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viernes, 10 de abril de 2026

Nos Acosa el Carapálida

 


Nos Acosa el Carapálida: Del Conquistador con Armadura al del Traje de Marca


Existe una imagen que los pueblos originarios de América del Norte supieron leer con una claridad que la historia oficial nunca ha querido reconocer. Cuando nombraron al invasor europeo carapálida, no estaban insultando. Estaban diagnosticando. Estaban describiendo, con una precisión que ningún tratado académico ha superado, la fenomenología del poder que llegaba sobre caballos armados a reclamar como propio lo que siempre había pertenecido a otros.

Cinco siglos después, el carapálida sigue aquí.

Ha cambiado de ropa. Ha cambiado de instrumento. Pero la lógica es la misma: llegar, tomar, destruir lo que no puede tomar.


El Conquistador No Ha Muerto: Solo Se Ha cambiado de Traje

El conquistador llegaba con armadura, con cruz y con espada. La Inquisición era su departamento jurídico: quemaba en la hoguera lo que no podía convertir, torturaba lo que no podía doblegar. La violencia era directa, visible, orgullosa de sí misma.

El carapálida de hoy llega en traje de marca italiana, con resoluciones del Congreso y comunicados del Departamento de Estado. La armadura se llama ahora sanción económica. La hoguera se llama bloqueo. La espada se llama interés nacional.

Pero el resultado es el mismo: pueblos que no pueden comprar medicamentos, niños que crecen bajo escasez fabricada desde afuera, economías estranguladas no por su propia incapacidad sino por la voluntad deliberada de quien decide que ese pueblo no merece prosperar mientras no se arrodille.

Nos acosa el carapálida. Nos acosa con la espuela, el sable y el arnés. Caballería asesina de antes y después.

 Cara Pálida Tiene Nombre, Pero También Tiene Disfraces

Sería demasiado cómodo reducir el carapálida a una sola figura. Sí: hay una imagen que en este momento histórico concentra la esencia del método con una transparencia casi pedagógica.

Donald Trump es el carapálida sin disfraz. Es la versión que dejó caer la máscara de la diplomacia y mostró la lógica desnuda del conquistador: tú tienes algo que yo quiero, y si no me lo das voluntariamente, encontraré la manera de quitártelo.

Pero sería un error mirarlo a él y no ver a los que están detrás, a los lados, a los que vinieron antes y vendrán después con trajes más elegantes y retórica más pulida. El carapálida europeo en su sede de Bruselas, calculando qué sanciones aplicar a qué país . El carapálida financiero en sus oficinas de Wall Street o la City de Londres, decidiendo qué deuda es impagable y qué economía debe colapsar. El carapálida tecnológico que controla las plataformas donde los pueblos del sur global intentan existir digitalmente y que un día, por decreto de Washington, simplemente los borra.

Todos tienen la misma cara. Todos comparten el mismo método.

Las Nuevas Armas: Bloqueos, Sanciones y la Destrucción de la Mente

El conquistador del siglo XXI ha aprendido a ser mas perverso: matar lentamente, y hacer que la víctima parezca responsable de su propia agonía.

El bloqueo económico es la Inquisición moderna. No quema en la hoguera: deja sin medicamentos a los hospitales, sin repuestos a las fábricas, sin acceso a los mercados internacionales a los productores locales. Mata con la misma eficacia que la espada, pero con la ventaja adicional de que el ejecutor puede lavarse las manos. "Nosotros no les hacemos nada", dice el carapálida. "Son ellos los que no saben administrarse."

Y cuando el cuerpo resiste —cuando el pueblo no colapsa— llega el ataque a la mente. La industria cultural como arma de guerra. Las plataformas digitales diseñadas para colonizar la imaginación de los jóvenes, para convencerlos de que el único futuro posible es el futuro que el carapálida ha diseñado para ellos: consumidores, nunca productores; espectadores, nunca protagonistas; individuos atomizados, nunca pueblo organizado.

Nos acosa con su elixir de la prostitución. Nos acosa con su forma de ver, su estética, su ángulo, su estilo, su saber. Nos acosa con sintetización y quiere hundirnos el alma con tuercas de robot.

El maestro que enseña historia propia es su enemigo. El médico que cura sin depender de sus farmacéuticas es su enemigo. El periodista que nombra lo que ocurre sin usar sus categorías es su enemigo. Por eso el carapálida lucha contra maestros y médicos: no porque sean peligrosos en abstracto, sino porque la conciencia y la salud son las dos formas más básicas de soberanía, y la soberanía es lo que el conquistador ha venido a destruir desde el primer día.

Cuando la Guerra Sutil No Basta: El Monstruo

Hay un momento en el método del carapálida que es su verdad más desnuda. Es el momento en que la guerra sutil —el bloqueo, la sanción, la colonización cultural, el financiamiento de la oposición interna— no logra su objetivo. Cuando el pueblo, contra todos los pronósticos y todas las presiones, insiste en existir en sus propios términos.

