Humberto, el material que entregas sí da para un capítulo potente, con identidad propia y una voz testimonial clara. No necesito añadir criterios externos ni corregir el enfoque: el núcleo está ahí. Lo que hago a continuación es convertir tu texto en un capítulo narrativo, ordenándolo, dándole respiración literaria y ritmo memorialista, sin introducir ideas que no estén ya en tu diario.
Si al terminar sientes que “esto es lo que yo quise decir, pero mejor contado”, entonces está bien y lo dejamos así.
Capítulo I
Cuando murió Fidel
Se murió el abuelo.
Se murió el padre.
Se murió el dador.
Murió el guerrillero, el Salvador, el líder mundial, el cubano más sexy de los años sesenta y setenta. Murió el macho-guerrillero que ayudó a fundar la escuela de ballet más importante del Tercer Mundo. Murió el fundador del movimiento de los Países No Alineados. El creador de guerrillas. El impulsor de misiones de alfabetización en el Tercer Mundo… e incluso en el Primero.
Murió el dictador —para algunos cubanos y muchos extranjeros— y también el creador de la Escuela Latinoamericana de Medicina, donde estudian los más pobres entre los pobres de nuestro continente. Murió el hombre que llamó a los soviéticos y a sus misiles a solo noventa millas de Estados Unidos. El que hizo de la escuela y del deporte una obsesión nacional, llevando a Cuba a estar entre los quince países más medallistas en Juegos Olímpicos sin ser una potencia rica.
Murió el que comenzó una guerrilla con solo doce hombres y tres años después había tomado el poder. El que creía que los cubanos no necesitábamos la democracia al estilo capitalista porque, para decidir, ya estaba él. El creador de un sistema de vigilancia perfecto para saber qué podía estar pensando o haciendo cada cubano.
Murió el arquitecto de la campaña de alfabetización que eliminó el analfabetismo en apenas un año. El que llevó a cubanos a guerras en África, Asia y América Latina. Murió el caballo —el número uno en la charada cubana—. El creador de la mayoría de las universidades del país. El fundador del Instituto Superior de Arte.
Murió el político que dividió familias para poder vencer. El que en su primera semana de gobierno prohibió por ley la prostitución y el juego, incluidos los casinos americanos. El que hoy critican y detestan muchos de los que se fueron bien formados hacia un mundo que no forma ni prepara a los pobres, y que gracias a esa ventaja lograron prosperar.
Murió el hombre que no confiaba en los imperialistas porque, según él, eran egoístas y solo deseaban la destrucción de quien no fuera como ellos. El que no nos dejaba viajar a países capitalistas porque pensaba que contaminaban el espíritu. El de los discursos interminables de seis y ocho horas. El que jugaba béisbol, ajedrez y practicaba la caza submarina.
Murió el amigo de Mandela, de Indira Gandhi, de Allende. El cercano a Graham Greene y a Gabriel García Márquez. El hombre rodeado de una lista interminable de lo que el mundo llama “gente progresista y de bien”. Murió el odiado por dos millones de cubanos y sus descendientes en Estados Unidos.
Murió el que decidió dar solo una entrevista al año cuando comprendió que, dijera lo que dijera a un periodista occidental, siempre sería desvirtuado. Por eso tenía sus propios técnicos para grabar. El que dejó de fumar en público porque la Organización Mundial de la Salud se lo pidió, consciente de que era imitado en todo el mundo.
Murió el hombre del que nunca supimos cuántos hijos tuvo realmente ni quién era su esposa hasta mucho después, cuando la enfermedad hizo visible a la mujer que no se separó de su lado. El que cada año, antes de la Asamblea General de la ONU, recibía a los líderes del Tercer Mundo que pasaban primero a saludar antes de seguir hacia Estados Unidos.
Murió el orador que impulsó con sus discursos la entrada de China al Consejo de Seguridad… y que años después la atacó cuando ese gigante invadió Vietnam. El hombre bajo cuyo gobierno se erradicaron enfermedades como la poliomielitis y la tuberculosis. El creador de frases como: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora la injusticia, tiembla.”
