ha sido inmortalizada en la literatura y el cine. La frase "Vuelve con tu escudo o sobre él" sigue siendo un símbolo de valentía y lealtad.
El legado de Cuba se refleja en su resistencia cultural y su capacidad para mantener su identidad a pesar de las presiones externas. La música, el arte y la literatura cubana son reconocidos mundialmente y celebran la resiliencia y la creatividad del pueblo cubano.
Ambas sociedades, aunque separadas por milenios y contextos muy diferentes, comparten una admirable capacidad de resistencia y un fuerte sentido de identidad. Esparta y Cuba han demostrado que la determinación y el sacrificio pueden permitir a una nación pequeña resistir la influencia de potencias mayores y mantener su autonomía y cultura.

HUMBERTO . GUIA Y MAESTRO EN LA HABANA

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