Entonces aparece el monstruo.

El monstruo tiene forma de portaviones en el Caribe. Tiene forma de base militar en ciento cincuenta países. Tiene forma de golpe de estado ejecutado con precisión quirúrgica en la mañana, seguido de un comunicado preocupado por la democracia en la tarde. Tiene forma de bomba inteligente que cae sobre infraestructura civil y es presentada en los noticieros del norte como operación de precisión.

Nos acosa con su monstruo de radiactividad, su porvenir de arena, su muerte colosal.

Esta no es retórica. Es la historia documentada de Hiroshima y Nagasaki. Es Corea, Vietnam, Iraq, Libia, Siria y ahora Irán. Es la amenaza permanente que pesa sobre cualquier país que decida que sus recursos naturales, su política exterior, su sistema de gobierno, no están a la venta.

El carapálida no acepta el "no". Nunca lo ha aceptado. Desde que llegó a estas costas hace cinco siglos con sus cruces y sus arcabuces, la negativa del otro ha sido interpretada como una declaración de guerra.

 Somos la Tierra, el Agua, el Aire y el Fuego

Frente a todo esto, la canción que inspira estas reflexiones no propone resignación ni odio

La tierra nos quiere arrebatar. El agua nos quiere arrebatar. El aire nos quiere arrebatar. Y sólo fuego, y sólo fuego vamos a dar.

La tierra no es metáfora. Es el lugar donde vivimos, donde producimos, donde enterramos a nuestros muertos y nacen nuestros hijos. Arrebatarla es el primer acto del conquistador y también el último que pretende realizar. El agua es recurso y es derecho y es argumento de las guerras que vienen. El aire es el espacio que compartimos, el clima que estamos heredando destruido por siglos de industrialización sin consecuencias para quienes la ejercieron.

Y el fuego: no destrucción, sino energía irreductible. La voluntad de existir que ningún bloqueo ha logrado extinguir del todo. La convicción de que somos nuestra tierra, nuestro aire, nuestra agua, nuestro fuego, y que eso no se negocia, no se cede, no se entrega en ningún trueque de uno a mil.

 Hasta Que Todos Juntos Le Demos Su Lugar

El carapálida vive de acosar. Necesita del acoso como necesita del oxígeno: sin él, sin la extracción permanente del trabajo, la riqueza y la soberanía ajenos, su propio sistema no puede sostenerse. Por eso no para. Por eso no puede parar. La violencia  es su método.

Pero tiene un límite. Siempre ha tenido un límite.

Ese límite somos nosotros: cuando dejamos de mirarnos como víctimas individuales de un acoso individual y reconocemos la estructura, cuando nombramos el método, cuando comprendemos que el que bloquea a Cuba y el que sanciona a Venezuela y el que amenaza a Irán y el que financia golpes en África y el que controla los precios del trigo en Asia son expresiones del mismo impulso conquistador que llegó hace cinco siglos a estas costas creyendo que el mundo era suyo.

Nos acosa el carapálida que vive de acosar hasta que todos juntos le demos su lugar.

Darle su lugar no es venganza. Es historia. Es reconocer al enemigo con claridad, sin los eufemismos que él mismo fabrica para protegerse, y actuar en consecuencia con la unidad que él más teme.

La cara pálida, con todo su bronceado artificial y sus trajes de marca y sus portaviones y sus sanciones, no es eterna. Ninguna forma de dominación lo ha sido jamás.

Somos la tierra. Somos el fuego.

Y el fuego no pide permiso.

domingo, 29 de marzo de 2026

En Cuba: ¿Para que usar Facebook ?

 Todos pueden llegar al mundo (pero algunos llegan mucho más lejos que otros)



Hay una frase que se repite en casi todas las presentaciones de marketing de las grandes plataformas digitales, en los discursos de emprendimiento y en los tutoriales de cualquier gurú del contenido: "Con internet, cualquiera puede llegar a cualquier parte del mundo." La escuchamos tantas veces que terminamos absorbiéndola como verdad sin cuestionarla demasiado.

Pero hay algo en esa frase que no cierra del todo. Si fuera cierta del todo, ¿por qué existe tanta diferencia entre el alcance de un creador de contenido en California y otro en Cuba? ¿Entre una marca consolidada en Berlín y una que intenta despegar en la Habana? ¿Entre alguien que escribe en inglés y alguien que construye su audiencia en criollo haitiano, en quechua o en tigriña?

La respuesta incómoda es que esa diferencia no solo existe, sino que es estructural. No es cuestión de esfuerzo, creatividad o calidad del contenido. 