Murió el líder que llevó a juicio y mandó a fusilar a uno de sus militares más queridos, el único con la medalla de Héroe de la República, por considerar que había puesto en peligro la imagen de la Revolución. El que participaba en todos los congresos de maestros. El que creyó que nacer y crecer después de 1959 bastaba para crear al Hombre Nuevo… hasta las grandes decepciones de 1980 y 1994.
Murió el creador de un sistema de inteligencia tan sólido que los rusos venían cada seis meses a intercambiar información. El ateo que logró que los últimos tres Papas visitaran Cuba. El que envió médicos a Haití mucho antes de que los terremotos y huracanes obligaran al mundo a mirar hacia ese país abandonado.
Murió el hombre que dijo que la universidad era solo para los revolucionarios. Al que no le gustaban los guardaespaldas y al que intentaron matar más de mil veces. El que durmió en un hotel de Harlem cuando Estados Unidos le canceló la reserva oficial como Jefe de Estado.
Murió el que eliminó la Navidad y el Día de Reyes del calendario por considerarlos fechas mercantiles más que religiosas. El que le dijo “no” a Estados Unidos tantas veces que nos bloquearon y vaciaron mesas y tiendas durante casi seis décadas.
Murió el hombre al que muchos emigrados culpan por separarse de sus familias, cuando —según pienso— la mayoría solo obedeció a corazones impulsados por el dinero, sin la dignidad de luchar por lo que aman, sea familia o país, que al final es lo mismo.
Murió el que vetó a Julio Iglesias por cantar en Sun City, el cabaret racista de Sudáfrica. El que las nuevas generaciones solo conocían por los libros de historia. El que nació con un nombre que, traducido al latín, significa “Fiel al Ejército”.
Murió el que resistió la caída de la URSS y desde sus cenizas impulsó una segunda ola de gobiernos de izquierda en América Latina. El que dijo que Cuba sería un país de hombres de ciencia porque no teníamos petróleo, sino cerebros que exportar.
Murió el que reconoció su propia decepción al ver que, cincuenta años después, los negros seguían siendo mayoría en las cárceles y minoría en las universidades. El que las mujeres culpan por la precariedad de las cocinas, pero al que agradecen ser hoy casi el sesenta por ciento de los profesionales del país.
Murió el que abandonó La Habana para construir en el campo. El que puso a Cuba entre los diez países con menor mortalidad infantil del mundo, repitiendo que nada era más importante que un niño. El libertador para Angola y Namibia. El hombre que durante veinte años trajo a Cuba a niños afectados por Chernóbil.
Murió el creador de la libreta de racionamiento para que todos recibieran lo mismo, no solo los que tenían dinero. El que nunca entendió de marcas ni glamour, y por eso cada generación de jóvenes tuvo problemas para aceptarlo… hasta que maduraba y elegía un camino: derecha o izquierda.
Murió el que decía que las únicas comunistas reales que conocía eran las monjas. El que abrió los aeropuertos cubanos el 11 de septiembre para recibir aviones desviados y alojó gratis a los pasajeros. El que para los amigos fue Fidel, y para los enemigos, Castro.
Hoy salí de mi casa como siempre. Antes de abrir la puerta me puse los audífonos y caminé rápido con la música nueva que me habían pasado al teléfono. Al rato noté algo extraño: un silencio que se escuchaba a través de la música.
La ciudad estaba en silencio. Incluso en las casas de quienes no simpatizaban con él hubo respeto. Tres días de silencio. Sé que muchos dirán que fue miedo, pero el pueblo cubano siempre ha sido respetuoso.
Banderas a media asta. Duelo oficial. ¡Cuba sin música durante nueve días! Parecía el fin del mundo, pero sabíamos que no lo era. La vida es más grande que cualquier hombre.
De ser presente, pasó a ser pasado.
Ya está en la Historia.
Humberto, Guia y Maestro en la Habana.
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