Una plaza pública que en realidad es un centro comercial

Lo que en realidad existe no es una plaza pública, sino una infraestructura privada diseñada con un objetivo muy concreto: generar dinero a través de la atención. Y eso lo cambia todo, porque cuando el objetivo central es monetizar la atención, el contenido empieza a evaluarse por su valor dentro del sistema publicitario.

 el modelo no es el de la comunicación libre entre personas. Es el de capturar datos de comportamiento, procesarlos y venderlos como predicciones a anunciantes que quieren influir en decisiones de consumo. El usuario no es el cliente. Es la materia prima.

No todos los usuarios valen lo mismo para el mercado

El usuario en un mercado con menor poder adquisitivo genera menos ingreso publicitario. No porque sea menos inteligente, menos creativo o menos interesante. Sino porque el sistema que distribuye visibilidad está calibrado para maximizar rentabilidad, no para democratizar voces.

Esto es el resultado natural de un modelo de negocio que se optimiza solo. Nadie en una sala de reuniones decidió que los creadores de contenido en el sur global merecen menos alcance. Pero el algoritmo, que aprende a maximizar los ingresos publicitarios, llega a ese resultado de todas formas.

Infraestructura, tiempo y recursos: las desventajas que nadie menciona

Hay otro nivel de desigualdad que rara vez aparece en las conversaciones sobre contenido digital, y tiene que ver con algo mucho más concreto: los recursos físicos que se necesitan para competir.

Un creador de contenido con acceso a fibra óptica estable, un equipo de grabación decente, software de edición, tiempo libre para producir y una cuenta bancaria que le permita invertir en promoción no está en las mismas condiciones que alguien que administra sus datos móviles, graba con lo que tiene a mano, edita entre turno y turno y no puede permitirse gastar en pauta publicitaria.

No hace falta que haya una política explícita de discriminación. Alcanza con que el sistema esté diseñado para funcionar en condiciones que no son las de la mayoría del mundo.

El idioma que no se ve pero pesa

Existe una barrera que opera de manera casi invisible porque nunca está escrita en ningún lado: el peso diferencial de los idiomas 

El inglés domina internet de una manera que va más allá de la cantidad de usuarios. Las plataformas fueron construidas en inglés, con lógicas culturales anglosajonas, pensando en mercados donde ese idioma es el nativo o el hegemónico. Y aunque hoy esas plataformas funcionan en decenas de idiomas, la manera en que el sistema distribuye visibilidad no es neutral respecto al idioma: el contenido en inglés tiende a cruzar fronteras con más facilidad. Genera más interacciones transnacionales. Es más frecuentemente amplificado hacia audiencias que no lo buscaban activamente. El contenido en otros idiomas, incluso cuando tiene calidad y relevancia, tiende a quedar más confinado a comunidades lingüísticas específicas.

Lo que se viraliza no siempre es lo que importa

la desinformación se difunde más rápido y más lejos que la información verificada. Y la razón es bastante simple: genera reacciones emocionales más inmediatas e intensas.

El algoritmo no evalúa si algo es verdad. Evalúa si genera interacción. Y las emociones rápidas, la indignación, el miedo, el humor extremo, el escándalo, generan más interacción que los argumentos matizados, las explicaciones complejas o las narrativas que requieren contexto para entenderse.

 No hay una salida limpia.

Moderación de contenido y el sesgo que nadie admite

Las políticas de moderación de plataformas como Facebook, Instagram o YouTube son desarrolladas principalmente por equipos ubicados en Estados Unidos y Europa, desde marcos culturales, políticos y legales muy específicos. Esas políticas luego se aplican de manera global, a contextos diversos.

El resultado puede ser que contenido perfectamente legítimo dentro de ciertos contextos culturales sea marcado como problemático por moderadores que no tienen el contexto para interpretarlo. O que ciertos temas, por su sensibilidad en el contexto político donde se diseñaron las reglas, reciban menos distribución aunque sean de interés público legítimo.

¿Por qué estas redes son inútiles para un hombre de negocios en Cuba, pero perfectamente funcionales para sembrar el desorden y apoyar el bloqueo?

Esta pregunta merece una respuesta directa, porque toca algo que generalmente se esquiva en los debates sobre tecnología y democracia digital.

Un empresario cubano que quiere usar Facebook, Instagram o cualquier plataforma de Meta para hacer crecer su negocio se enfrenta a un muro que no es metafórico. Es técnico, legal y financiero al mismo tiempo.

Las sanciones del bloqueo económico impuesto por Estados Unidos se extienden al mundo digital de maneras muy concretas. Las plataformas estadounidenses tienen prohibido ofrecer servicios comerciales a entidades cubanas bajo las regulaciones OFAC del Departamento del Tesoro. Eso significa que un emprendedor en La Habana no puede monetizar su contenido en YouTube. No puede usar Facebook Ads para promocionar su negocio. No puede integrar pasarelas de pago. No puede acceder a las herramientas básicas que cualquier pequeño empresario en otro país usa sin pensarlo dos veces.

Y si a eso le sumamos las limitaciones de conectividad, los precios del acceso a internet que resultan prohibitivos para la mayoría, y la inestabilidad del servicio, el panorama es claro: las herramientas que supuestamente democratizan el comercio global no están disponibles, en la práctica, para quien quiere hacer negocios legítimos desde Cuba.

Pero aquí viene la paradoja que pocas veces se señala con suficiente claridad.

Esas mismas plataformas, que le cierran la puerta al empresario cubano, funcionan perfectamente bien para otro tipo de operaciones. Las cuentas que difunden desinformación sobre Cuba, que coordinan campañas para amplificar protestas, que promueven narrativas de desestabilización o que organizan desde el exterior acciones orientadas a generar desorden interno, no tienen ningún problema técnico para operar. No enfrentan restricciones de monetización. No necesitan pasarelas de pago cubanas. No dependen de infraestructura local.

Operan desde Miami, desde Madrid, desde cualquier lugar fuera de la isla, con todas las herramientas disponibles, con presupuestos publicitarios en dólares, con acceso a las funciones avanzadas de segmentación que permiten dirigir mensajes específicos a audiencias específicas dentro de Cuba.

 Es una asimetría política con consecuencias muy concretas: el mismo sistema que bloquea las herramientas económicas del emprendedor cubano permanece abierto y funcional para quienes buscan desestabilizar el tejido social del país desde afuera.

Esto no ocurre porque Mark Zuckerberg haya firmado un memorando contra Cuba. Ocurre porque las regulaciones del bloqueo, que las plataformas están obligadas a cumplir bajo pena de sanciones multimillonarias, fueron diseñadas para asfixiar la economía cubana. Y en el mundo digital, eso se traduce en que el comercio queda bloqueado pero la propaganda no.

Las licencias OFAC tienen excepciones explícitas para ciertos tipos de contenido, especialmente aquel vinculado a la "libre circulación de información". El activismo político, la difusión de narrativas de oposición, la coordinación de campañas de presión: todo eso cabe bajo la excepción. Vender artesanías o promocionar un restaurante en La Habana, no.

Es una arquitectura construida con precisión. No es un efecto secundario accidental del bloqueo extendido al mundo digital. Es su expresión más sofisticada.

 conviene no olvidar: no son herramientas neutrales que el poder utiliza de manera oportunista. Son infraestructuras que, en determinados contextos geopolíticos, funcionan de manera selectiva. Abiertas para unos usos, cerradas para otros. Y esa selectividad no es aleatoria. Responde a quién define las reglas, desde dónde las define y a quién le conviene que funcionen así.

Entonces, ¿de qué sirven las redes?

El problema no es que no funcionen. El problema es creer que funcionan igual para todos, desde todos los contextos, con todos los recursos, en todos los idiomas.

Una forma más honesta de pensarlo sería esta: las redes sociales no eliminan las desigualdades del mundo, las reorganizan dentro de un nuevo sistema de visibilidad. Algunas barreras caen. Otras se levantan en lugares diferentes. Las jerarquías se mueven, pero no desaparecen.

Una estrategia más realista

Si alguien está intentando construir presencia digital desde un contexto con menos recursos, desde un idioma con menos peso en el ecosistema global o desde una realidad que no encaja fácilmente en los formatos que el algoritmo premia, hay algunas cosas que vale la pena asumir desde el principio.

La primera es que no se compite en igualdad de condiciones. Reconocerlo no es pesimismo ni resignación. Es el punto de partida para construir una estrategia realista en lugar de una basada en promesas que no se cumplirán.

La segunda es que el alcance orgánico masivo y global es la excepción, no la norma. Sucede. Pero es el resultado de una combinación de factores que incluyen suerte, timing y contexto, además de calidad. No es un resultado que se pueda planificar con certeza.

La tercera es que la estrategia tiene que adaptarse al sistema real, no al ideal que venden los tutoriales.

Y quizás lo más importante: entender el algoritmo como un entorno con sus propias reglas, no como un sistema justo que premia al mejor. Funciona mejor quien entiende las reglas del juego que quien asume que el juego es lo que parece.

Para terminar

El caso cubano no es una anomalía del sistema. Es su expresión más visible y más honesta. Un espejo donde se puede ver, sin adornos, qué tipo de comunicación protegen estas plataformas y qué tipo de comunicación bloquean. No la que democratiza el comercio. No la que da voz al emprendedor local. Sí la que sirve a los objetivos políticos de quienes controlan las reglas.

No basta con tener voz. Hay que entender quién controla el micrófono, cómo decide a quién escucha y bajo qué lógica distribuye la amplificación.